Alpinismo doméstico

Vivo, vivimos, con el corazón en un puño.

Parece que con el segundo hijo ya te lo sabes todo.  No haces tanto caso a la hoja de introducción de alimentos que te da el pediatra, no esterilizas hasta casi hacer desaparecer las cosas que se lleva a la boca, eres una enciclopedia médica y ya no compruebas que respira el niño cada diez minutos: lo has reducido a la mucho más razonable cantidad de una comprobación cada quince. Dónde va a parar.

Pero el caso es que nosotras, madres listilla donde las haya, no conocemos a ese nuevo bebé que está por llegar. No tenemos ni idea. Le queremos, le adoramos, es lo más bonito del mundo, huele de maravilla y nos hace muy felices… pero no lo conocemos. No sabemos  el trabajo que nos va a dar, de verdad que no.

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Se debe de sentir como al coronar el Annapurna

En casa teníamos la idea de que nuestro primer hijo era movidito. Qué almas más inocentes éramos. Cómo se nota que no conocíamos a Laniña y a esa genética suya que es un híbrido entre Godzilla, King Kong y el huracán Katrina.

Ojo, no lo parece, ¿eh?  Por lo que he podido detectar en el pequeño estudio sociológico iniciado mediante conversaciones breves con madres de más de uno (breves porque siempre hay que salir corriendo al rescate de algún vástago), estos segundo hijos, de bebés, duermen mogollón. De verdad, son benditos. No se despiertan con los ruidos de la casa, comen genial y los tienes desde el primer día de la zeca a la meca sin rechistar, adaptados los pobres al ritmo del hermano mayor.

Bien.

Es todo así de maravilloso hasta que un día, coño, les da por gatear. Qué gracioso, te dices, qué espabilao. Y con el paso de los días, te das cuenta que de gracioso y espabilado, pasa a ser agotador, incombustible y altamente suicida. Los minutos de paz han terminado, volviéndose el asunto prácticamente insostenible el día que comienza a caminar.

-¡Estarás deseando que eche a andar!-, te dicen los vecinos, inocentes.

Y tú no contestas porque te da miedo, mucho miedo, visualizar ese día. Porque cuando ese día llega, te das cuenta de que ya no es solo que se desplace en horizontal, sino que también lo hace en vertical con una soltura que para sí la quisiera Juanito Oiarzaval o cualquiera de los grandes escaladores de todos los tiempos.

Esos segundos hijos suben escaleras desde los ocho meses, trepan estanterías, trepan sofás, trepan escaleras, se meten en la lavadora y en los armarios, se alzan victoriosos hacia el peligro desde los más inverosímiles lugares, siempre con la lengua asomada hacia un lado y con una mirada de determinación que es, pese al infarto materno siempre al acecho, digna de admiración.

Una vez que pasan los meses y se asume en la familia que este segundo bebé ha venido a conquistar los ochomiles de tu hogar y a poner a prueba tus nervios, quedan dos opciones: o te adaptas tú y adaptas tu casa para dejar que su naturaleza de cabra montesa se desarrolle libremente, o haces todo lo contrario y te pasas el día chistando a la fiera cada vez que hace el amago de iniciar el ascenso.

Como lo segundo es muy coñazo y además se ve el sufrimiento vital que le genera el no poder dar rienda suelta a su pasión, pues le dejas. Esa mirada, ese buscarse la vida para jugarse el tipo de la mejor manera posible, esa concentración previa al movimiento que van a realizar… no tiene precio. Los nervios que tú pasas durante el proceso, visualizando la hostia  y confiando a la vez en que no se la meta, tampoco.

Como consejo básico, así por contribuir a la crianza mundial, yo diría que lo mejor en estos casos es eliminar de tu vida cualquier cosa tóxica, cortante, del tamaño de su garganta, susceptible de terminar arrugada en su manita (dinero, documentos importantes, la receta familiar secreta heredada de tus ancestros) o con alto valor sentimental. Nótese que digo eliminar y no alzar, que es lo que se hace en las casas donde sólo habita un hijo. En esas casas, oh reinos de paz, con colocar las cosas a una altura razonable para que el angelito no llegue a ellas,  es suficiente.

En las casas donde hay segundos hijos con el gen de la escalada por bandera, nunca, jamás, ninguna altura será suficiente: sus pies son muy pequeños, su determinación muy grande y su visión del peligro, inexistente.

Avisados estáis 😉

 

El cambio de armario

Este es un concepto, ya es hora de confesarlo, desconocido para mí. Me di cuenta de que no lo tengo integrado en mi vida el sábado, porque quedé a comer con mis amigas A. y A.  y salió el tema:

-Pues yo tengo pendiente el cambio de armario, dijo A.

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Ropajes al sol

Ajá, pensé yo. Muy bien. Y entonces, así en ambiente distendido entre amigas de toda la vida, expuse MI método. Luego, de vuelta a casa, decidí que también lo iba a escribir por si en un futuro a mis hijos les sirve de algo el sistema y así se acuerden de su madre cuando lo pongan en práctica.

Lo llamo método porque no tengo vergüenza ninguna, porque ni es método ni es nada, pero bueno. Por entendernos.

La cosa consiste en no tener claramente definidos los conceptos «ropa de invierno» y «ropa de verano». Esto es básico para proceder de la manera en que procedo yo, porque a nada que seáis lectoras y lectores mínimamente organizados y guardéis la ropa por temporadas, apaga la música y vámonos.  En ese caso, este sistema no es para vosotros.

Para el resto: una vez asumido en la familia que la ropa es ropa, y tan sólo está en primera o última posición del cajón según el clima que haga, la cosa va rodada. De este modo, el cambio de armario viene regido no por las estaciones sino por el crecimiento de la prole.

Entonces, un día abres el cajón y se te aparece una camiseta y, junto a ella, una visión: la del último día en que se la puso alguno de los hijos y se plantó ante ti con el aspecto de estar envasado al vacío. Entonces tú, como buena madre que eres, procedes a retirar esa prenda de la circulación y lo haces como hacen todas las madres y padres que sí hacen el cambio de armario. Vamos, que procedes subiéndola al maletero.

Y aquí es donde llega la mayor de mis innovaciones: como casi nunca está la escalera a mano, lo que hay que hacer es echar unos pasitos hacia atrás mientras se dobla la prenda amorosamente. Una vez que se ha calculado la distancia adecuada, con un sutil movimiento del brazo y un pequeño impulso que te hará ponerte de puntillas, haces canasta en el maletero. Y ahí se queda la prenda retirada, la pobre, con otro montón de compañeras más o menos dobladas, más o menos colocadas por tallas, más o menos organizadas en ese maletero tan sui géneris.

Luego, un buen día, pasa lo que tiene que pasar: que intentas hacer  canasta y la prenda en cuestión te rebota. Entonces, ese día la cruda realidad se planta ante ti y solo te deja una opción clara: mover el culo hasta el trastero, agarrar la escalera y echar el maletero abajo. Si tienes a los niños alrededor es un buen momento para llamarlos:

-¡¡Niñooooooooooooooos!! ¡Va a llover ropa!

Y se ponen debajo y lo flipan.

Luego ya toca pasar toda la tarde haciendo paquetitos para la familia y los amigos, que nosotros somos muy de donar y muy de aceptar, y vamos separando entre todos: esto para Fulanita, esto para Menganito, esto lo guardamos que tiene un tomate, esto también lo guardamos por si acaso… Y así 🙂

Lo que sí comparte mi método con el tradicional cambio de armarios es que es cíclico: aquellos regidos por los dos solsticios, nosotros regidos por el crecimiento infantil 🙂