Una mano limpia

Mucho se ha escrito a lo largo de los años acerca de los trucos infalibles para que una jornada de playa con niños pequeños sea un auténtico éxito. En todos los formatos: vídeo, post, infografía, imagen… son muchos los progenitores que nos llevan la avanzadilla a los novatos los que en un momento de hermanamiento planetario decidieron compartir sus saberes con el mundo y, de una forma altruista como iniciados que son en estas lides playeras, publicaron en el ciberespacio sus trucos mágicos para terminar con buena nota, o al menos aprobar, los días de playa en familia.

Pues bien, tengo que decir que este año he sido yo quien ha descubierto un truco infalible para mantener la paz y el buen rollo en los escasos tres metros cuadros de propiedad privada que se consiguen en un día con suerte, o en su defecto en una playa pequeñita del Norte. Y como, quieras que no, llevo ya casi cuatro años con el carnet de madre y tengo un cierto bagaje, me considero preparada para ofrecer otro consejo.

Lo voy a lanzar al mundo.

Ahí voy:

Amigas, amigos, tías, tíos y cuidadores en general con niños a cargo en ese semioasis de paz que son las costas, yo os digo: el éxito de la jornada dependerá únicamente de que consigáis mantener, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, una de vuestras manos limpia. Podéis elegir la que más os guste, derecha o izquierda, pero por favor, mantened una mano limpia. Tan sencillo como eso, ¿no es muy fuerte?

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Con la otra mano -limpia-, hice ésta foto.

Una mano libre de arena pringosa abre todo un mundo de posibilidades, cada una más poderosa y celestial que la anterior: puedes coger una toallita sin llenar todo el paquete de mierda, puedes acercar la toalla al churumbel para que deje de llorar porque tiene un grano de arena en el dedo gordo del pie, puedes (si eres veloz) hacerle incluso una foto súper adorable y mandarla a la familia por whatsapp; también puedes colocarte el bikini arrugado sin necesidad de exfoliarte toda la zona, puedes subirte las gafas de sol sin que se te quede la huella dactilar tatuada en arena marina, puedes atraer a tu regazo a los hijos cuando se vienen abajo porque la torre del castillo se ha desmoronado sin dejarles el conducto auditivo lleno de arena, puedes conseguir que si alguno de los descendientes es lactante haga su toma sin que la mitad de lo ingerido sea arena dorada y llena de vete tú a saber qué. En fin, puedes, y esto es lo más grande, recostarte sobre la toalla al final de la jornada playera y, si te concentras solo en la mano inmaculada, sentir cierta sensación de limpieza corporal.

Como todo, requiere práctica. Lo digo porque a lo largo del día, si se baja la guardia, seguramente aparezca sigiloso ese gen infantil que todos llevamos dentro y en un momento de debilidad nos olvidemos de la mano limpia y la sumerjamos en la masa arenosa que se extiende ante nuestros pies, echando a perder el truco al meter la mano donde no debemos.

Y eso no es lo peor; lo peor será que justo, justo en ese momento, alguno de los enanos necesitará urgentemente tu mano impoluta para limpiar, a saber: arena en un ojo, arena en un pie, arena en el pelo, arena en la pala, arena, arena, arena… que te dan ganas de preguntarle muy amorosamente aquello de: ¿pero tú qué te pensabas que era la playa, hijomíodemivida?

Ahí lo dejo.

Ahora, valor y a la playa 😀

¡Felices vacaciones!

En sentido literal

Es bueno ser sincera con los hijos.

Cuando estás a punto de escaparte porque el agotamiento mental ya es que no hay quien lo aguante, ellos lo detectan. Y preguntan, sin paños calientes:

-¿Mamá, qué te pasa?

Y tu, como quieres ser sincera porque es muy bueno que los niños entiendan desde pequeños que expresar tus sentimientos y tus opiniones es muy importante, le dices:

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Este día, como era soleado, sí hubiera podido tener mi ratito de paz, ¡ay!

-Un poquito hasta las pelotillas, la verdad, hijo. Necesitaría nada, poca cosa, unos cinco minutitos de soledad.

Y tu hijo, que es un tipo serio y que se hace cargo de las situaciones, se te queda mirando y te dice:

-Pues espera un momento, por favor.

Y tu te quedas de piedra, sentada como estabas en el suelo más desparramada que un bote de blandiblú pensando que qué fuerte, que el tío lo ha entendido y ha hecho mutis por el foro un ratito y vas a poder cerrar los ojos e imaginar un sitio silencioso y ordenado y donde además, no hace  pensar qué hacer para cenar y se puede comer siempre pizza y colacao. ¡El paraíso!

Pero no. Si le sigues con la mirada ves que, misteriosamente,  va hacia la ventana del salón. Con su mano derecha descorre un poquillo la cortina y mira atentamente el panorama, arriba y abajo. Tras unos segundos de comprobaciones se da media vuelta y con esos andares de persona mayor que tiene vuelve a ponerse frente a ti igual de serio que cuando se fue, y te dice:

-Pues lo siento, está nublado. Yo creo que ya hoy no va a salir el sol.

Se calla un momento, me pregunta qué hora es y añade:

-Pues la hora de merendar. ¿Vamos a ver qué pillamos?

Son de un literal que asusta.