La optimista durmiente

Yo soy una persona optimista por naturaleza. Poseo esa capacidad de pensar que si algo puede ir bien, irá bien. Esta cualidad es genial, así en general, para la vida diaria de cualquier persona, pero se vuelve indispensable para los fines de semana.

¿Por qué?

Pues porque los fines de semana son esos dos días en los que desde por la mañana bien temprano, existe la posibilidad de que llegue el momento de dormir la siesta. Sí, así de crudo está el panorama. Hace meses que me despierto pensando en volverme a acostar, pensando en el momento siesta, en esa hora maravillosa en la que me veo a mí misma dirigiéndome al sofá, pescando la manta más calentita de la casa por el camino, y haciendo saltar las zapatillas por los aires para coger la posición de la oruga y proceder con todo mi optimismo a hibernar a base de bien.

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Yo, cuando me imagino dormida profundamente.

El proceso tiene truco desde sus etapas más iniciales, y es que conviene que ya el acto mismo de enroscarse se haga en la más completa clandestinidad: aprovechando, por ejemplo, un momento en el que el mayor está en el baño y la pequeña, fiel escudera, le ronda tirándole trocillos de papel.

En los niños con la edad de M., una señal tan evidente como lo es ver a una persona hecha una bolita con los ojos cerrados es más que suficiente para que no se acerque a perturbar mi sueño. Pero ahora las cosas han cambiado, ahora está Laniña pululando por ahí y a ella no se le da gato por liebre. Por eso, tuve que desarrollar una nueva estrategia que durante muchos meses ha funcionado a la perfección: me jugaba el tipo con total premeditación y alevosía enterrando toda la cara bajo la manta, dejando tan solo una minúscula apertura casi imperceptible al ojo humano para que me asomara la nariz y pudiera hacer el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono de manera óptima para mi salud. Así, la muchacha no me veía y tampoco me echaba de menos, lo que viene siendo aplicar los principios del cucú-trás en la vida diaria. Pero claro, los niños crecen y el cucú-trás deja de tener gracia más que nada porque ya saben que no te piras, que solo te escondes.

Por eso ahora, cuando ve el bulto en el sofá, viene y me destapa la cara. Después, lo más normal es que me restriegue por los morros su nariz fría y con moquillos colganderos -cosas del invierno- a modo de saludo. Hay veces que agradezco el soplo de aire fresco porque yo creo que esa falta de oxígeno al final me pasa factura y me quedo ahí soterrada bajo la manta un poco ida, tan ida que del susto solo me sale abrir los ojos como platos y dejar pasar los minutos hasta situarme en el tiempo y en el espacio, tratando de ubicar esa nariz y esa cabeza despeinada que con tanto empeño pega su cara a la mía.

El padre, que es súper solícito, tarda apenas unos segundos en aparecer y llevársela en volandas a la otra punta de la casa mientras le limpia los mocos por enésima vez, pero a mí ya se me queda un tembleque que para qué. Es que me asusto, coño.

Ya en el segundo asalto, tras ese brusco primer despertar, por lo general me doy la vuelta y me quedo con la cara mirando al respaldo del sofá, por aquello que dicen de que ojos que no ven, corazón que no siente. El embrujo tarda algunos minutos en romperse, porque lo que suele pasar entonces es que lo que me despierta y me devuelve al mundo de los vivos es, en lugar de su nariz, su mano diminuta y congelada manoseándome los riñones con verdadera pasión. A veces funciona lo que se conoce como «hacerse el muerto»: me quedo inmóvil unos minutos a ver si desiste y se pira. A veces funciona, y a veces se las apaña para llegar hasta mí y meterme un dedo en el ojo. Para comprobar, supongo.

Al final, tras una siesta que no suele durar mucho, y si dura lo hace a trompicones por los despertares que con tanto amor me brinda la niña en cuando puede escapar, decido rendirme a la evidencia y afrontar desde mi posición a los niños que tengan a bien acercarse a mí.

Además, no todo es malo: lo mejor de la putada que supone salir del sueño con tanta violencia y tanta falta de sensibilidad, es ver la sonrisilla de dos dientes y la mirada de chinita que se le pone al reír. Es una risa, además, con gran poder de convocatoria, y es que en cuanto la oye, el hermano sale de la guarida en la que quiera que esté, y aparece también por allí a soltar de golpe todas las preguntas que durante ese rato le hayan venido a la cabeza y que solo puede hacerme a mí. Recuerdo una vez en la que, mientras yo buscaba mis gafas con más pena que gloria entre la nebulosa post sueño, me preguntó que cómo nacían los niños.

Así, suave, ligero, ideal para salir poco a poco del microclima siestero.

Me diréis que por qué no me voy a una habitación libre a dormir la siesta… Y la respuesta es que porque yo soy así: un optimista animalillo de costumbres 🙂

 

Alpinismo doméstico

Vivo, vivimos, con el corazón en un puño.

Parece que con el segundo hijo ya te lo sabes todo.  No haces tanto caso a la hoja de introducción de alimentos que te da el pediatra, no esterilizas hasta casi hacer desaparecer las cosas que se lleva a la boca, eres una enciclopedia médica y ya no compruebas que respira el niño cada diez minutos: lo has reducido a la mucho más razonable cantidad de una comprobación cada quince. Dónde va a parar.

Pero el caso es que nosotras, madres listilla donde las haya, no conocemos a ese nuevo bebé que está por llegar. No tenemos ni idea. Le queremos, le adoramos, es lo más bonito del mundo, huele de maravilla y nos hace muy felices… pero no lo conocemos. No sabemos  el trabajo que nos va a dar, de verdad que no.

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Se debe de sentir como al coronar el Annapurna

En casa teníamos la idea de que nuestro primer hijo era movidito. Qué almas más inocentes éramos. Cómo se nota que no conocíamos a Laniña y a esa genética suya que es un híbrido entre Godzilla, King Kong y el huracán Katrina.

Ojo, no lo parece, ¿eh?  Por lo que he podido detectar en el pequeño estudio sociológico iniciado mediante conversaciones breves con madres de más de uno (breves porque siempre hay que salir corriendo al rescate de algún vástago), estos segundo hijos, de bebés, duermen mogollón. De verdad, son benditos. No se despiertan con los ruidos de la casa, comen genial y los tienes desde el primer día de la zeca a la meca sin rechistar, adaptados los pobres al ritmo del hermano mayor.

Bien.

Es todo así de maravilloso hasta que un día, coño, les da por gatear. Qué gracioso, te dices, qué espabilao. Y con el paso de los días, te das cuenta que de gracioso y espabilado, pasa a ser agotador, incombustible y altamente suicida. Los minutos de paz han terminado, volviéndose el asunto prácticamente insostenible el día que comienza a caminar.

-¡Estarás deseando que eche a andar!-, te dicen los vecinos, inocentes.

Y tú no contestas porque te da miedo, mucho miedo, visualizar ese día. Porque cuando ese día llega, te das cuenta de que ya no es solo que se desplace en horizontal, sino que también lo hace en vertical con una soltura que para sí la quisiera Juanito Oiarzaval o cualquiera de los grandes escaladores de todos los tiempos.

Esos segundos hijos suben escaleras desde los ocho meses, trepan estanterías, trepan sofás, trepan escaleras, se meten en la lavadora y en los armarios, se alzan victoriosos hacia el peligro desde los más inverosímiles lugares, siempre con la lengua asomada hacia un lado y con una mirada de determinación que es, pese al infarto materno siempre al acecho, digna de admiración.

Una vez que pasan los meses y se asume en la familia que este segundo bebé ha venido a conquistar los ochomiles de tu hogar y a poner a prueba tus nervios, quedan dos opciones: o te adaptas tú y adaptas tu casa para dejar que su naturaleza de cabra montesa se desarrolle libremente, o haces todo lo contrario y te pasas el día chistando a la fiera cada vez que hace el amago de iniciar el ascenso.

Como lo segundo es muy coñazo y además se ve el sufrimiento vital que le genera el no poder dar rienda suelta a su pasión, pues le dejas. Esa mirada, ese buscarse la vida para jugarse el tipo de la mejor manera posible, esa concentración previa al movimiento que van a realizar… no tiene precio. Los nervios que tú pasas durante el proceso, visualizando la hostia  y confiando a la vez en que no se la meta, tampoco.

Como consejo básico, así por contribuir a la crianza mundial, yo diría que lo mejor en estos casos es eliminar de tu vida cualquier cosa tóxica, cortante, del tamaño de su garganta, susceptible de terminar arrugada en su manita (dinero, documentos importantes, la receta familiar secreta heredada de tus ancestros) o con alto valor sentimental. Nótese que digo eliminar y no alzar, que es lo que se hace en las casas donde sólo habita un hijo. En esas casas, oh reinos de paz, con colocar las cosas a una altura razonable para que el angelito no llegue a ellas,  es suficiente.

En las casas donde hay segundos hijos con el gen de la escalada por bandera, nunca, jamás, ninguna altura será suficiente: sus pies son muy pequeños, su determinación muy grande y su visión del peligro, inexistente.

Avisados estáis 😉