Amor de hermana

Hoy, en plena comida familiar, ha tenido lugar una escena que me ha retrotraído a diez años atrás, cuando estaba yo cursando ese curso mítico llamado segundo de bachillerato. Nosotros, mis dos hermanos y yo, íbamos al mismo colegio: yo a segundo de bachillerato, mi hermano a cuarto de la ESO y mi hermanita linda, mi cuscurro de pan, a primero de infantil.

Las dos haciendo el gamba como sólo nosotras sabemos
Bueno, pues la historia va con ella. Resulta que por cuestiones de logística, nos quedábamos a comer en el comedor, en el asqueroso comedor, para ser más exactos. Era uno de los peores momentos del día: una especie de nave enorme, con mesas corridas a lo largo y sillas frías de hierro, como las de las terrazas de los bares que chirrían al moverte. El panorama se completaba con la directora -Mick Jagger en mi casa, la típica urraquilla inmortal con la cara surcada se arrugas como bañadas en laca, arrugas inamovibles- paseándose entre las mesas obligando a no hacer el guarro, a no tirar la comida, a comerlo todo y a mantener un poco la compostura en esos momentos en los que había más migas voladoras de mesa a mesa que tenedores cumpliendo su función.
Bueno, pues Mick se cebaba con los más pequeños, era especialmente cruel, no les dejaba irse hasta que se comían todo el plato, incluso si vomitaban, les dejaba ahí solos, con el plato helado, y no salían al patio o se iban a clase hasta que lo terminaban. Y mi hermana, al igual que yo, odia con todas sus fuerzas, odia sobre todas las cosas del comer, las judías blancas o las alubias (que es como las llaman en Zaragoza, lugar donde tuvieron lugar los hecho que paso a narrar). Y allí eran obligatorias una vez a la semana.
Bueno, pues mi hermana, tan pequeñita ella, entraba al comedor en el turno de los pequeños, esto eran las doce y poco de la mañana. Yo entraba en el comedor en el turno de los grandes, esto era la una y media de la tarde. Y rara era la semana que no la encontraba allí, sola en la mesa de los niños frente a un plato de judías blancas heladas, pastosas, asquerosas. No solía estar llorando, simplemente estaba allí sentada sin probar bocado, a ratos seria, a ratos entretenida jugando con sus manos, a ratos mirando a ver quién entraba por la puerta. Estaba custodiada o bien por Mick o bien por una de sus delegadas, que se paseaba arriba y abajo frente a su mesa esperando que terminara. Y yo, cuando entraba y la veía, me tiraba a por ella. Me agachaba a su lado, recuerdo el olor del baby, olor de clase de niños, y nos mirábamos y entonces ella sí que solía perder pie. Nos abrazábamos y su pelo negro, frío y liso se me metía en la nariz y entre el olor a cole podía distinguir el olor de nuestra casa.
Y entonces, cuando yo comprendía que no podía irme a la fila con mis amigas y dejarla por más tiempo allí sola, tenía lugar uno de los actos de amor más grandes que yo haya hecho jamás por nadie: la miraba a ella, miraba al plato, la volvía a mirar, miraba a Mick esperando una posición adecuada para que no presenciara el delito, y… me comía las apestosas judías.  De tres cucharadas me terminaba el plato, mi hermana era libre para irse al sol y yo… yo me quedaba con un dolor de estómago y un malestar que me duraba toda la tarde.
Y hoy, comiendo juntas, nos hemos acordado de aquello porque en un momento dado ella ha mirado su plato de comida, me ha mirado a mí… pero esta vez ¡no he caído! Esta vez no eran alubias -mi mami es una mami guay y no nos pone eso que sabe que nos hace sufrir- y ya no tiene cinco inocentes años.
Lo que es claro es que, si tuviera que volver a salvarla de un plato asqueroso de judías para que ella pudiera salir al sol y a la vida de su edad del pavo, lo volvería a hacer. Luego he mirado a M. poniendo cara de asquillo al probar no sé qué que le ofrecía mi padre…y he pensado que sería genial que tuviera un hermano que hiciera por él o por el que hacer algo parecido.
Ahora, eso sí, si puede ser con algo menos asqueroso, mejor que mejor. :)

Rutinas

Hay algo fundamental en la vida de todo estudiante: la rutina. Si este estudiante lo que estudia es una oposición, entonces pasa de fundamental a vital. Rutina o hábito de estudio: esa secuencia de horas preestablecidas que le dedica un estudiante a su materia de estudio, de forma invariable a lo largo de la semana y que permite, no sólo ir paso a paso haciéndose con el temario, sino establecer un orden mental para visualizar lo que hay, lo que ya sabemos, lo que queda, y cómo lo llevamos. Y sobre todo, es un metrónomo infalible. Te marca el ritmo, sientes el tic tac de la cuenta atrás tras tus talones y eso te convierte en un ser muy organizado y eficiente. Te convierte, casi seguro, en un opositor de esos que consiguen la plaza.
M. intentando repetir la hazaña
En mi caso personal, aplicar esta máxima a mis años de estudiante no tendría ningún sentido, porque jamás he sido capaz de seguir una rutina fija: yo era de las de a mí no me vuelve a pillar el toro ni de coña, y siempre, siempre, acababa viéndole el asta mucho más cerca de lo académicamente recomendable. Pero bueno, fui saliendo más o menos airosa de esas situaciones de riesgo estudiantil, no sin envidar mucho a esas personas organizadas que cumplían los organigramas con eficiencia marcial.
Pues bien, la vida me tiene ahora en una situación estudiantil límite: opositando. Y es que oposición es gemela de rutina, no hay una sin otra, no existen opositores sin rutina. O bueno, sí existen pero no tienen prisa. Salvo yo. Mi Plan C no es un plan a largo plazo, mi Plan C es un plan impaciente y con tiempo limitado. Y no tengo rutina. 
Igual, decir así, en frío, yo oposito sin rutina es un poco exagerado. Existir, lo que es existir, mi rutina existe. Sobre el papel, eso sí. Es decir, en teoría yo tengo tres mañanas a la semana en las que empaqueto a M. con una gran parte de sus pertenencias y lo envío por correo urgente a casa de mi madre, la abu, de nueve a dos. En teoría, cuando él se duerme a eso de las ocho de la tarde, yo tengo todavía otras cuatro horas diarias para darle al temario. Y, en teoría también, los fines de semana voy a recuperar las horas que, por lo que sea, vaya perdiendo a lo largo de la semana.
Pues, ay de mí, ese por lo que sea se ha convertido en la mayor parte de mi semana en teoría rutinizada: M. no acaba de aprender a andar y no da tregua a la exploración guiada que se trae por toda la casa; un virus maligno y enviado sin duda por algún opositor que quiere mi plaza se ha instalado en su pequeño cuerpo y nos ha traído – y nos trae todavía con sus últimos coletazos- por la calle de la amargura; la comunidad de vecinos ha enloquecido de pronto y raro es el día en el que no hay movidilla; y, así por añadir otro ejemplo, de pronto cogen y programan los de la tele tres series a las que estoy enganchada en el mismo día y claro, joé, tengo que ver en los días siguientes los dos que se me quedan pendientes. 
Eso que os cuento son los ejemplos, digamos, más generales. Nada tienen que ver con los pequeños retrasos diarios que van, poco a poco, acumulando minutos en mi saco de retrasos con respecto a la  rutina establecida, y de los que puedo enumerar una pequeña muestra: estamos a punto de salir y M. arruga la nariz a la vez que mueve la mano mostrando con una gracia infinita ese gesto universal que indica qué mal huele aquí, y tengo que arrodillarme y soltar la cartera y su mochila y las llaves y cambiarle el dodotis antes de salir, con toda la parafernalia de pedorretas, cánticos y mosqueo infantil ante ese toque de cojones -literal-. Puede ser que me encuentre recogiendo el ordenador para guardarlo en la cartera y M. decida que quiere ayudar y entonces salte con esos dedos mágicos una tecla, y tardemos una hora más en salir intentando pegarla. Puede pasar también que paramos a echar gasolina y de pronto toquisqui quiera tocar las mejillas al niño, o decirle alguna cucada absurda de esas que él paga con una mirada de total indiferencia. Esas señoras, (es que casi siempre son señoras) las que sueltan las cucadas con voz de pito y muy cerca de la cara del niño, son de esa clase de mujeres que ante la prisa evidente que muestra la madre, con frases tan poco indirectas como bueno, hijo, di adiós a la señora que es que vamos muy tarde, ¡uyyy qué tarde es!, no reaccionan. No sólo no reaccionan, si no que se apoltronan todavía más en ese momento comparativo: uy, pues el nuestro ya tiene dientes; ¡tenías que ver a mi nieta, esa sí que está espabilada!; ¿y le das la teta o tú eres de las biberón? y cosas por el estilo. Son esos momentos en los que la perspectiva de una mañana de biblioteca entera para una sola enterrada entre sabiduría y estudiantes sin preocupaciones maternales, se antoja casi como el paraíso. 
En definitiva, este desbarajuste es más o menos la no-rutina de una madre que oposita. Lo más gracioso del asunto es que creo con bastante fuerza que eso que todos hemos pensado alguna vez y que viene a decir mis padres hacen magia, ¿cómo hacen para que les de tiempo a todo?… ¡es cierto! No sólo voy más o menos al día -más o menos, ¿eh?- sino que el resto de la vida sigue casi, casi igual. 
Casi, casi. 
Otro día cuento lo que cabe entre los dos casis, que ahora el niño duerme y me voy a recuperar todos los por lo que sea que me han destrozado la rutina planificada para hoy.