Una casa con niños…

…es una casa llena de trastos. Desde que se te pasa el miedo de que algo pueda ir mal en el embarazo, y empiezas a pensar en todas las cosas que necesitas (o crees que necesitas, pero esto daría para otro post)…toda la casa se va colonizando poco a poco con mil aparatejos totalmente nuevos en tu vida.
Entrar en mi casa desde que llegó M. se parece mucho a entrar en el plató de El Juego de la Oca. Hay que decir que yo no soy nada ordenada, nada de nada…si a esto le sumas un enano que ya quiere juguetes para llevárselos a la boca (no sé cómo lo hace el jodío pero les da mil vueltas a todos los peluches hasta que les encuentra la etiqueta y se tira a ella como si no hubiera mañana), la situación se vuelve poco menos que insostenible.
Una casa con niños pequeños es una casa en la que muy probablemente encuentres en algún lugar del salón un carrito,  en nuestro caso todavía con el dichoso maxicosi, con la bandeja de debajo llena de movidas. Girando la cabeza a derecha o izquierda, seguramente encontrarás un rincón en el que se vean dodotis, toallitas y una crema tipo mustela, todo amontonadito y bastante a mano, lo que hemos dado en llamar el lote limpiaculos. Sobretodo si el niño sólo toma leche todavía.
Qué más, qué más…ah! una hamaquita, en algunas ocasiones orientada hacia la pantalla de la tele porque una necesita hacer pis, llamar por teléfono o cortarse las uñas de los pinrreles; quizá una alfombra de juegos en la que, en nuestro caso, se amontona en lujuriosa anarquía una infinidad de muñequitos, cojincitos, mordedoritos, conejitos, sonajeritos…. conviviendo en armonía en ese pequeño cuadrado de tela en el que cualquier cosa vale.
Dirijámonos hacia la habitación: si el bebé ya duerme solo, tendrá una habitación en la que la reina será la cuna, ya que el resto de cosas que la todavía mami barriguda puso ahí con tanto cariño, no han sido utilizadas aún. Si el bicho/a duerme en la habitación de los padres…ay amiga: la mesilla de la madre -sí, de la madre, reconozcámoslo- contendrá otro lote limpiaculos completo, una perita sacamocos y unas botellitas de suero fisiológico, eso mínimo. Podemos dar con una madre hiperordenada o menos vaga que yo que cada mañana traslade los bártulos al baño o a la cestita del nene y lo lleve de nuevo a la mesilla cada noche.
Encontraremos además el moisés o minicuna, o cuna en sidecar…siempre en el lado de la mami, también.
Uno o dos botes de Nenuco desperdigados por ahí. Algún peluche para que el enano se entretenga encima de la cama los veinte segundos que tardas en ducharte. Su pijama encima de la almohada, o encima de su moisés o a los pies de la cama…
Y llegamos al baño: esponjita, toallitas, toalla con capucha, cremas varias, tijeritas para las uñas, bañerita o bañera-cambiador (según el tamaño del baño), patos de goma que caerán sobre ti mientras te duchas, el termómetro en forma de ballena que pisarás sin querer unas cuatro veces cuando te enjuagas la cabeza con los ojos cerrados, porque se ha caído junto al pato…
Vamos, que una cosa con niño(s), será durante unos cuantos años un lugar lleno de trastos más o menos útiles, pero a la vez una casa llena de vida y amor, donde el orden que imperaba (o intentaba imperar) antes, ha dado paso a la necesidad de hacer de tu casa un lugar seguro y más o menos limpio donde los bichos se sientan a salvo, seguros, calentitos, felices…y vivan bajo ese techo una infancia que siempre recuerden con cariño.

Perspectivas

El otro día, me encontré con una compañera de la facultad por la calle. Hace tres años que terminé la carrera, teniendo la enorme suerte de que me contrataran en una empresa en la que había estado haciendo prácticas (los mismos cabrones que me despidieron a quince días de dar a luz). El caso es que parece que si tienes suerte, o te lo curras mucho, y consigues un trabajo de periodista en un momento en el que apenas nadie encuentra trabajo, y donde en los medios no hacen más que despedir a gente… te conviertes en persona non grata.
Cuando esta compañera me vio desde lejos con mi niño colgando en su fular, con el pompón de su gorrito de lana dándome en la nariz mientras el tío no paraba de mirar pa´todas partes, se quedó bastante de piedra. No sabría decir si fue una mirada de: menuda idiota, le han hecho un bombo; o de: !qué fuerte que encima tiene un crío!
El caso es que nos saludamos ya de cerca. Y, bajo mi punto de vista, empezó a soltar una sarta de topicazos sobre al mujer, la maternidad, el trabajo, la crisis… que cómo se me había ocurrido tener un hijo con un contrato temporal que me iban renovando de seis en seis meses; que ella quiere hacer más cosas antes de tener hijos; que claro, y ahora encima estás en paro (aquí creo que vi cómo le brilló el ojo en plan Transfer, de La Vuelta al Mundo en 80 días)… Lo bueno de toda esta chapa que me dio es que yo en ningún momento dije nada sobre lo feliz que estoy por ser la mamá de M., o de lo mierda que me hizo sentir la patada en el culo que me dieron en el curro, o si he hecho o dejado de hacer cosas que quiero desde que soy madre. Me parece fundamental el respeto a la vida de la gente. El respeto por sus prioridades, por sus miedos sobre si con un sueldo de mileurista y una prestación por desempleo se puede mantener una familia, por su forma de ver la vida, de pensar que primero va la boda, luego el piso, la hipoteca, el coche y por fin los hijos.
Cuando me quedé embarazada, y aunque inesperado, tenía muy claro desde hacía casi dos años que era una de mis prioridades vitales. Mi plan de vida desde hace bastante tiempo incluía ser mamá no muy tarde, era una cosa que la he tenido muy presente como desde tres años antes de acabar la carrera. Parece que esto no es compatible con la vida universitaria que llevaba en ese momento, y no hay nada más lejos de la realidad: salí, viajé, hice el loco por las calles de Madrid, curré de becaria pringada en todos los sitios que pude, me acosté a las seis para despertarme a las siete, hice quinielas para los exámenes, me piré clases para tajarme a tercios en la cafetería de Ciencias de la Información, me quedaron para septiembre…en fin. Y ahora que leo esta enumeración, no me parece que sean cosas que no vuelva a poder hacer teniendo un hijo, o teniendo cuatro. Es cuestión de adaptación.
Cuando ya nos habíamos separado y casi casi que la vi desbloqueando el iphone para cotorrearlo por whats, me quedé pensando bastante…no en ella ni en el encuentro que acabábamos de tener que había conseguido dejarme casi como una pobrecilla con un crío y sin curro, por las respuestas, predisposición a dejarme planchada y miradas de ella, si no en la capacidad de la gente para hacer que lo suyo, o sus ideas, queden siempre por encima de la de las demás. No me excluyo, ¿eh? Seguramente yo también lo haga.
Pero no es la primera vez que me pasa que alguien poco menos que se compadece de mí. Y eso que no considero que sea muy joven para tener un hijo, vamos…ni de coña. Que ahora la edad se haya ido retrasando es otro tema, pero vamos… 26 años es una edad me parece a mí tan buena como cualquier otra. Pero intuyo que el tema tiene más que ver por cómo nos hemos atrevido a tener un hijo con la que está cayendo. Me lo han echado en cara más de una vez, por ejemplo mi exjefa: yo es que he tenido que esperar hasta los 33 a poder tener un hijo. Mira guapa, porque te ha dado la gana. Conmigo no pagues que tus prioridades hayan sido otras y ahora te des cuenta de que se te hace cuesta arriba tener un segundo.
En fin. Cuestión de perspectivas.