A mal suelo, buena cara

Una vez meditada a fondo la decisión de opositar, llegó a mí la euforia de las nuevos proyectos, esa energía imparable que llega -en el caso de los nuevos proyectos académicos- con olor a forro nuevo, a lápiz sin estrenar, a montón de folios fríos. Hasta un cuartito me habilité, oyes. Con mi mesa, con mi corcho, con mis libros y enciclopedias ordenaditos en un lateral, con mi incienso como cuando empecé la carrera, que es que había días que la familia o el novio entraban en mi habitación y poco menos que tenían que avisarme por señales de humo de que habían osado perturbar mi paz estudiantil y hippiosa, y tenía yo un colocón de incienso e ideales periodísticos que no sabía ni de lo que me estaban hablando.
Parte del campamento de M.

Bueno, pues como digo, me habilité el cuartito de la plancha a finales de agosto, en mis marcas para empezar a estudiar en septiembre. Emocionada perdida, cuando entraba el padre a algo – a coger unos calzoncillos mayormente, ya que el equilibrio entre cuarto de estudios y cuarto de la ropa todavía está por terminar de definirse- le avisaba: mucho ojito con poner nada encima de MÍ mesa, ¿eh? Eso es terreno sagrado. Tenía yo unas ideas tremendas, unas ideas que incluían un niño tranquilito, un temario llevadero y unas jornadas estudiantiles la mar de productivas. Pero, ay de mí, eran eso… ideas. 

No digo yo que me vaya mal del todo, porque hay por ahí hay algún duende del aprovechamiento temporal que hace que la cosa marche más o menos decentemente, pero desde luego la realidad dista mucho de ese mundo idílico que yo veía en mis ensoñaciones estivales, preparándome mentalmente desde la piscina para el proyecto oposición.
Para empezar por algún lado, puedo escribir que para M. mi mesa de estudios debe tener pinta de chiquipark. Es ver que me siento y aparecer con los brazos en alto pidiendo asomarse. ¿A qué?, me pregunto yo. A mandar todo a tomar por culo, responden sus manos. Todo al suelo, cuanto más lejos mejor. Entiendo, por lo tanto, que le mola más el nivel inferior de nuestra casa, así que saco del cajón mi plan B, un plan que consiste en un montón de bolis que no funcionan y que espero le distraigan un rato. ¡Al suelo con ellos, M.! ¡Eh, eh, eh, eh! (es que esto de jalearles a veces provoca reacciones asombrosas en los enanos y mola mogollón verles las caras de sorpresa). Y, efectivamente, M. los tira al suelo. Y una vez que lo ve allí, se gira hacia mí y me vuelve a mirar con los brazos en alto.
En este momento dado, se presentan ante la madre opositora dos opciones: cerrar el tocho e irse con rapidez a la calle para que nos de el aire y así evitar el momento cabreo con el enano que realmente no tiene ni idea de lo que es una oposición; o…mudarse al suelo, a vivir en el campamento.
Y, oh sí, elijo casi siempre la dos: vivimos en el suelo.
Cierto es que yo dejé incluso por escrito en mi otra casa virtual que se iba a terminar eso de estudiar en el sofá, o con las cosas de M. por medio… pues nada, me trago mis palabras porque de momento, de todos los días que me toca estudiar en casa porque no tengo con quien dejar a M., la mayoría he terminado arrastrada como una lagartija por el suelo, rodeada de animales de madera, vasitos de diferentes tamaños, cucharas de palo y teclados multicolores que al mínimo roce te entonan el Oh Susanna sin miramientos ni control de decibelios, a veces creo que hasta resto días de vida por los sobresaltos cardíacos de los juguetitos de las narices.
Yo entiendo que este panorama puede llevar a pensar que soy una estudiante frustrada, una estudiante que no puede estudiar, una estudiante que tiene a todos los elementos en contra. Pues os equivocáis. Os equivocáis muchísimo. Os equivocáis, porque ser madre supone luchar contra todos los elementos cuando todo parece perdido, porque estamos entrenadas para hacer de la comida una fiesta, de la fiebre una nadería (aquí nos suele ayudar el Dalsy), de las rabietas un momento de reflexión en el que, al menos yo, aprovecho para entrar en comunicación con el universo consiguiendo asombrosos resultados en cuanto a autocontrol se refiere.
Con estos precedentes… ¿qué es para mí una sesión de estudio acompañada de M. y todos sus secuaces clavándose en mi culo? Siendo realistas, retener lo que es retener, no retengo mucho; son estas sesiones unos momentos de acercamiento al tema, unos momentos fundamentales en los que me digo que si no existieran estas sesiones de suelo y clips….¿cuándo subrayaría? Y es que no hay estudio bueno sin subrayado, lo sabe todo el mundo. Es una verdad universal. Una realidad académica de primer orden. Así que yo, esos días en los que no hay tregua por parte de M., subrayo con verdadero ahínco, con verdadera fruición, regocijándome ante tamaña suerte.
Así, cuando llega el momento en el que alguien de mi familia me pregunta, diariamente y como si se lo hubiera puesto por obligación ¿te ha cundido hoooooy?… yo afirmo, asiento, digo que sí muy convencida.

Y es que, estaréis conmigo, también de subrayaos vive el estudiante. 


Manías

Rarrro, rarrro, es el estudiante que no desarrolla manías. 
Las mías, de antes de opositar y que no han tenido problema ninguno en venirse conmigo a esta nueva aventura, no son muchas: cocacola a litros, cuadernos en blanco para rellenar mil veces con las mismas ideas, lápices alpino para ir esquematizando cada tema de un color y un pasillo por el que caminar mientras interiorizo. 
M. asociando algún conocimiento a una galleta
El problema en mi caso personal ha venido con la maternidad. La maternidad, desde aquí lo digo, da hambre. Esto es así. Si una amamanta, por pura fisiología se entiende que si con tu cuerpo se están alimentando dos, hay hambre también por dos. Y si no se amamanta, pues se te olvida comer, o a la hora de comer te duermes, o cuando te vas a sentar a comer el niño quiere mami, o ese día está tan tranquilito que por no romper el hechizo no te levantas de la alfombra y cuando te das cuenta son las cinco de las tarde y tú estás a punto de ser engullida por el agujero negro de tu estómago. 
Pero pasa que la maternidad no solo da hambre; con la maternidad aterriza en los hogares de las familias un sentimiento que podríamos llamar miedo a la desnutrición de la prole. Y eso que soy una madre muy jipi para eso y el niño come lo que quiere y cuando quiere. Pero hay ahí algo un poco ancestral que te hace intentar meterle un par de cucharadas más cuando él ya ha cerrado el chiringuito, aunque nunca se consiga y siempre, en cualquier hogar español, haya una madre -a la hora de cualquiera de las cinco comidas reglamentarias- en medio de una cocina vacía de churumbel -que ya está corriendo a punto de gritar Jerónimooooooo por el pasillo- con un yogur a medias en la mano, una cucharilla en la otra y una cara de a ver qué hago ahora con esto. 
Hay dos soluciones, dependiendo de la realidad familiar: si hay hermanos, esa madre mirará al yogur, mirará a la puerta, volverá a mirar al yogur y canturreará con tono de sirena el nombre del hermano mayor para endosarle las sobras; si no los hay, ese yogur irá pa´dentro, tenga o no tenga esa madre hambre de yogur en ese momento. 
En esta casa, de momento, no hay hermanos.
Así que, sí, me tiro todo el santo día zampando. Y muchas horas de ese día, estudiando. Ambas cosas con alegría y convencimiento, ojo. 
De modo que podría decirse que he desarrollado una nueva manía involuntaria, y es que últimamente como tanto, tanto mientras estudio que me he sugestionado, y parece que si no doy cuenta de todas esas galletas antes de terminar el tema 10, no me he centrado. Así que con la excusa de darle al niño el almuerzo (en mi puta vida había yo utilizado la palabra almuerzo hasta que decidí tener descendencia, qué cosas), voy sacando galleta a galleta: 
A ver, hijo, ¿una galletita? 
Indiferencia por respuesta
-Bueno, pues luego. Y pa´dentro. Y unas cuantas páginas después, otro paseo y otra preguntita: 
¿Una galletita, rey?¿No? Pues pa´dentro.
Y el tubo de galletas va mermando y cuando me quiero dar cuenta, además del tema previsto para hoy, me he ventilado unas doce galletas, así de jajás, como diría mi hermana. Y llega la hora de la comida de M. y ya no quiere más plátano y en la casa no hay nadie más. Y me digo:
-¿Tu quieres o no quieres esa plaza? ¿Quién te dice a ti, eh, quién, –me pregunto mirando y sacudiendo el plátano– que si te comes el plátano estudiando el tema tedioso de la Constitución, y justo cae ese tema, no recordarás por pura asociación de ideas cada artículo constitucional, con sus anexos y todo, gracias al plátano? Si es que es por tu bien. 
Y va pa´dentro.
De modo que en mi mente opositora se mezclan con bastante armonía -de momento, que no llevo ni un tercio del temario mirado- una serie de alimentos, cada uno asociado a un tema, que me ayudan a recordar y asociar contenidos. 
Luego me salta un anuncio en el ordenador de un libro con técnicas memorísticas para opositores y lo borro sin miramientos: anda estos, menuda tontería me quieren vender, no te digo. Libritos a mí.
Así soy yo, una mujer de extremos.