De madrugada

Pocas cosas hay que me causen tanto desasosiego como la casa de madrugada. No me gusta bajar la escalera sintiendo el frío de toda la noche con la calefacción apagada, escuchar el murmullo de la nevera que durante el día pasa desapercibido, no ver nada más que los pilotos de la tele, la radio, la lucecita del router dale que te pego a parpadear en la soledad del salón oscuro.

M. y Sully en un momento de paz
Pues bueno,como digo, me genera un desasosiego tal que llevo evitando verme en el salón a esas hora durante años. Pero de pronto pasó algo que me hizo romper la tradición: fui madre. De modo que muchas más madrugadas de las que quisiera, me encuentro con un niño espabilado hasta límites histéricos entre las seis y media y las ocho de la mañana. Lo  habitual es que sea más cerca de las ocho que de las seis, pero, sinceramente, ahora en invierno da más o menos lo mismo, porque bajemos a la hora que bajemos, fuera está como la boca del lobo.
Entre semana lo llevamos bien: el padre se va y el nene y yo al poquito nos ponemos en marcha para recoger, duchar, vestir, desayunar y salir, según el día: a estudiar yo y a abuelear él, o a hacer compras o andar, o lo que sea. Pero el fin de semana…el fin de semana me mata. Así que, como nos mata a los dos -a la madre y al padre-, lo tenemos dividido: un día te levantas, tú; otro día me levanto yo. 
Yo suelo elegir dormir los sábados – entre hora y hora y media más, no nos vayamos a pensar que es que me levanto a las doce como antaño, ains-, en plan: me desquito de los cinco días por fin y el domingo vuelve a ser un ensayo de lo que vendrá el lunes. Pero una cosa es lo que yo planeo y otra lo que sucede. Y lo que suele suceder es que el padre también quiere los sábados, su razón no la sé. Entonces, esto lo solemos hablar los viernes al irnos a dormir:
Mañana yo, ¿no?– gruñe el padre.
Hombre….
Y así se queda la cosa. Y llega la hora crítica, y M. se estira, y saluda a la familia, y hay dos opciones: una, que el padre pegue un tirón a las sábanas acordándose de medio santoral y  de camino al baño se vaya apaciguando hasta que vuelve a coger al enano ya feliz (a ver mi chiquitico cómo choca esos cinco, vamos a poner unos temas hijo, ale); y dos: que el padre entre en una especie de coma profundo del que no hay grito infantil que consiga sacarle.
Yo lo intento: carraspeos, patadas sutiles, conversaciones con M. (a ver hijo, que parece que tu padre no se ha despertado todavía, ¿cómo le llamamos? y le metemos el dedo en el ojo, por ejemplo). Pero es un coma que parece real, un coma de manual. Ese padre no se moverá hasta bien pasadas las diez. Y entonces, mi día de bajar al comedor oscuro, se adelanta.
Y me adentro en él con mi niño en brazos y poco a poco voy reviviéndole entre bostezos y tropezones con los juguetes abandonas de la noche anterior: pongo la calefacción, enciendo la tele, subo las persianas para que entre la luz de las farolas… y hasta hace poco, me preparaba para la actividad frenética de M: vueltas alrededor de la mesa a toda pastilla, visitas a las estanterías para mover todas las pelis de su sitio, incursiones hasta el límite con el pasillo, donde ya no tiene más lugares para apoyarse y sólo le queda alargarme la manita para que le ayude a pasar. Estos eran los sábados en los que al borde del colapso nervioso -mío- aparecía el padre duchado, perfumado y con un buen humor del carajo por la escalera y decía:
-Uy, pues no os he oído despertar…
-Ya. Ya, ya.
Pero ahora, desde hace nada, atesoro un momento que es de los más maravillosos desde que M. llegó: ha aprendido que el frío se quita bajo la manta, y entonces, después de desayunar y de que se nos hayan quedado las manos, los pies y la punta de la nariz helados en la cocina, volvemos de la mano al salón. Y nos sentamos juntos, con M. entre mis piernas, y nos enrollamos en la manta. Nos la ponemos como una capa, dejándonos sólo la carita al aire. Y entre los pliegues, saco como puedo la mano y busco con el mando a la Abeja Maya, o algún canal de música, depende del día. Y no quedamos juntos, muy quietos y ya más calentitos, mirando la tele bajita y viendo por la ventana como poco a poco comienza a clarear. Hay días, no muchos, dos o tres, que hasta nos hemos quedado dormidos otra vez en nuestra cueva, con el muñeco Sully de invitado.
Desde que esto ha pasado y el padre nos ha encontrado en esa situación, arropados, felices en el sueño y juntos, ya, casi casi, no tiene episodios de coma profundo.
Qué cosas :)

Motívate

Yo, no os vayáis a pensar, al tema éste de estudiar la oposición, los tochos históricos tronchaespaldasque me acompañan a todas partes, no le di las vueltas que se suelen dar a las decisiones pausadas, meditadas, sopesadas, en fin, serias. No, no. A mí me convencieron vilmente un maternal día del mes de julio.
M. en el jardín una mañana parecida a esa mañana
Estaba yo con M. en nuestro jardín, que por aquel entonces todavía parecía una selva, haciendo eso que les gusta hacer, más que cualquier otra cosa en el mundo, a los niños de nueve meses: dar pasitos de la mano de las mamás mientras éstas alternan las miradas amorosas al retoño caminador, con las miradas asesinas y agotadas hacia ese mismo ser -sentimiento ambivalente maternal, un clásico entre la especie; si no me creéis, preguntad, preguntad-, con la mano que queda libre clavada en los riñones. Esa madre es la que, mientras ayuda incansable al chiquitín, sueña con el fin de esa etapa agotadora y se dice a sí misma que total, tampoco es para tanto y que sólo quedan tres horas y cuarenta y tres minutos para que llegue el padre a hacer el relevo.
El caso es que, estando nosotros dos en esa cotidiana situación, el teléfono sonó y yo, aliviada de mi tarea maternal, corrí niño en cadera rauda a descolgar, pensando que sería el padre y preparada para dar un poco de penilla: éste niño no me ha dejado ni cinco minutos de paz, hoy cocinas tú.
Pero no. No era el padre. Era una mujer, una mujer entrenada para vender. Para vender, en este caso concreto, enseñanza. Para vender mejores notas. Para vender una academia para opositores, vaya.
Y yo, que por esa época no tenía ni idea de que iban a salir plazas para el 2014, me puse alerta. De pronto me puse nerviosa, muy nerviosa, y empecé a hacer mogollón de preguntas:¿cuántos temas entran?, ¿usted cree, con sinceridad y sin paños calientes, que con los 11 meses que quedan, másmenos, para que sea el examen, da tiempo a prepararlo? ¿cuántas posibilidades reales hay de sacar plaza o interinidad? Y la mujer, como digo perfectamente entrenada y nunca dispuesta a ceder al desasosiego ni a las dudas -razonables- que los futuros alumnos pudieran alegar para no matricularse por un módico precio en su academia, me respondía a todo, y todo me parecía maravilloso,fácil, perfecto, hecho para mí. Y me motivé mucho. Me motivé a tope. Me motivé como una opositora en una papelería industrial, y no me metí la leche hasta que esta superwoman entrenada para motivar al más pintao, dijo: hombre, lo suyo es emplear entre cinco y ocho horas diarias al estudio.Y fue ese preciso momento el que M. aprovechó para hacerse notar, con unos gritos agudos de verdadera felicidad, alborozado por el vuelo de una grácil mariposilla que atravesaba dichosa el jardín.Y la mujer, la superwoman preparada para vender ante la más terrible adversidad, lo escuchó.
Uy, ¿he oído a un pequeñín? ¿Eres tú la mamá?
-Pues mire, sí. Así que por favor, acabe ya con esta agonía y dígame si con dos o tres horas diarias de estudio,que son las que aquí el amigo me va a dar de tregua, es esto posible.
-Claro que sí, mujer, no te preocupes…estamos preparados para estos casos -soy un caso, pensé-: sólo tienes que contar con nuestro supermegahipermaravilloso curso online, todo homologado y súper metódico para que no tengas que preocuparte de nada.
-Ya…¿y a cuanto está el mes, dice? Más que nada porque, créame, eso sí me preocupa.
Y su respuesta fue el fin de nuestra relación comercial.
Pero lo malo malísimo del asunto es que la mujer ya había hablado de número de temas, del formato de la oposición, de qué materia entraba…y a mí ya se me habría abierto un nuevo universo: yo tenía, sí o sí, que opositar. Y, no sé por qué, a mí 72 temas como que no me parecieron mucho. Como que un examen con parte práctica se me antojó hasta divertido. Como que una (bueno, dos) exposición ante un tribunal, me pareció algo inspirador.
Así que, investigación cibernética mediante, me compré por internet el temario más recomendado, el temario más querido por los opositores españoles que han tenido a bien, alguna vez de las múltiples que se han presentado, compartir sus experiencias con los cibernautas novatos. Y me lo compré encantada, feliz, liviana y, como no, motivadísima por culpa de la superwoman.
Y todo ese ideal platónico sobre la oposición se mantuvo en mi mente hasta que el de MRW aparcó en la puerta y me entregó el temario, una aciaga tarde del mes de agosto. A punto estuve de hacerme la desconocida y decirle que no, que ese paquete que sujetaba con dos manos y cara de esto pesa un huevo, no era para mí.
Pero, ay, ya era tarde.