In the middle

Que a veces hay que darle al bebé lo que sea, ya, ahora mismo, lo que esté más a mano para que nos deje acabar de comprar la fruta, es por todas sabido. M., claro está, no es una excepción. De hecho, de los bebés que me rodean, podría decir que es de los más cabezotas e inquietillos.
Un middle como otro cualquiera
A él ir en la mochila es que le encanta. Ve que me la estoy poniendo y se le forma una sonrisa todavía más bonita de lo habitual, da palmitas, me echa las manitas, en fin, se comporta como un niño al que le mola ir a la calle, vaya. A mí personalmente me gusta más sacarle en la mochila que en el carro: Galapagar es un pueblo sembraíto de regalos perrunos en las aceras, no hay rampitas, y mi casa está por así decirlo en la parte baja, de modo que para ir a la plaza, el centro neurálgico alrededor del cual se reparten todos los comercios vitales, tengo que tirar cuesta arriba, sortear obstáculos, subir escalones, bajarlos…este tipo de aventura diaria es demasiado para mí, me cuelgo al retoño y santas pascuas. Cuando tengas dos…cuando tengas dos, ya veremos cómo nos apañamos.

El caso es que mientras caminamos, no hay ningún problema: los pajaritos cantan, las nubes se levantan, M. parlotea, yo respiro, las abuelicas nos saludan, el mundo gira lento y maravilloso. Pero claro, casi todo paseo tiene una seria de metas, unos objetivos, más allá de estirar las piernas y hacer algo de ejercicio. Hay que hacer compras, hay que parar cuando encontramos a algún conocido, hay que saludar a los tíos en la panadería. Y esto de las paradas, es el punto débil de M. No lo soporta. Según nota que reduzco el paso, se va poniendo nervioso, se va poniendo tenso y, porque no puede hablar, que estoy segura de que si no me diría, mamá, no te pares por favor, quiero acción y no que me anden sobando los mofletes y dándome pellizquitos y pidiéndome con voz de pito ¡di hola, di hola, di hola!
Pero como parar hay que parar, se me ha hecho necesario, a lo largo de este año en el que madre e hijo nos hemos ido conociendo, llevar a cabo una serie de maniobras de distracción que me den ese margen de unos cuantos minutos que necesito para comprar o hacer las gestiones que sean sin parecer el correcaminos. Y esas maniobras no son otras que las mundialmente conocidas como darle cositas: trozos de pan, tickets, las llaves, hojitas que cogemos por el camino, un aspito alguna que otra vez.
Y las coge, las coge. Él las coge hasta que se aburre. Y cuando esto ocurre, no sé la razón, en lugar de hacer lo que hace cuando está en tierra -tirarlas a tomar viento fresco sin miramientos-, las va acumulando…ahí. In the middle. En mi canalillo.
No me importa, ¿eh? Con esto de la lactancia, canalillo hay pa´dar y tomar. Yo le dejo lo que necesite para distrarse esos minutos, y lo malo es que se suele olvidar. Y como él lo deja ahí y no se caen, pues ni me acuerdo… hasta que me tengo que acordar a la fuerza: las llaves si estoy frente a la puerta de casa ya de vuelta, el dni si tengo que pagar en la tienda de al lado…este tipo de cosas. Total, nada del otro mundo cuando los únicos humanos presentes en la faz de ese cacho de Tierra somos M. y yo.
Pero yo soy una mujer dispuesta, a mí cuando me parar por la calle y me preguntan, hago lo imposible por ayudar: si es la hora, saco el móvil de las profundidades de la mochila así me cueste diez minutos; si es un chicle, y después de repetir unas cuantas veces eso depero que si quiero o que si tengo, pues lo doy; que me preguntan por el parking municipal, pues si es preciso hasta les acompaño a la entrada. Y un día, pasó que me preguntaron por la farmacia, en la que casualmente yo había estado un ratillo antes, y donde había dado a M. un papelito de esos con los horarios de guardia que hacen en cada pueblo mientras esperábamos la cola, que ese día era larguita y de las de parejas de ancianos recién salidos del ambulatorio con el tocho de recetas.
pechis

Tipo otoño, sin riesgos.
Total, que al rato un hombre me paró:¿disculpe, la farmacia más cercana? Y era de esas veces que una se encuentra muy mal situada para indicar, porque hay que decir trece mil veces eso de la primera a la derecha, la tercera a la izquierda y otra vez a la derecha. Así que, mientras liaba la cabeza al hombre con tanta indicación, me acordé del papelito, donde hay un mapa con la localización de cada farmacia. Y acudí presta a enseñárselo. Y el papelito estaba ahí, bien arremetido hacia abajo, bien guardadito in the middle. Lo saqué como pude mientras me excusaba: un momento, parece que ya, a ver si ahora, ¡sí! !aquí! ¡tome!
Cuando me di cuenta de lo que acababa de pasar -y de lo que acababa de enseñar, porque en verano es complejo el tema del porteo discreto-, subí la mirada así lentamente, primero las pupilas y luego las gafas, y miré al hombre.
No sé quién pasó más vergüenza, si yo arrugando el papelito en la mano haciendo como que no le acababa de ofrecer el plano recalentao de ir entre mis pechis, o el hombre haciendo como que no había visto nada.
A ver si ahora que llega el otoño y las camisetas cerraditas, se soluciona el problema :)

Pobre Dimitri

Desde que llegó M., mi madre es una madre obsesionada con mi descanso. Se harta de decirme que es mucho más cansado trabajar en casa que fuera de ella, que criar a un niño es agotador y que tengo que descansar. Tal es su empeño – y se lo agradezco a tope, ella es la única para la que todavía aparte de mamá soy hija-, que hace unos meses, empezó con una campaña familiar cuyo objetivo era regalarme tiempo. 
Tiempo
Así, pasó de quedarse algunos ratos con el enano y darme túpers con manjares maternos que en determinados momentos pueden hacerte saltar hasta las lágrimas, al golpe de efecto, al regalo definitivo, al elemento que me iba a regalar ese tiempo tan fundamental para mí a ojos de mi familia: Dimitri.
Semanas antes de mi cumpleaños, en casa de mi madre se extendieron como la peste miradas cómplices entre ella, mi padre y mis hermanos. “Para tu cumple te vamos a regalar tiempo”Ah, decía yo, genial, y ¿cómo, si puede saberse? Pero no podía saberse porque allí nadie soltaba prenda. Al final me puse tan pesada que acabaron confesando que era algo electrónico. Lo dudé diez segundos, pasados los cuales grité : ¡UN iPAD! Como digo, lo grité, no lo pregunté. Y nadie me sacó de mi error, aferrados todos ellos a la voluntad de sorprenderme. Pasado el tiempo y mirando a Dimitri, me recuerdo pensando que en qué momento exacto yo vi que una tablet de esas me iba a regalar tiempo, pero oyes, que me cegué con el adjetivo electónico y me lo creí.
Pues llegó el día de mi cumple. Hice un rollo ártico para convidarles que es que quitaba el sentío, rico, rico. Despejé el enchufe más cercano al sofá donde pretendía que merendáramos para poner a cargar lo más rápido posible mi futuro ipad. Y llegaron. Y se sentaron, y se zamparon mi rollo ártico. Y llegó el momento de darme el regalo y mi padre trajo del coche un paquete gigante. Yo pensé: joe los de Apple, menudo embalaje gastan para algo tan pequeño. 
Rompí el papel rápido, emocionada, mientras M. me miraba alucinado y yo pensaba en lo bien que iba a escribir yo mis post desde el jardín o desde el parque con mi flamante tablet. Pero lo que apareció ante mis ojos no fue un ipad, no. Lo que apareció ante mi atónita mirada fue, nada más y nada menos, que Dimitri. ¿Quién es Dimitri?, os preguntaréis. Pues os preguntáis mal. La pregunta correcta es ¿qué es Dimitri? 
dimitri

Dimitri en acción, uno de los pocos días que trabajó para mí.
Dimitri no es otra cosa que un miniaspirador inteligente, un robot vaya. Un robot aspirador, ese elemento que, según explicaba mi madre, iba a regalarme todo el tiempo del mundo, porque tú lo dejas en la habitación que quieras y te vas donde sea y él solo, ÉL SÓLO, te limpia el suelo. 
Mi cara supongo que fue un poema, pero nadie se acuerda de eso porque lo único que todos querían era ver a Dimitri en acción. Le cargamos y se puso a rular. Todos le admiraban. Tiraban migas al suelo para ver cómo se las zampaba. En fin, se fueron y ahí nos quedamos el padre, el niño, Dimitri y yo, todos mirándole sin saber muy bien qué decir.
Total, que al día siguiente, cuando Dimitri todavía no tenía nombre, cerré la puerta del salón y retiré todo lo que pudiera molestar al señorito en su camino. Le dejé en el suelo, le miré y me salió del alma: a currar, Dimitri. Así fue como quedó bautizado. Para ir finalizando esta historia, os diré que nuestro idilio duró siete días, lo que tardé en meterle de nuevo en su caja. La razón: es un coñazo, así os lo digo. Hace un ruido infernal, le molestan las alfombras, le molestan las patas de los muebles, no entra debajo del sillón, te obliga a salirte del lugar en el que pongas y te ves como una boba encerrada en la cocina sin poder hacer nada mientras él olfatea el suelo en busca de la mierdecilla, a veces se pone cabezota con un rincón y se tira diez minutos estampándose contra el rodapié una y otra vez, como un coche teledirigido al que le han dejado el botón de acelerar todo el tiempo apretado. Vamos, que volví con alegría a mi mopa de toda la vida.
Cuando en mi casa se enteraron, se ofendieron bastante. Dimitri acabó allí, adoptado en casa de mi madre, y oye, parecía que estaban todos encantados. Yo llegaba y cuando le oía a lo lejos decía: ¿qué, ya tenéis a Dimitri currando? Claro que sí, hija, si es que es un gustazo, un ahorro de trabajo…oi oi oi, qué descubrimiento, qué desagradecida de verdad, mira que no usarlo. 
Pero esta mañana, raro en mí, yo llevaba llaves de casa mi madre, así que he entrado con ellas sin necesidad de llamar. Como ella estaba abajo, mi hermano arriba y M. tenía uno de sus momentos de paz interior y estaba calladito, nadie se ha enterado de que hemos entrado. De pronto, una voz ha bajado por la escalera: ¿mamáááá, saco a Dimitri? Y otra voz le ha contestado, en este caso subiendo la escalera: Nooooo, que creo que hoy no viene Paula. Pasa la mopa.
¡Os pillé!, he exclamado triunfal, sacando a M. de su ensoñación.
Cuando me he hecho presente se han echado a reír de mala manera, supongo que disfrutando de todo el tiempo que me la han estado dando con queso. A ellos tampoco les convence, lógico. Pa´qué veáis, les he dicho, muy digna yo. Pero lo cierto es que me ha dado pena por Dimitri, solito, en un rincón, mirándonos y sintiéndose, supongo, bastante utilizado. Casi casi me lo traigo de vuelta, pero no; de pronto me he acordado de mi no ipad y ahí le he dejado, al pobre, con su familia de adopción.
Pobre Dimitri.