8 y 27

Hoy cumplimos los dos. Tú 8 meses, yo 27 años.

Ha sido el cumpleaños más pleno que puedo recordar, ha sido extraño porque parte de la emoción que supone que sea el día de tu cumple, se me ha desviado hacia M. Hoy cumplía 8 mesecitos, y no hay nada más importante para mí. A mí los 27 me hacen ilusión porque lo tengo a él, porque está conmigo, porque soy su mamá.
¿Qué han sido estos meses…?
8 meses queriéndote
8 meses durmiendo junto a ti cada noche
8 meses amamantando a diario un número enorme de veces
8 meses conociéndonos
8 meses cambiándote pañales y viendo cómo crecen esas rodajitas de tus muslos
8 meses aprendiendo a ser mamá
8 meses recordando el día que naciste, la primera vez que te toqué
8 meses acudiendo junto a ti cada vez que me necesitas
8 meses de risas
8 meses de tanta responsabilidad y miedo a que te pase algo que a veces me ahoga
8 meses pensando en cómo serás cuando crezcas
8 meses de organización familiar para que todas las piezas cuadren
8 meses siendo familia de tres
8 meses tendiendo a diario tu miniropita al sol
8 meses oliéndote e intentando guardar para siempre el olor de tu cuello
8 meses donde todo, siempre, va detrás de ti. Tú antes que nada.
8 meses sin dormir más de tres horas seguidas…
8 meses viviendo en una casa desordenada, llena de colores, con olor a bebé en todos los cojines, mantas, en mis pañuelos, en las sábanas
8 meses siendo madre
8 meses felices
8 meses que han pasado rápido, demasiado rápido, alarmantemente rápido
Y hoy, pensando en cómo te retrasaste para que nuestros días coincidieran -o con eso me consolaba yo al ver que pasaban los días y no querías salir-, pienso en todos los cumples que nos quedan por delante. En cómo crecerás, en cómo me regalarás tu manita en arcilla, una flor de papel pinocho, una cajita de pinzas, un collar de macarrones…
Sólo tienes 8 meses y me parece que llevo preparándome para ser tu mamá toda la vida. Esperándote, creciendo, viviendo, experimentando…para ser como soy y ser para ti la mejor mamá que pudieras tener.
¡Te quiero, M.!

Jardineando

Cuando vivía con mis padres, vivíamos en una casa con jardín, en una urbanización de muy poquitas casas con un jardín enorme en la parte de atrás. En de delante, mi madre siempre tenía flores. Recuerdo claramente cada primavera yendo al vivero a comprar tierra, petunias, geranios, alguna jardinera que no había sobrevivido al invierno con mi hermano y conmigo jugando al balón en el jardín… era todo un acontecimiento. Luego, el primer día que mi madre tenía libre, poníamos patas arriba el jardín: sacábamos la tierra vieja de macetas y jardineras, y empezábamos a rellenar lo nuevo, hasta dejar el jardín precioso: con su olor a tierra nueva, con los abejorros sobrevolando el cotarro, el color nítido de los geranios…
Pues por razones domésticas, tuvimos que dejar el piso en el que vivíamos M. y yo. Y la casa donde me crié estaba vacía por que mis padres se habían mudado…y ¡aquí estamos de nuevo desde hace unos meses! Y ayer, fue el día de poner de nuevo guapo el jardín, después de unos años abandonado. El viernes cogí a mi pequeñito y a mi madre y nos fuimos al vivero del pueblo. Lo mismo: petunias, gitanillas, cufeas, sacos de tierra, hierbabuena, sufinias… me gasté un dinerillo que llevaba ahorrando durante el invierno porque me desolaba el alma ver el jardín pelao y prefería quitarme otras cosas a no tener flores en verano.
Y ayer por la mañana, manos a la obra: organicé un corralito para M. en la entrada de casa, con sus juguetes y cojines en la espalda y los laterales para que no se me cayera si perdía el equilibrio y, con la musiquilla puesta, me puse a ello: jardín patas arriba, cambiando tierra, sacando las petunias de sus pequeños tarritos negros del vivero y poniéndolas en las jardineras; buscando el mejor sitio para la gitanilla morada…mirando de vez en cuando los pies rechonchos de M., sus piececillos lindos…me encanta cómo lo miraba todo, como me miraba mover flores de allá para acá…!genial!
Y esta mañana, bien temprano -cómo no, parece que más allá de las ocho menos algo la cama tiene pinchos y hay que salir con urgencia de ella-, los dos en pijama, me he puesto el fular y hemos salido con la regadera a regarlas. El tío miraba todo con interés, ha  acariciado las florecillas, tocado el chorrillo de agua… Al regar la última maceta nos hemos quedado oliendo la tierra mojada, y el colega se ha quedado tostao en el fular, tan calentito en medio del fresquito de la mañana. Ha sido precioso, y ha quedado instaurada como costumbre para lo que queda de verano, regar juntos el jardín cada mañana.