En busca de la identidad perdida

Vivo en una continua crisis de identidad. 
Hace semanas que me vengo dando cuenta, coincidiendo con la adquisición de nuevas habilidades por parte de M.: cuantas más habilidades adquiere, más se me nubla la personalidad. Si uno esta realidad al hecho innegable de que opositar está destrozándome las -pocas- neuronas espabiladitas que me quedaban tras el primer año de maternidad, me veo en la tesitura de tener que afirmar que me parezco cada vez más a una caricatura de la persona que una vez fui. 
M. recogiendo de la calle un elemento que muy
probablemente aparezca debajo de mi almohada
Un ejemplo: abro uno de los manuales que me acompañan día y noche, y aparece la receta de la vacuna de M.; lo más seguro es que si fuera al lugar en el que debería haber estado esa receta, me encontrara con mi cartilla del paro. Y como esto, todo: me siento en el sofá a ver el telediario y se me clava entre las piernas un sonajero, abro la nevera y en lugar de los pimientos saco un petisuis, o meto la mano en mi cartera de estudiar, esa que oso abrir en medio de una biblioteca llenita de estudiantes universitarios profesionales y saco un body arrugado y con restos del último festín gastronómico de M. 
Juro que me cuesta discernir entre mis cosas y las cosas del niño, hasta las cosas del padre están empezando a formar parte de esta maraña de objetos y situaciones que me descolocan, de tal modo que hay veces que alguien que se asomara por mi ventana podría encontrarse conmigo a punto de salir de casa, con un niño que da vueltas alrededor de mis rodillas, mirando fijamente un paquete de toallitas. Estaré pensando: ¿esto lo echo a la saca del niño o me lo llevo yo, por si se me cae la cocacola en los pantalones o por si vomita alguien de mi alrededor o por si la silla está sucia? Al final, tras un buen rato de divagaciones, decidiré que es el niño quien más papeletas tiene de mancharse/cagarse/manchar algo a su alrededor. 
El caso es que esto, que parece tan inocente, tan maternal, tan de anuncio cegador de Nenuco… esto, digo, está interfiriendo en mi rendimiento académico. Me tiro las horas muertas intentando volver a mi yo original, a ese yo que se sentaba frente al manual y era capaz de asimilar en tiempo record un montón de datos sobre el gótico, ese yo que se volvía a casa a hacer un puré de buena madre con el ego por las nubes porque había conseguido estudiarse dos hojas más de las previstas para ese día. 
Añoro a ese yo. Este nuevo que me gasto últimamente es un ser extraño, un ser que cada vez que lee el verbo estar en cualquiera de los libros, manuales y apuntes que utiliza a diario para estudiar, se acuerda de M. diciendo: ¡yahtá! Ya está, ya está…una leche va a estar. Vete de mí, sentimiento materno atonta madres que tratan de estudiar. Yo sé que M. «diciendo» su primera frase es un amor casi comestible, lo sé. Pero digo yo, ¡digo yo! que un par de horitas podrías dejarme con mi vida anterior, con esa vida en la que nadie se interponía entre un manual y yo.
Al fin, tras un ratillo en el que consigo no encontrar ningún verbo estar que me distraiga y en el que parece que he avanzado bastante, decido coger el alpino verde para empezar a esquematizar. Y pasa que el alpino está pegajoso, está pringoso, está tocado por esas manitas de bebé que todo lo dejan señalado de lo que sea que hayan tocado anteriormente. Y el círculo vuelve a empezar. Y yo no sé si estoy en la biblioteca o en la alfombrita de M., a veces hasta me parece que le escucho a lo lejos, como si fuera a aparecer entre la maraña de estudiantes que se colocan en los sitios más cercanos a la escalera, fuera a atravesar la biblioteca hasta la mesa en la que me pongo yo y, tirándome del vaquero, fuera a preguntarme con esos ojos enormes y azules: ¿yahtá? 
Y aunque al futuro tribunal que me toque en la oposición pongo por testigo de que ganas no me faltan de dejar todo ahí abandonado e irme con M. a seguir confundiendo mi personalidad con sus juegos y aprendizajes, al final meneo un poco la cabeza, respiro hondo, me empapo bien de cocacola y retomo el párrafo que quedó abandonado cuando lo del alpino. 
Y todo parece marchar sobre ruedas, todo parece haber vuelto a la normalidad… hasta que echo mano al bolsillo para sacar un clinex y en su lugar aparece la tapa del potito con la que jugaba M. por la mañana mientras terminábamos de desayunar.
Si es que así no se puede. De verdad que no se puede. Ni en mis más remotos tiempos de enamoramiento adolescente recuerdo yo este descentramiento estudiantil, qué desesperación. ¿Por qué, por qué, por qué no puedo olvidarme del polluelo tres horas?
En estos casos lo mejor es recoger el chiringuito e irse con la música a otra parte. 
-¿Y yahtá por hoy?– pregunta mi madre cuando llego hora y media antes a recoger al niño.
Yahtá por hoy. No se le pueden poner diques al mar, límites a la divagación. Ale, a descubrir mundo, M. Eso sí, con la condición de que me dejes unos días de tregua, unos días de no aprender nada gracioso nuevo que me desvíe del camino hacia la Plaza, ¿vale?
-¡Yahtá!

No sé si tomarlo como un ya está bien de aprender monerías por unos días o un ya está de deja de darme la brasa y observa mi nueva habilidad. Otro día os cuento. 

A pecho descubierto

Existen por la blogosfera maternal una serie de blogs dedicados única y exclusivamente a hablar de la lactancia materna. Blogs de mamás que llevan años publicando posts sobre, únicamente, sus experiencias con los niños alimentándose al pecho. Cuando los descubrí durante el embarazo pensaba que qué exageración, que si daba para tanto el asunto. Y aunque considero que en ocasiones se hace un uso exagerado del tema, que se le dan más vueltas de las que algo natural requeriría y que hay una sobreinformación por parte de sus más acérrimas defensoras que muchas veces es invasiva para con el resto de las madres…. da para mucho, y ese mucho se va alargando en la misma medida en la que se prolonga la lactancia materna.
M. jugando al cucú trás
Hay una imagen que a mí me ha venido en numerosas ocasiones a la cabeza. Os la voy a describir; a unas para que os reconozcáis -porque a todas las que habéis dado el pecho o estáis todavía en ello os ha pasado, no me vayáis a decir que no- y a otras, las que estáis esperando, para que os vayáis preparando.
La imagen se llama La Libertad Guiando al Pueblo y es esta una imagen que se da en esas ocasiones en las que una de dos: o dar el pecho es ya algo tan normal que al finiquitar la toma se te olvide tapar el recipiente; o el niño en cuestión es un tragón de los que hacen época y entre toma y toma lo mismo te da guardarla que dejarla al aire. Es una imagen, pues, que para una misma suele pasar desapercibida y es preciso que aparezcan por allí hermano/padre/padre de la criatura a decir: pero chica, tápate un poco, para darse cuenta de lo que está pasando. Y sí, habéis leído bien, muy probablemente sea la parte masculina de la familia la que más pudor y asombro muestre ante la visión del seno familiar al aire. Si el aviso viene de la madre de una, será más del tipo: hija, colócate el pecho, mientras te acerca el disco absorbente y expulsa con maña el aire de la barriga del niño. La Libertad es esa imagen que ve la madre cuando va al baño entre toma y toma y se ve en el espejo con una teta fuera y otra dentro. Confieso que en alguna ocasión he levantado el puño para ver el efecto y su parecido con el cuadro de Delacroix. Nulo, el parecido, si me permitís aclararlo. Pero oye, ahí está.
Pues bien, según pasan los meses y se va cogiendo práctica, yo al menos he tendido a pensar que estaba a salvo de incidentes desafortunados. He llegado a pensar que mi imagen de La Libertad se había dado ya de baja hasta el próximo polluelo, he pensado, incluso, que había llegado a ese momento de destreza magistral en el que nadie me verá amamantar si yo no quiero, con un dominio postural que convierte lo visible en invisible. Todo ha quedado, para mi desgracia, en utopía: ayer le abrí la puerta a mi suegro con una teta fuera. Y, ay, el hombre de lo que está mal es del oído, no de la vista.
Fue una situación de estas extrañas en las que tardé un ratillo en darme cuenta de la cruda realidad, el mismo ratillo que el hombre estuvo hablando con el cuello torcido a la izquierda, que a punto estuve de preguntarle si tenía un ataque de tortícolis. Cuando me di cuenta de lo que realmente estaba pasando en mi propio salón, me coloque el pecho con recato y disimulo muy a lo modo modo madre, y la conversación siguió su curso con toda la normalidad que permite un hombre empecinado en no mirar a su nuera para no tener que decirle: chica, tápate un poco. El hombre estaba poco más o menos como M. en esa foto que os pongo, haciendo el cucu trás pero sin pasar nunca del cucu. 
A estas alturas lo cierto es que no me importa lo más mínimo que mis intimidades sean de conocimiento público, aunque a toro pasao he de reconocer fue un poco incómodo. Una cosa es con el padre de la criatura y la criatura, que es que me tiro casi más tiempo en top less que vestida decentemente cuando estamos en casa, y otra es abrir la puerta y que el suegro se encuentre con el percal, además sin ton ni son porque el niño no estaba ni mamando ni nada que se le pareciera, de hecho estaba a su aire ejerciendo su nueva especialidad, que os cuento mañana. Pero se conoce que, al terminar y salir a liarla por el mundo misterioso de la casa, a mí se me olvidó recoger el material de alimentación y me puse a escribir y subrayar sin atender a mi indumentaria.
Total, que yo pienso que el hombre en su fuero interno estaría diciendo: buena gana esta muchacha, con el frío que hace, de tener el pecho al aire. Y creo que también pensó que el próximo día que venga sin avisar va a esperar a que yo abra la puerta mirándose los zapatos, por aquello de no volver a presenciar la situación con la protagonista a un palmo de las narices.
Y yo os digo que es que en la soledad del hogar una no se da cuenta de nada. O es que vosotras nunca os habéis presentado de improviso en casa de alguien y os han abierto con el gorro de ducha, o el pijama de leones subido hasta más allá de la cintura, o a medio afeitar, o a medio peinar? ¿Eh, eh, eh?
Pues cada uno con lo suyo :)