Yo soy esa

Nosotros vivimos en un pueblo grande, un pueblo de esos en los que subes a la plaza, o vas a la gasolinera y es poco probable que te encuentres con alguien conocido. Es un pueblo, sin embargo, donde existe un lugar en el que, caso de que conozcas a alguien, quieras o no, lo encontrarás: nuestro pueblo tiene un Mercadona. A él acuden también casi todos los consumidores del pueblo de al lado, un pueblo en el que se da la asombrosa circunstancia de que exista un campus universitario y no exista un Mercadona. Caprichos de la política rural.
M. avistando pandillas universitarias
El asunto es que la conjunción universitario + supermercado baratito y con variedad se traduce en manadas de estudiantes sedientos de alcohol casi todos los viernes por la tarde, manadas de chavales perfumados y recién duchados que llenan con un llamativo interés los carros de la compra de botellas de alcohol, de bolsas de patatas, de bolsas de hielo. La organización familiar de una familia en la que uno de los miembros trabaja fuera de casa casi todo el día y el otro hace malabares para cumplir un inestable organigrama de estudios mientras cría con amor y respeto a un niño chiquitín, hace que muchos más viernes de los aceptables, la realidad se imponga en forma de nevera en huelga: yogures, mantequilla, cocacolas y puerros, eso es todo lo que de vez en cuando nos saluda, al fresco, al abrir el refrigerador. 
Y hay que ir a por provisiones. Y, como digo, todos los universitarios del pueblo de al lado acuden a nuestro súper. Y coincidimos. Hasta aquí todo es normal, cosas de la vida en comunidad. 
El problema sobreviene cuando esa madre de familia agobiada por la falta de recursos alimenticios para su retoño acude junto a él a hacer la compra. Es necesario señalar la diferencia entre esta misma situación hace ocho meses, cuando M. era un gusiluz dócil y amoroso, y en la actualidad, cuando M. se parece mucho más a un gremlin con sobredosis de azúcar. 
El caso es que llega un momento en el día en el que es fundamental conseguir que el niño no se duerma; si se fracasa en esta empresa, ese mismo niño se convertirá en un demonio con olor a recién bañado que enloquecerá en el salón y no dejará descansar a sus padres hasta las once de la noche. Una situación de las que conviene evitar, de verdad. 
Pues el último viernes que acudí a la compra de la tarde, M. se encontraba en ese momento crítico en el que cualquier palabra entonada con la más mínima dulzura alcanzaría para él calidad de nana, haciendo que cayera redondo en su mochila antes de que me diera tiempo a decir quién da la vez. Total, se apoderó de mí el espíritu de la madre contra los elementos y me puse a hacer la coreografía más absurda de cuantas hayan existido jamás en el mundo del entretenimiento infantil: Soy una taza. Con tan, tan malísima suerte que choqué contra uno de esos carros de perdición en los que los estudiantes del campus al que voy a estudiar casi a diario iban acumulando botellas. 
Me miraron con esa mirada que duda entre conocer y no conocer al destinatario. Finalmente, me desterraron al montón de los no te conozco no sin reírse de mí todo lo que consideraron necesario, mientras yo, madre y por lo tanto carente casi por completo de sentido del ridículo, continuaba imitando el ruido de la olla exprés.
El fin de esta historia se retrasó hasta al lunes siguiente, cuando estaba a punto de poner un pie en la biblioteca de ése campus maldito. A mi derecha, un grupillo de madrugadores tomaba café en la plazuela previa a la biblioteca. Yo me acercaba y ellos se callaban, hasta que uno de ellos se inició en el proceso de reconocimiento: se puso a bailar como de soslayo Soy una taza. 
Bajé todo lo rápido que pude la escalera de la vergüenza, pero me acabaron alcanzando. El del baile me miraba y me decía sin hablar: sí, hija, sí; tú pon toda la cara de opositora que quieras y hunde todo cuanto puedas la cara en esos libracos del demonio… que no cuela. ¡Tú eres la del baile!
Lo bueno de este asunto es que lo peor ya ha pasado: soy oficialmente la del baile y eso, una vez aceptado, es hasta positivo; todo el mundo sabe que una vez que tienes un mote, el proceso de integración se acelera bastante. Y quieras que no, saber que saben que me las veo a diario con un mocoso hace que cuando me llama mi madre para contarme alguna monería que ha hecho el niño, no tenga que disimular mi entusiasmo ni rebajar el tono estridente con el que celebro al teléfono cada pequeño avance de M. 
Todo son ventajas.

Amores que matan

Existe por ahí una especie de madre que en lugar de leche, debe tener antibiótico; son estas madres lactantes a las que nunca jamás se les pone malo el niño, no conocen moco ni tos, inmunizada como tienen a la descendencia. Yo soy una madre lactante, muy lactante a ojos de algunas personas, pero mi descendencia enferma como todo hijo de vecino (nunca mejor dicho). ¿De qué enferma?, os podréis preguntar. Y yo os respondo lo mismo que me responde a mí el pediatra: proceso vírico. Os juro que a veces lo dicen hasta sin mirarte, creo que porque empieza a sonar un poco sospechoso que todo sea un proceso vírico y te plantes de vuelta en casa sin saber qué narices le pasa al nene, con la orden clara de hidratarle, apiretal si pasa de 38 y muchos mimos.
M. manejando una potencial arma 
Pero en fin, proceso vírico. Vale. Pues nuestro virus debió de invitar a toda su panda: tripa, ojos, y garganta. Se conoce que para que nos familiaricemos con todos y así, cuando vuelvan a aparecer este invierno, no nos pillen de nuevas. Nuestra función como padres a lo largo de esta semana ha sido ir sumando medicinas a esa pequeña lista genérica para el ataque al virus y controlar con exactitud británica cuándo tocaba cada una : un colirio, unas gotas para la garganta y el dalsy -esto creo que es cocaína infantil-.
Como digo, ha sido una semana bastante estresante, cuando parecía que estaba a punto de llegar un rato de calma, saltaba algún tipo de alarma -bien del móvil, bien mental de alguno de los dos progenitores de M. que de pronto recordaba con sudores fríos que tocaban gotas de garganta desde hacía siete minutos-. Ante ese sobresalto, respondíamos como autómatas: uno a por las toallitas, otro a por la medicina; uno a sujetar los bracitos del niño, otro a abrirle el ojo con cuidado y firmeza para dejar caer lo más dentro posible las tres gotitas milagrosas; y, finalmente, uno a limpiar los posibles manchurrones en un metro a la redonda del crío y otro a salvarle del malvado progenitor echa gotas.
El caso es que, aunque por sus reacciones cada vez que nos veía acercarnos con algún bote en la mano no lo parezca, M. debe de estar súper agradecido por esta serie de cuidados amorosos y cuasi puntuales que le hemos ofrecido durante toda la semana. Sí, sí, está tan agradecido que ha hecho de su agradecimiento una cruzada personal que parece no llegar a su fin a corto plazo: se ha tomado la medicina por su mano y está obsesionao con que probemos en nuestro propio cuerpo esos santos remedios que tanto bien le han hecho a él. Y lo hace de la forma más básica: atacando con el bote cada vez que puede, a traición. Si por lo menos fuera cada seis horas, como le hacíamos a él… pues yo que sé, sería más llevadero y esperable.
Pero no. El tipo aparece una media de cinco veces por hora armado con el colirio y con el puñetero cuentagotas de la garganta y, como sabe perfectamente por dónde se echa cada cosa, se pone manos a la obra. El resultado es que tengo un ojo semicerrado -estoy casi tuerta, vamos-. La explicación la encontraréis en un momento de debilidad que he tenido esta tarde: me he quedado traspuesta en el sofá mientras M. y el padre, supuestamente, jugaban a dar vueltas al sofá.
Lo que ha pasado es que el padre ha recibido algo en el móvil – algún tipo de noticia musical o futbolística, pondría la mano en el fuego o el ojo al alcance de M.- que ha hecho que dejara al niño a su aire durante unos minutos, los justos para que éste encontrara en la estantería -bien cerradas ¿eh?, a prueba de niños- las medicinas y decidiera que ése era un buen momento para curarme. El resultado de esa preocupación filial ya sabéis cuál es; el bicho todavía no controla la fuerza. La otra interpretación posible es que estuviera tomando represalias por la semanita que le hemos dado puteándole con diversas molestias cada seis horas.
Y en fin, cuando me he incorporado sobresaltada y bastante desorientada ante el terrible ataque ocular y he analizado la situación, he tenido que ser consecuente con la vida y darle gracias porque el tratamiento semanal de M. no haya sido a base de supositorios. :D