Manos (casi) libres

Hoy he publicado una foto en Instagram. Ésta:
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En ella, con una iluminación propia de las horas que eran (las ocho y pico de la mañana, una hora indecente en mi humilde opinión), mis dos descendientes, nunca mejor dicho, descendían por su propio pie esa escalera de dieciséis peldaños que tenemos en casa. Sin mediar palabra, sin una preparación previa, sin un aviso, sin nada: hemos terminado los aseos matutinos, nos hemos vestido y perfumado, y nos hemos dirigido a la puerta de la escalera como cada mañana.

La he abierto, he puesto el pie en el primer peldaño para aupar a los niños con mayor facilidad, también como cada mañana, y cuál no habrá sido mi sorpresa al darme cuenta de que me habían adelantado por un lateral y ya llevaban cinco o seis escalones de avanzadilla.

Alucino.

Estos días son lo que realmente te hacen darte cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, de lo cerca que está el día en  el que se levanten los fines de semana y se preparen solitos la fruta y la leche para desayunar, de lo bien que se bajan unas escaleras con las manos libres, de la facilidad con la que se desenfunda una el móvil del bolsillo trasero para hacer una foto fugaz cuando no tiene a un ser humano (de su familia, para más señas) en vilo entre el dicho teléfono y su mano… en definitiva, esos días dan mucha alegría de vivir.

La pena es que, durante estos segundos triunfales de descenso en los que casi se puede escuchar a Nino cantando aquello de “libre, como el sol cuando amanece yo soy libre”… de pronto la música se apaga, las luces se encienden y tu sexto sentido (existe, es el sentido de ahorrar tiempo y aprovecharlo para dormir o rascarte la barriga) te dice que mejor cojas ahora el montón de ropa sucia y, oyes, un viaje que te ahorras.

Luego, ya de camino a la lavadora, una tiene que reconocer que mola mucho más bajar niños recién vestiditos que bajar ropa sucia.

Las cosas como son 😀

La reserva

 

El tema de hoy es un topicazo, lo sé, pero no por ello podemos dejar de prestarle la atención que se merece. De hecho, me atrevería a afirmar que, dentro de los temas maternopaternales por excelencia, éste está en el top five junto a la comida, el colegio, las rabietas y los parecidos razonables de los descendientes a los miembros de las respectivas familias.

El tema que nos ocupa hoy es el sueño. La falta de sueño, por ser más exactos.

Hay una realidad: yo soy una zombie. He desarrollado la capacidad de sobrevivir con tres o cuatro horas de sueño al día, y llegar de un modo bastante aceptable (no nos vamos a poner tiquismiquis) a cumplir con todos los cometidos diarios de cualquier persona de bien.

Durante meses, qué digo meses, ¡años!, he pensado que esta realidad se sustentaba fundamentalmente en dos pilares:

  1. La capacidad de adaptación al medio del ser humano, que a casi todo se adapta el pobre.
  2. El hecho de que muchos momentos del día los paso en el limbo entre el mundo de los dormidos y el de los despiertos, limbo en el que me pasan cosas tales como llegar a la puerta del cole y no recordar el camino recorrido, o mirar el ticket de la compra y haber comprado 12 yogures de soja sin saber por qué ( aquí no tomamos soja, de ahí la inquietud). Vale también para cuando miro el folio en blanco ante el que me he sentado una hora antes y no sé dónde está ni mi hora, ni lo que debería haber escrito durante la misma.
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Ellos sí, ellos duermen como benditos.

El caso es que ahora, a día de hoy, conozco la razón por la cual las madres y padres que nos tiramos años sin dormir somos capaces de continuar viviendo con un mínimo de eficacia: tenemos la reserva. 

Esta reserva la empezamos a generar, así de media, al principio de la adolescencia. Ese día fatídico en el que dejó de molar saltar de la cama a las siete y media de la mañana los sábados y domingos, para pasar a vender tu alma a quien corresponda por quedarte acurrucada hasta las once. Tras este primer paso, el humano va perfeccionando la técnica y robando horas de sueño en cualquier momento y lugar, por ejemplo de buena mañana en el autobús. Yo me acomodaba con mi capucha puesta y mi mochila abrazada a prueba de ladrones y me dormía hasta llegar al intercambiador, donde despertaba amodorrada y con la duda de si se me habría oído roncar o de si el hilo de babilla me había corrido el maquillaje.

Todas esas horitas de sueño arrancadas a la vida en autobuses, en cabezadas furtivas en el sofá antes de ir a dormir, en sábados y domingos jugándote el tipo con tu familia que te esperaba con los brazos abiertos para contribuir a la limpieza del hogar… todas esas horas, ya digo, son las que nos dan fuerzas para tirar estos primeros años de crianza en los cuales unir dos horas de sueño es tan utópico como que te toque el euromillón.

Y en uno de esos momentos de limbo, ayer, pensé que no estaría de más comentar esta realidad para que todos aquellos jóvenes de hoy en día que se queden dormidos, con esa cara de pánfilos que se nos ponía a todos al apoyar el moflete contra la ventanilla del autobús, sepan que se trata de un mecanismo de adaptación al medio perfeccionado durante miles de años de crianza: jóvenes de hoy, dormid; esos minutos de sueño arrancados a la vida en lugares inhóspitos, a horas insalubres y en condiciones más que cuestionables, son la reserva del mañana.

A más horas dormidas pre-hijos, más calidad de vida post-hijos.

Avisados quedáis. Y yo, cumplido mi deber informativo, me voy a dormitar, que mi reserva ya debe estar en números rojos 😀