El álter ego

En cuestión de una semana, me ha crecido por generación espontánea un álter ego. No es un álter ego tipo Mr. Hyde, así una personalidad totalmente diferente a la mía, qué sé yo, una amante del manga japonés o una fabricante de quesos de cabra en un taller semioculto en el desván. No, no. Es un álter ego que básicamente hace lo que yo voy a hacer, pero unos segundos antes.
Si no lo habéis adivinado todavía, os lo digo yo: mi álter ego es M.
Hay ratos que no pueden ser más perfectos 🙂
Ha pasado de ser un tipo que iba bastante a su bola – de estos tipos a los que les dices a ver M., a ver cómo das un besito a mamá y él mira hacia el infinito, hacia el infinito más alejado de la mejilla de mamá a ser posible- a ser un loro de repetición. Pero de repetición previa, por así decirlo.
El tema se ha presentado de forma gradual; desde hace cosa de una semana, veo a M. haciendo un gesto con la mano que podría ser el que las personas hacemos cuando no encontramos algo que estábamos seguros estaba en tal lugar, y nos preguntamos a nosotros mismos o a la casa en general: ¿pero y dónde está?, con la mano derecha abierta hacia arriba y así como un poco caída hacia abajo. Bien. M. hace eso cada vez que: se acaba el yogur, escondo algo potencialmente peligroso hacia lo que él se estaba dirigiendo, sale alguien del coche, o me como una galleta. Es un gesto que claramente quiere decir ¿y dónde está? y lo hace cada vez que podría ser pertinente que yo lo hiciera. A mí esta capacidad que ha desarrollado, me ralla un poco.
Otro hecho que me hizo darme cuenta de que aquí estaba pasando algo extraño, fue un día que entramos en el baño por la mañana y M. se dirigió – es un decir, todavía no anda, pero vamos, que me llevaba de la manita derechito- muy decidido a la estantería. Le cogí para auparle y en menos de un segundo tenía mi cepillo de dientes en la mano, y en menos del siguiente segundo, me lo había metido hasta la campanilla. Vale, vale, hijo, leñe, que sí me voy a lavar los dientes, qué te has pensao tú, le contesté flipada. Pero es que esa misma noche, al irnos a dormir, el colega me quitó las gafas con una mala hostia que es que es pa´verloJoe, hijo, qué sí, que no me voy a acostar con las gafas, descuida, le conteste mirándole un poco como desde lejos, como si fuera un pequeño ser con superpoderes mentales. 
lavadora

M. con el culo en pompa haciendo el salvaje
Otro ejemplo, por ejemplo. M. es un niño que no conoce la palabra propiedad, la palabra mío, el concepto no te lo doy. Así que cuando yo, amorosamente, le doy un trocito de pan para que se alimente -no para que me deje hacer la masa de la tarta tranquila, noooo-, él me llama desde su trona o más probablemente desde el suelo o desde la lavadora, qué le voy a hacer, me ha salido un pequeño salvaje. Y yo me acerco rodillo en mano, me agacho y cuando menos me lo espero, me acerca a la boca con su mano gorrrrrda una miguita de pan. Lo jodido del asunto, es que yo sí quería pan -siempre quiero pan, ains- y él se adelantó a los acontecimientos. Lo que digo, mi álter ego.
Y ya el remate ha sido hoy, con dos escenas que a mí, personalmente, me han descolocado la vida. Hemos ido de compras, hemos ido de compras como buenos pardillos a un centro comercial en una tarde lluviosa. Ese tipo de espécimen humano somos nosotros, sí. El caso es que ese lugar estaba hasta arriba de familias con niños esquizofrénicos corriendo por los suelos marmolados, resbaladizos de las botas mojadas de cientos de pardillos como nosotros. El paraíso de los niños, para aclararnos todas.
Pues yo intentaba abrirme paso a través de ese bosque lleno de infantes desatados, cuando entre dientes he dicho: madre del amor hermoso, qué jaleo, esto está hasta arriba. Y antes, unos segundos antes de que me echase simbólicamente las manos a la cabeza, he asistido con asombro al espectáculo espeluznante de ver cómo M., lentamente, sacaba sus brazos de dentro de la mochila y dirigía cada uno de ellos, simultáneamente, hacia ambos lados de su cabecita dorada.
El colega se ha llevado las manos a la cabeza. Tal cual.
Pero es que ha rematado la faena: cuando nos disponíamos a pagar sus dos pantaloncitos y he sacado la tarjeta y carnet de identidad del bolsillo, se ha tirado a ellos como un loco. Yo que sé, una quiere educar, enseñar que eso no se hace, que con esto no se juega… pero no he sido capaz de ser más rápida que él, y nada más quitármelo de la mano, y ya para dejarme boquiabierta, se los ha ofrecido al dependiente como la cosa más normal del mundo, seriote, concentrao, convencido de que eso es para quien es y punto.
Y en estas estamos, conviviendo con un enano que se adelanta a prácticamente cada uno de mis actos. Pero tengo un plan: la próxima vez que vea una factura en el buzón, se la voy a dar a M. Seguro que ya sabe cuál es el siguiente paso…. claro que ahora que lo pienso, lo mismo me encuentro con que para pagarla, el tipo tira de mi tarjeta.
Creo que tengo que darle una vuelta al plan… antes de que M. la dé primero :)

Molly Malone

Cuando yo era joven -más joven, ¡eh!-, pasé tres veranos seguidos en Irlanda, en Dublín para más señas. Es una etapa que recuerdo con mucho cariño, ya sabéis: hacerte entender con la familia hablando lo justo de inglés, descubrir con asombro que entienden más de lo que crees, volver empapada del cole por culpa de una de las tormentas relámpago irlandesas, marcar a casa a cobro revertido, sentirte mayor, urbanita, segura e importante caminando con esas amigas que parecen eternas desde que las conoces, todas solas y acojonadas en el aeropuerto, por el centro de la ciudad buscando un banco o un parque donde comer. Pero había una cosa, un elemento, del que hacía años que no me acordaba.
Abandonados a las puertas
Como sabéis, estoy (debería decir estamos, porque esto está siendo un asunto familiar en el que está toquisqui arrimando el hombro) liada preparando la oposición. Este nuevo aspecto de nuestra vida se ha colado de lleno, sin avisar, y a mí, en concreto, me ha descolocado el seso. Voy a toda pastilla todo el día, olvidando enseres y pertenencias como su fuera Paularcita y tuviera que dejar pistas para volver a casa, tengo ensoñaciones extrañas y un tic en la mano derecha que casi no me deja ni abrochar el dodotis del niño sin que se mosquee por la tardanza. Ahí es ná.
Pues esta tarde, cuando volvía de estudiar/comprar/recoger al niño/hacer un poco de vida familiar en casa de mis padres (los adorables y desinteresados niñeros), ha pasado algo. Ha pasado que he salido del coche con un niño colgado al cuello, con una cartera que pesaba mil kilos colgada en bandolera, con una mochila llena de enseres infantiles a la espalda y con dos bolsas mercadonistas llenas de víveres marinos, una en cada mano. Completaba el panorama la zapatilla desatada y el escote en escaparate y a punto de reventar. Y ha sido entonces, justo entonces, cuando me he dado cuanta de que no teníamos llaves para entrar, cuando ha aparecido delante de mis narices y entre el pelo del enano que no me dejaba ver bien, el recuerdo irlandés, húmedo y verde, de Molly Malone. Ella no es otra que una pescadera de Dublín, sweet Molly Malone, que iba caminando por la zona portuaria de la ciudad arrastrando su carro hasta arriba de pescado para vender, y que una noche murió en plena calle presa de unas fiebres. En su honor existe una estatua, en pleno centro de la ciudad, que la representa con un generoso escote – corre una leyenda paralela que dice que era pescadera de día y prostituta de noche, pero yo no me la creo porque la versión que me contó Brenda, mi madre irlandesa, no contemplaba esta opción y la pintaba como una poor woman- y su carro de pescado y marisco. Y de esa estatua es de la que me he acordado en ese momento de flaqueza: con mi bolsa llena de merluza, con mis cántaros a punto de reventar de todo el día sin M. y dando muchísima penita sin poder entrar en casa. Igualita que Molly.
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Una de esas que parecía que inclinaba M. esperando en el jardín,
pero de hace años, de aquellos años.

He llamado por teléfono y nos hemos sentado en el jardín, a la puerta de casa, a esperar al salvador. En un momento dado y tras hacer la foto que veis, he sacado el biberón del agua del niño y se lo he dado, por aquello de dar más pena al que viniera a rescatarnos en planpobre mi niño fíjate que sólo tiene agua para beber y es la hora de merendar. 

Y no sé si es que el espíritu de Molly se ha apoderado de mí o que el niño me ha heredado la vena cervecera y sabe ya lo que es una Guinness, pero el caso es que me ha parecido, juraría, que inclinaba el biberón hacia delante para brindar conmigo mientras yo le contaba de las cervezas negras, de las tabernas con músicos en las esquinas tocando atronadores violines, de los parques más frondosos que muchos bosques de la ciudad de Dublín.
Cheers, M.- he dicho al final mi relato con mucha pena por la situación y mucha risa por que con él no puede ser de otro modo.
Patatita – me ha respondido con su cara de viejo desdentado y feliz.
Y cuando por fin ha aparecido el padre llaves en mano, y hemos levantado el campamento del jardín para empezar a merendar, le he contado a M. la historia de Molly, de la pobre Molly, y él se reía y sólo quería brindar.
Pues brindemos, pequeño M., brindemos por estos días agotadores, para que no dejen nunca de terminar en algarabía de la que convierte al cansancio en felicidad.