Ay Enrique, Enrique

Hubo un tiempo, no hace muchos años, en el que me pateé cuanta autoescuela encontrara en mi camino, buscando la que se ajustara a mis circunstancias -a mi cuenta corriente- para poder sacarme el carnet de conducir que me habilitara para llevar autobuses y camiones. 
Sip. Siempre he sido un poco Fitipaldi, pero el tema de los vehículos grandes no me llamaba por la velocidad, pero sí por la nocturnidad. Transportista de noche, eso era lo que quería conseguir ser. Lo mismo daba de personas que de mercancías, pero que fuera de noche. En fin, era tanta la pasta que me pedían por sacarme el carnet que me quedé con mi corsa y mi nocturnidad justa, la de ir de casa de mi madre en la sierra a mi casa de Madrid a última hora de la tarde, o como mucho, hace muuuchos más años, de Zaragoza a Madrid algún domingo por la tarde, después de haber estado allí visitando a la familia el fin de semana. Me encanta conducir de noche, cómo suena la radio de noche, cómo brillan los carteles de noche.
Total, todo esto para dejar por escrito que hoy, hace bien poquito rato, me ha vuelto a asaltar con urgencia esta necesidad de carretera nocturna. Así rápidamente: mi hermano se ha roto un dedo (la noche en la que se alejó calle abajo al son de We will rock you, no coments) y no puede conducir porque lleva una escayola importante. En Galapagar son las fiestas y no se las pierde por nada del mundo, así que con todo el amor de buena hermana que sale de casa en pijama y minutos antes de que empiece la serie que le tieneenganchaíta, he ido a por él a casa de mis padres y le he llevado a la plaza a que se disperse un poco con los amigos, que el pobre desde que tuvo el percance parece que se ha quedado manco de verdad y casi no sale ni a la puerta.
Al volver a mi casa, ya sola, he sintonizado sin querer una emisora de radio que hacía bastante que no escuchaba, y que sin embargo en un tiempo fue la emisora de mis mañanas en la carretera de la Coruña junto a mi padre. Yendo juntos podíamos coger el carril rápido, nos ahorrábamos tiempo y nos dábamos conversación, era un plan perfecto. Así que de tanto oírla, nos hicimos fans de Enrique Marrón. Este pobre hombre, en un momento dado, empezó a decaer hasta decir una cantidad de tontunas mañaneras que le acabaron quitando, qué penuca nos dio… ese tonillo desenfadado, esas coñas sin gracias, esas cosas que a veces decía y tras las cuales se hacía el silencio hasta entre sus propios compañeros.
Pues hace escasos minutos, he descubierto que a Enrique lo que le pasaba ¡era que no encontraba su sitio! Pero ya lo encontró, vaya que si lo encontró: en un programa nocturno leyendo cartas -mails- que envían los oyentes contando sus historias, sus vidas, sus amores, sus duelos, sus sueños, sus desgracias…envían eso y sugieren una canción que para ellos fue importante, que les recuerda al momento que narran. ¡Qué bien lee! La piel de gallina me ha puesto contándome (porque parecía que me lo contaba a mí, qué bien lo hace) la historia de Vicente y María. Han sido diez minutos de viaje, no os penséis, pero si no hubiera sido porque tengo un chiquitico mamoncete esperándome en casa, hubiera tirado unos cuantos kilómetros más, no sé, mínimo a Segovia ¿no? Una horita escuchando otras vidas, asomándome en el silencio de la carretera a otras casas, a otras maneras de vivir.
En resumen, que lo que ha conseguido Enrique es que me vuelvan a entrar ganas de buscar autoescuelas para conducir de noche y escuchar su programa, que me haya quedado pensativa con la historia de amor de esos dos desconocidos y que me haya perdido la serie que quería ver.
Esta historia podría acabar aquí, claro, si no fuera porque al llegar y después de tardar dos minutos en abrir la puerta para que no chirriara… me he encontrado al padre y al hijo de fiesta. Yo le había dejado dormido, tenía mi colacao preparado para ver mi serie, la mantita para taparme los pies…y me encuentro con el enano más que espabilado y al padre,pandereta en mano, alentándole: ¡venga hijo, da la vuelta entera a la mesa!, y este tipo de cosas que te hacen partirte la caja a las cinco de la tarde y acordarte de medio santoral a las diez de la noche.
No he pasado del quicio, y mientras decidía si reír o llorar y les miraba incrédula se me ha escapado: el día que escriba yo a Enrique contándole mis cuitas…
Ahí andan, preguntándose mutuamente quién demonios es Enrique. :)

Descontroladas

Así es como nos ponemos mi hermana y yo cada septiembre, justo el día antes de que ella empiece el curso, cuando vamos a La Rocha.

La Rocha es una papelería industrial que está en un pueblo al lado del nuestro. La Rocha, por describirla así con un adjetivo más o menos comedido, es el puto paraíso. Metros y metros de nave industrial en la que se encuentra de todo y de todo a lo grande y por toneladas: bolígrafos, rotuladores, subrayadores, cuadernos, témperas, reglas, grapadoras, pegamento, todo tipo de papel, todo tipo de carpetas, todo tipo de gomas, todo tipo de todo os lo que os podáis imaginar del mundo de las papelerías.
Vamos, poner un pie ahí y que te entren ganas de estudiar, por ejemplo, Ingeniería Técnica Industrial -una carrera así cortita-, todo uno. Es tan, tan guay que todos los chiquillos que corretean por los pasillos experimentan unas intensísimas ganas de empezar el curso, todos sin excepción. Van las madres detrás de ellos con la cesta – ¡te dan una cesta al entrar, los cabrones, ya saben que vas a caer en las garras de la papelería!- en una mano y la lista de materiales en la otra, y los niños venga a echar Alpinos y Plastidecores y gomas Milan y Stabilos y Pilots como si fueran a coger material hasta que llegaran al bachillerato. Ellas, cuando los hijos se alejan como poseídos por el dios del papel corriendo a otro pasillo donde han divisado el papel cebolla, se agachan y sacan de la cesta todo lo que no pone en la lista, pero está todo tan nuevo, huele todo tan bien, que lo dejan como con pena, como diciendo mecachis con lo bien que pintarían mis niños con estos lápices tan bien afilados. 
Bueno, quien dice chiquillos de primaria que enloquecen en La Rocha, dice una chica de diecisiete años a punto de empezar segundo de Bachillerato (mi hermana, por ejemplo), o dice una madre de veintisiete a punto de comenzar a ponerse las pilas con la oposición (yo, también por ejemplo). Cuando nos hemos dado cuenta de todo lo que llevábamos, nos hemos hecho a un lado y hemos reseleccionado con todo el dolor de nuestro corazón. Al final unos cuadernos, unos bolis y unos rotus para mí; y unos bolis, una carpeta, unos subrayadores, un perforador, unos post its, unos fosforitos, unos marcadores, unos separadores…para mi hermanica pequeña de mi corasón. Es una mimada. :)
Me ha encantado acudir de nuevo, como cada septiembre, a compartir con ella ese gusanillo de principio de curso, de cuadernos a estrenar, de bolis sin morder, de reencuentro con los amigos tras el verano, de olor a nuevo al abrir el libro… pero mentiría si dijera que no se me iban los ojos a las cartulinas, a los babies que también había, a la pintura de dedos, a los gomets y a la plastilina, pensando en mi niño, en mi pequeño M., que casi casi cumple un año y que estoy viendo que como el tiempo pase tan rápido como pasó este año, cuando menos lo espere estoy allí con mi rubio caminando entre los pasillos hipnotizado ante tanto material escolar tan tentador, sacando de nuestra cesta todo lo que no nos haga falta cuando él no mire… o autoconvenciéndome de que sí, de que realmente, nos hace falta ;)
A que no soy la única a la que le vuelven loca las papelerías…¿eh, eh, eh?