Me miras desde el suelo

Cuando tengo trabajo, solemos pasar la mañana en la habitación de abajo: yo escribiendo y tú… creciendo. Tocas un peluche, te comes un trozo de papel, agitas los sonajeros, destruyes el castillo que ayer construyó tu hermano en un momento de inusitada tranquilidad… De vez en cuando, dejas a un lado todos estos quehaceres tuyos y me miras. Me sueles mirar mucho, la verdad. Me miras desde el suelo con algo entre las manos, a veces es un juguete y otras veces un trozo de galleta que no sé de dónde has sacado. Como trabajamos con la música puesta, cuando veo que me estás mirando aprovecho y te canto el estribillo gesticulando mucho, para que te rías. Y lo haces, te ríes con muchas ganas y con esa sonrisa que te sale que te hace brillar los ojos y que te ensancha la cara una barbaridad. Al final, cuando no puedes estirar más los mofletes, pegas un grito de felicidad que me parece maravilloso. 
Aquí todavía no me has mirado
y parece que te entretienes sola.

En esta situación, una mañana cualquiera después de tu siesta y cuando ya estamos aquí en lo que en mis ensoñaciones iba a ser un despacho minimalista, ya te suele faltar un calcetín o una coleta, muchas veces te falta incluso el pantalón: vas gateando a toda pastilla por la casa, lo pierdes y no te enteras. Según vienes hacia la habitación, pareces una niña salvaje y muy feliz, siempre despeinada y dispuesta al cachondeo. 

Pides juerga todo el tiempo y claro, yo tengo que escribir, así que me miras insistentemente con tus ojos verdosos medio tapados por el flequillo. Si me descuido, incluso me echas los brazos y esto ya son palabras mayores. A esos brazos sí que no me resisto, así que me agacho y te hago un rescate, como dice M.
Ilusa de mí pienso que bueno, que escribo contigo en el regazo, pero parece que tú también tienes algo de periodista y es ver una tecla y quererla tocar, por lo que tampoco funciona el sistema y tengo que empujar la silla hacia atrás para que no me borres todo lo escrito, o para que no desconfigures la pantalla o para que no la tires al suelo con ese ímpetu que tienes que lo arrolla todo. Total, que cojo carrerilla con los pies y empujo la silla con fuerza, más que nada porque sé que te vas a reír con esa cara de traviesa, despeinada pero con un estilo que no sé de dónde te sale, hijamía.
Vuestras cosas a vista de pájaro
A los pocos minutos te intento dejar de nuevo en el suelo, a mi lado y donde no da el sol, rodeada de tus chismes… pero vuelves a reclamarme. A veces tengo la absurda tentación de enfadarme porque no soy capaz de escribir dos palabras seguidas (a veces, incluso, me enfado como una idiota, como si tú pudieras entender qué son los plazos de entrega), pero es que me sigues mirando tan risueña, tan inocente en tu cariño, que tengo que olvidarme del ordenador y tirarme al suelo. Me tumbo contigo en ese mundo nuevo que aparece al verlo todo desde abajo, y me dejo llevar por ti. Ignoramos las pelusas, encontramos tesoros por las esquinas, la música sigue sonando, te hago el avioncillo, escuchamos las entrevistas de la 1, tiras todos los deuvedés, parece que tienes hambre.
Al cabo del rato, cuando nos tenemos que poner en marcha y hacer las cosas diarias, me vuelves a mirar. Definitivamente, no quieres estar sola. Pues nada, te cuelgas del pañuelo y seguimos juntas atravesando las horas de la mañana, cocinando, tendiendo, bailando, regando cuando nos acordamos… saltando de puntillas por las horas, sin prisa, y dejando para mañana muchas de las cosas que eran para hoy. 
Con tu hermano ya aprendí una cosa: al final, lo importante acaba saliendo y lo urgente… ¡siempre eres tú!

La Plaga

En estos años de la vida, cuando se tienen hijos pequeños, cualquier cosa puede perturbar la paz del hogar en cuestión de segundos. A nosotros nos ha pasado hace unos días: estaba yo tan tranquila viendo la no-investidura de Pedro Sánchez mientras la niña destruía algo y el niño construía algo, cuando de pronto un ruidito inocente irrumpió en el salón: ¡ping! Anda, un mail, pensé. Sin quitar la vista de la fascinante votación parlamentaria, abrí la aplicación de correo en el móvil y vi el remitente: Secretaría del Colegio. Distraídamente pulsé sobre el mail, y ante mis ojos en medio de esa tarde histórica resplandecieron dos palabras: aula y pediculosis. Soltar el móvil y levantarme del sillón fue todo uno. Piojos no, por favor, piojos no. 
Si es que el contacto es muy estrecho: aquí,
trabajando codo con codo.
Aunque intenté no perder la calma, ya me picaba todo; supe entonces que tenía que actuar sin dilación: revisar fundas del sofá, mantas, cojines, sillas del coche, gorros, abrigos, toallas, sábanas, peines y gomas. Quien dice revisar dice mandar a la lavadora a sesenta grados, para qué vamos a andarnos con medias tintas. Luego el peinecillo, claro, a repasar cabezas a la luz de la lámpara para detectar la más mínima presencia animal en las cabezas de estos mis niños, del padre y por supuesto la mía: la sola idea de una invasión de ese calibre en mi rizada cabellera me hace perder años de vida. Es más, ante la duda tomé medidas radicales y me eché el tinte que tenía guardado para dentro de un par de semanas, que no sé dónde había leído que los aniquila bien aniquilados.

Mientras el mejunje calaba, hice un bien a la humanidad y envié un globo sonda a mi familia vía WhatsApp, pero muy como quien no quiere la cosa: «Joder, en el cole hay piojos». Ahí lo dejo, avisados están. Es que somos muy de achucharnos en mi casa, y yo que sé. Por si acaso. 
Después, continué con mi exterminio particular: desinfección de sofás, de alfombra, y todo esto sin quitar ojo a los niños para detectar cualquier movimiento extraño en sus cabezas: ante una mano que sube lenta a rascarse, hay que actuar y volver a mirar con lupa. 
El resumen de todo esto es que nunca sabremos si tuvimos o no, o si tendremos o no, porque yo cada vez que oigo, leo o intuyo que el niño ha cogido piojos en el cole, pongo en marcha todo el operativo insecticida. Es que claro, a mí me entran los siete males cuando pienso que M., que es el que más papeletas tiene de traernos el agradable regalito, vive perpetuamente pegado a mí como una lapa. Por lo visto, los cabrones de los bichos saltan con una facilidad pasmosa, años de práctica desde el principio de los tiempos les avalan. 
Esa noche, la de la no-investidura, yo ideé el aparato definitivo que nos alejaría para siempre de esta plaga: se trataría de un rayo láser con capacidad para aniquilar a los indeseables y su prole antes de entrar en casa. El dispositivo se colocaría en el marco de la puerta de entrada al hogar y actuaría a discreción, él solo: persona que cruza el umbral, persona a la que se hace el barrido láser. De este modo, todo el mundo entraría libre de piojos en las casas, y sería un ahorro tan importante de tiempo, dinero y salud mental que todas las familias lo querrían.
¡Ya solo me queda patentarlo!