Tres en la frente

Lo bueno buenísimo del concepto seguir siendo la misma , es que sale solo. En ocasiones, mucho más solo de lo que debería, de hecho. Hoy ha sido un día en el que esto ha quedado claro: sigo siendo la misma y, según parece, a veces mucho más yo misma de lo que me vendría bien. Tres han sido los hechos que, uno tras otro, han hecho de hoy un día sigo siendo la misma…pero no de antes de ser madre, no; ¡casi desde antes de nacer!
Una misma antes de ser mamá haciendo el idiota 🙂
El primero de estos hechos ha tenido lugar al llegar a casa de mi madre a ver cómo seguía su convalecencia. Ni tiempo me ha dado a soltar al niño en el suelo e inclinarme a darle un beso…creo que incluso antes de aparecer por la puerta del salón, puede que incluso antes de abrir la puerta de la calle, o, más incluso todavía, puede que antes de que saliera de mi casa, mi madre ha divisado mis pantalones. Bueno, el bajo de mis pantalones: ligeramente pisados, ligeramente rotos, ligeramente arrastrados.
Mi madre: –¿qué pasa, a ti te mola ir recogiendo la mierda de la calle, no?
YO: bueeeeno… ¿hemos retrocedido doce años en el tiempo?¿Me han vuelto también los granos y el amor por el calimocho?
Mi madre (a M.): tu madre está en el mundo porque tiene que haber de todo….
En fin, este tipo de conversaciones -bueno, mucho más fuertes en la adolescencia- las he tenido con mi madre casi casi desde que empecé a tener edad de comprarme yo la ropa. Yo no sé qué tipo de leyenda corre por ahí que dice que cuando una mujer tiene un hijo, se vuelve una especie de ángel que comienza a vestirse en Cacharel. En mi caso, ya digo yo que no. Que desde que perdí la barrigota, mis vaqueros rotos son los mismos, mis zapatillas pintadas son las mismas, y mis bolsos-saco son los mismos.
El segundo hecho viene un poco al mismo hilo: mi madre ha montado en mi coche. Yo sé que lleva días mordiéndose el labio inferior para no hacer sengre, pero hoy ha sido el remate…más que nada porque se ha manchado.
Mi madre: ahora mismo viene Sanidad, y te quitan al coche y creo que hasta el niño. Si pesamos todas las migas que  hay en el suelo, sale un kilo.
Yo: bueno, si solo son migas, no pasa nada. Miguitas de mi rey. Miguitas de M.
Mi madre: esto es de juzgado de guardia, cariño. Te digo que esto no es normal, no puedes llevar el coche así, aquí os va a dar algo al niño y a ti…y NOOOOO ¿¡qué es esto que se me ha pegado en el culo!?
Y yo miraba al niño y le veía tan feliz jugando con una cuchara y pensaba sí, ya veo yo el problema que tiene el niño… y también pensaba que qué mala pata que justo hoy mi tío le haya regalado al niño en la panadería un cruasán con chocolate y el niño no lo haya querido y a mí se me haya olvidado en el asiento… Otro gen madre que no he conseguido desarrollar es, como ha quedado patente, el del orden.
Y por último: lo de montar en el coche era para bajar a mi madre al médico a Madrid. Y una vez allí, la hemos dejado como cada semana en la consulta y nos hemos ido a un parque cercano a esperar a que saliera. Hemos dado un rodeo hasta llegar a él, haciendo el bobo, buscando palomas, cambiando de acera para saludar a los perros, este tipo de cosas. Y hemos llegado al parque. Y cuando estaba a punto de poner a M. en el suelo… he constatado con asombro e incredulidad que habíamos perdido una zapatillita. He tardado medio segundo en erguirme, echarme al churumbel a los hombros e intentar recorrer el camino al revés. No ha sido posible, sobre todo porque no tenía ni idea de por dónde habíamos llegado al parque. Cuarenta minutos de caminata desorientada después, me ha parecido divisar una zapatillita blanca, abandonada, bajo un banco de la calle Cea Bermudez.
Era un clinex usado.
En fin, estaba en Hilarión Eslava, la jodía zapatilla.
El tema está en que, ya subiendo hacia casa, ha tenido lugar un momento mágico de esos en los que abuela y nieto iban en la parte de atrás cantando y semibailando y yo no les escuchaba porque iba en mi burbuja. Es que teníais que ver la carretera de la Coruña a la altura de la Rozas cuando atardece, y se ven las montañas azules de la Sierra de Guadarrama contra el cielo que también se va haciendo azul pero todavía es amarillo, y los faros blancos de los coches que bajan a Madrid a la izquierda y los rojos de los que subimos a la derecha. Y mirando mientras conducía esa estampa tan familiar me he acordado del montón de discusiones que tuve de joven con mi madre por la ropa, cuando el sábado era salir con los pantalones más anchos y bailar entre humo; y del montón de veces que he tenido que hacer una limpieza de emergencia en el coche a lo largo de los años porque iban a subir mis abuelos, o porque teníamos que ir de comunión y no eran plan de llegar con lamparones, o porque había quedado con el padre y es que en esas circunstancias no íbamos a poder ni achucharnos; y también de la cantidad de objetos perdidos que estarán diseminados en lugar extraños de todas las ciudades en las que viví, de todas las cosas que pierdo y he perdido sin querer, igual que la zapatilla de M.
Y pensando en todos esos momentos y mirando el cielo cambiar, he pensando que cambia la vida, crecen hijos, se reinventa una laboralmente… pero se sigue, a la vez, siendo la misma joven que un día se fue.

La culpa fue de la tecnología

Algunas veces, los esfuerzos maternos por criar ciudadanos de bien se ven truncados por los más inverosímiles hechos. En el caso que nos ocupa, la culpa fue de la tecnología. También es verdad que yo tengo un pequeño trauma con esto de la carrera tecnológica, tengo miedo de que lo próximo que anuncie el heredero de Jobs sea una aplicación para que la colleja de la madre en el momento de enajenación filiar transitoria llegue vía 3G, y te encuentres con el picorcillo en la nuca sin beberlo ni comerlo.
M. en una de sus fantásticas y armoniosas imitaciones
Pero en fin, ese día todavía no ha llegado, y mientras esperamos su aparición nos tendemos que conformar con las inquietantes grabaciones de voz que desde hace unos meses ha puesto whatsapp en funcionamiento. Resulta que entre los más jóvenes se han puesto de moda, parece ser, por el tiempo que ahorran y porque las entonaciones que se quieren dar al texto son mucho más fáciles de transmitir, no como antes, que un ok tenía que ir acompañado de una sonrisilla para eliminar cualquier sombra de bordería.
El tema está en que son muy poco discretas. Nada discretas, la verdad. La única forma de que los que tienes al lado no se enteren de tu grabación es poniéndote unos cascos. Y no siempre hay. Y ese hecho, por carambolas del destino, me fastidia la estrategia educadora de M.
Veníamos mi madre, mi hermana, M. y yo en mi coche. Un frío tremendo, un montón de gente en la consulta del médico, una hermana pequeña en plena edad del pavo y una madre que no era capaz de poner los cinturones de la silla del niño en el coche. Y esa madre es palabrotera. Muy palabrotera. Yo no sé, de verdad, cómo mis hermanos y yo hemos salido tan comedidos en el tema del lenguaje; hombre, alguna se nos escapa, pero controlando un poco el entorno y esas cosas. El tema es que como M. empieza a ser un hombrecillo pequeño y medianamente autónomo, hay que tener mucho ojo con lo que se hace delante de él, porque es que está empezando a repetirlo todo; pero todo, todo. Ayer le encontré dándose colorete. El otro día, removiendo con la cuchara de palo un puchero imaginario que se cocía en su gorro. Y si me despisto me lo encuentro pasando el mocho a toda superficie plana que encuentre por la casa. Y con el lenguaje, no puede ser menos.
Mi madre, como decía, iba intentando atar al niño y soltando lindezas por esa boquita de piñón que tiene, con una frecuencia de cuatro joderes por cada intento de abrochar el cinturón. Ya tuve que intervenir, claro: mamá, mira a ver si puede ser posible que no digas tanta palabrota seguida  y a dos centímetros del niño, que me va a salir un macarra. Me llamó madre acelga, madre sosa y no sé cuantas cosas más. Lo sé, es muy coñazo escuchar ese tipo de cosas, peeeero es lo que hay, es mi misión educar a este niño en un vocabulario decente.
Bueno, pues cuando la retahíla de mi madre llegó a su fin, un conciudadano galapagueño decidió adelantarme en plena rotonda y…sí, dije un JODER como una casa. Bien alto. Me cayeron por todas partes, os podéis imaginar. En fin, alegué que el mío tenía un motivo y estaba plenamente justificado, bla, bla, bla… al final, las aguas volvieron a su cauce. Hasta que una grabación de whatsapp de mi hermana vino a romper el milagro:
-¡Me toca la POLLA!- Esta fue la afortunada afirmación de mis primas pequeñas, una jovenzuela salada, afirmación que retumbó bien alto en la pequeñez de mi coche.
¿Adivináis lo que dijo M. nada más acabarse la grabación?
Si es que yo lo intento, pero a veces los elementos juegan en mi contra :)