Angustia por separación

Eso tengo yo.

Que ya sé que es un trastornillo que se les supone a los bebés que lloran cuando se separan de sus madres, que parece que es soltarse de su abrazo y rompérseles el corazón… Pero no, que yo también lo sufro. A mí me cuesta mucho separarme de M. por las mañanas en el colegio. También hay que decir que él no se lo curra mucho y llora y entonces ya para qué queremos más. Desde que ha empezado el cole hemos representado de manera más que digna, para qué vamos a quitarnos méritos, un sainete al día. Un sainete al que no tengo yo mucha simpatía, maldita la gracia que tiene, la verdad.

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Hay abrazos que no caducan, y el de abrazar la pierna de mami ante lo desconocido es uno de esos 🙂

La cosa empieza en la acera que nos lleva a la zona O: el aula de 4 años de Infantil. Mucho coche, mucho niño con cara de sobao, muchas madres perfectamente vestidas, padres en trajes, padres en pijama, padres en chandal, madres desayunando. En este escenario, un grupo de tres personas avanza con paso firme hacia la verja verde: una madre despeinada, un hijo amarrado a su mano con bastante fuerza y aparentemente muy tranquilo, y una niña en brazos a punto de arrancar un pendiente a esa madre que hace como que la cosa no va con ella, ella sigue pa´lante con todo el buen rollete, todo son sonrisas, alegría, alegría.

Una vez en el pasillo, la presión sobre la mano derecha de la madre por parte del hijo precioso se va incrementando, rítmica, un poquito más con cada paso que les acerca a la puerta del aula. La madre respira, calmada, se suelta poco a poco de esa mano para acariciar el pelo del niño y enviarle señales de paz y calma mientras reza a quien sea que por favor hoy no se quede llorando.

Cuando llegan, ella se agacha sin soltar a la niña pequeña porque si la suelta ella va a salir corriendo al aula a hacerse dueña y señora de la situación y como que no, y el niño se le agarra al cuello con ambos brazos, ejerciendo una fuerza que casi llega al punto de asfixia. Una vez deshecho ese abrazo mortal, comienza la titánica tarea de convencer al niño de que por favor no llore que en un ratito viene, en cuclillas y con la otra mano reteniendo a esa niña que lucha sin pausa por pirarse a recorrer mundo.

Hay días que esa madre suelta a esa hija por pura cuestión de equilibrio, porque ya le pasó un día que se cayó de culo al lado de la estantería de los puzzles por intentar retener a la niña terremoto mientras intentaba liberarse del abrazo mortal del niño que no quería ir al cole. Hay un refrán para esto: quien mucho abarca, poco aprieta.

El sainete suele terminar con la madre abandonando el lugar de los hechos llorando, mientras el niño llora también aunque la madre tampoco lo ve pero lo oye (ya he dicho desde el principio que yo también sufro de angustia, coño, que oírlo te deja el corazón como un trozo de plastilina olvidado al sol).

Esa madre pasa la mañana como puede, trabajando a medio gas, cocinando a medio gas, barriendo el jardín a medio gas… haciendo tiempo tristemente hasta que llega la hora de recogerlo.

Y allí que se planta, con una cara que es que para verla, esperando recoger al trapito que dejó hace cuatro horas… para encontrarse con un niño muy feliz, pintarrajeado, hambriento y parlanchín que le dice: «hoy ha sido un gran día, mami».

Pues cojonudo, oyes.

Ya solo nos falta que no te quedes con ese sofocón, cariño mío 🙂

Una mano limpia

Mucho se ha escrito a lo largo de los años acerca de los trucos infalibles para que una jornada de playa con niños pequeños sea un auténtico éxito. En todos los formatos: vídeo, post, infografía, imagen… son muchos los progenitores que nos llevan la avanzadilla a los novatos los que en un momento de hermanamiento planetario decidieron compartir sus saberes con el mundo y, de una forma altruista como iniciados que son en estas lides playeras, publicaron en el ciberespacio sus trucos mágicos para terminar con buena nota, o al menos aprobar, los días de playa en familia.

Pues bien, tengo que decir que este año he sido yo quien ha descubierto un truco infalible para mantener la paz y el buen rollo en los escasos tres metros cuadros de propiedad privada que se consiguen en un día con suerte, o en su defecto en una playa pequeñita del Norte. Y como, quieras que no, llevo ya casi cuatro años con el carnet de madre y tengo un cierto bagaje, me considero preparada para ofrecer otro consejo.

Lo voy a lanzar al mundo.

Ahí voy:

Amigas, amigos, tías, tíos y cuidadores en general con niños a cargo en ese semioasis de paz que son las costas, yo os digo: el éxito de la jornada dependerá únicamente de que consigáis mantener, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, una de vuestras manos limpia. Podéis elegir la que más os guste, derecha o izquierda, pero por favor, mantened una mano limpia. Tan sencillo como eso, ¿no es muy fuerte?

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Con la otra mano -limpia-, hice ésta foto.

Una mano libre de arena pringosa abre todo un mundo de posibilidades, cada una más poderosa y celestial que la anterior: puedes coger una toallita sin llenar todo el paquete de mierda, puedes acercar la toalla al churumbel para que deje de llorar porque tiene un grano de arena en el dedo gordo del pie, puedes (si eres veloz) hacerle incluso una foto súper adorable y mandarla a la familia por whatsapp; también puedes colocarte el bikini arrugado sin necesidad de exfoliarte toda la zona, puedes subirte las gafas de sol sin que se te quede la huella dactilar tatuada en arena marina, puedes atraer a tu regazo a los hijos cuando se vienen abajo porque la torre del castillo se ha desmoronado sin dejarles el conducto auditivo lleno de arena, puedes conseguir que si alguno de los descendientes es lactante haga su toma sin que la mitad de lo ingerido sea arena dorada y llena de vete tú a saber qué. En fin, puedes, y esto es lo más grande, recostarte sobre la toalla al final de la jornada playera y, si te concentras solo en la mano inmaculada, sentir cierta sensación de limpieza corporal.

Como todo, requiere práctica. Lo digo porque a lo largo del día, si se baja la guardia, seguramente aparezca sigiloso ese gen infantil que todos llevamos dentro y en un momento de debilidad nos olvidemos de la mano limpia y la sumerjamos en la masa arenosa que se extiende ante nuestros pies, echando a perder el truco al meter la mano donde no debemos.

Y eso no es lo peor; lo peor será que justo, justo en ese momento, alguno de los enanos necesitará urgentemente tu mano impoluta para limpiar, a saber: arena en un ojo, arena en un pie, arena en el pelo, arena en la pala, arena, arena, arena… que te dan ganas de preguntarle muy amorosamente aquello de: ¿pero tú qué te pensabas que era la playa, hijomíodemivida?

Ahí lo dejo.

Ahora, valor y a la playa 😀

¡Felices vacaciones!