Gluten, esa palabra de moda

Como estudiante de Historia que soy, la capacidad de adaptación al medio del Homo Sapiens siempre me ha llamado poderosamente la atención. Glaciaciones, sequías, hambrunas, epidemias, dictaduras… y aquí seguimos las y los Homo Sapiens, adaptándonos al medio y sobreviviendo como verdaderos héroes.

Esto viene al hilo de la adaptación bestial que hemos tenido en casa durante casi cinco años: la adaptación a un niño que no estaban bien por culpa del gluten. Aquí hemos visto como normales los llantos nocturnos, los llantos sin motivos, el mal humor, las rabietas, la falta de ganas de hacer nada… Cuando no, no era normal. Pero oye, que estoicos hemos ido sorteando las circunstancias de la mejor manera posible. Con muchas ojeras.

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Mis niños en la gymcana antigluten.

El tema es que, como buenos Homo Sapiens, igual que nos habíamos adaptado a todo eso, en un pispás nos hemos adaptado a no ver el gluten ni en pintura. Tan ricamente. M., Laniña y de paso yo, hemos desterrado el gluten de nuestra vida (por prescripción médica). Después de unos cuantos meses de peregrinaje, hemos pasado a engrosar la lista de esas personas que por poco no llevan una lupa en el bolso para leer las etiquetas de todo cuanto se les ponga por delante.

M., el principal perjudicado por estar en esa edad en la que ya no come en casa, tiene vida social en forma de cumples de amigos y muchas ganas de decir que sí a todo, se ha tomado este asunto como si fuera el líder de una misión en la que está implicada todo su cuerpo: tiene que conseguir alejar de sí cualquier posible facción de gluten.

Esto, en líneas generales, es una cosa muy buena: casi no hay peligro de que pueda comer cosas que le hagan daño y eso a la familia nos tiene muy tranquilos. Lo que pasa es que el precio a pagar por este alto nivel de concienciación es, en ocasiones, un poquito intenso.

-Mamá, ¿la leche lleva gluten?-, pregunta M. una mañana cualquiera.

-No, hijo, bebe con tranquilidad-, respondo yo esa misma mañana cualquiera.

-Mamá, ¿estás segura de que la leche no lleva gluten?-, pregunta M. la siguiente maravillosa mañana cualquiera.

-Sí, hijo, estoy segura. Bebe tranquilo-, respondo yo, esa siguiente maravillosa mañana cualquiera.

-Mamá, ¿la leche no lleva gluten?-, vuelve a rerepreguntar M., otra menos maravillosa mañana cualquiera, mirando el contenido del vaso a contraluz.

-Te garantizo, hijo, que la leche no lleva gluten.

-¿Y si le echas Nesquick?

-¡Tampoco!

Y como la leche, todo es susceptible: garbanzos, tortilla, crema de verduras, pescado, yogures… Todos pasan la criba de M., a razón de más o menos tres preguntas cada uno. Solo cuando está seguro de que no llevan gluten, come tranquilo.

Tan de moda está la palabra en esta casa, que hasta Laniña que aún no habla casi nada, dice “¡uten!”, cuando cree que la ocasión lo merece.

Como decía, todo es cuestión de adaptación, y yo ya estoy prácticamente mimetizada con este ambiente anti gluten en casa: el otro día cuando íbamos a comenzar el ritual de higiene bucal nocturno, M. hizo el amago de comenzar el cuestionario:

-Mamá, ¿la pasta de di….

-¡NO! !No lleva gluten!.- respondí orgullosa de mi capacidad de reacción. Es que hay que mirar también las pastas, porque algunas, por fuerte que parezca, llevan gluten.

-¡Pero mamá, si yo te iba a preguntar si era de las que pican!

Me consolé pensando que, desde tiempo inmemorial, siempre han tenido que existir  Homo Sapiens listillas.

En sentido literal

Es bueno ser sincera con los hijos.

Cuando estás a punto de escaparte porque el agotamiento mental ya es que no hay quien lo aguante, ellos lo detectan. Y preguntan, sin paños calientes:

-¿Mamá, qué te pasa?

Y tu, como quieres ser sincera porque es muy bueno que los niños entiendan desde pequeños que expresar tus sentimientos y tus opiniones es muy importante, le dices:

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Este día, como era soleado, sí hubiera podido tener mi ratito de paz, ¡ay!

-Un poquito hasta las pelotillas, la verdad, hijo. Necesitaría nada, poca cosa, unos cinco minutitos de soledad.

Y tu hijo, que es un tipo serio y que se hace cargo de las situaciones, se te queda mirando y te dice:

-Pues espera un momento, por favor.

Y tu te quedas de piedra, sentada como estabas en el suelo más desparramada que un bote de blandiblú pensando que qué fuerte, que el tío lo ha entendido y ha hecho mutis por el foro un ratito y vas a poder cerrar los ojos e imaginar un sitio silencioso y ordenado y donde además, no hace  pensar qué hacer para cenar y se puede comer siempre pizza y colacao. ¡El paraíso!

Pero no. Si le sigues con la mirada ves que, misteriosamente,  va hacia la ventana del salón. Con su mano derecha descorre un poquillo la cortina y mira atentamente el panorama, arriba y abajo. Tras unos segundos de comprobaciones se da media vuelta y con esos andares de persona mayor que tiene vuelve a ponerse frente a ti igual de serio que cuando se fue, y te dice:

-Pues lo siento, está nublado. Yo creo que ya hoy no va a salir el sol.

Se calla un momento, me pregunta qué hora es y añade:

-Pues la hora de merendar. ¿Vamos a ver qué pillamos?

Son de un literal que asusta.