Una vida

Aunque muchas veces me parezca mentira mirando a mi alrededor en ese momento del día en el que ya están dormidos y solo quedan los restos de la batalla campal que han dejado tras de sí, lo cierto es que este barco que es la casa, va saliendo a flote. Quiero decir: en esta casa se ponen lavadoras, todos los días hay ropa limpia (que no planchada), en la nevera hay siempre alguna verdura, los lunes el niño sale hacia el cole con su tacita limpia, nunca me he quedado sin pañales, echo gasolina en el momento preciso justo antes de quedarme tirada, las plantas del jardín son solidarias y no han muerto pese a que ha llovido poco -dep la pobre begonia, que tiró la toalla-, tengo un lugar (iba a poner despacho, que era la idea que yo tenía en mi mente contaminada por mil catálogos de Ikea) de trabajo donde puedo sentarme a escribir los encargos, la tele no está puesta todo el día, Laniña está casi siempre sonriendo colgada en su pañuelo -aquí cualquier sistema de porteo se llama pañuelo, por simplificar-… vamos, que podemos pasar por una familia organizada sin ningún tipo de problema. Contado así, claro. 
El centro de operaciones en un día despejadito
y apuntando al techo, que siempre sale mejor
parado en cuanto a orden y limpieza se refiere.
La cruda realidad es que quien se presente aquí así, sin avisar, encontrará un panorama como el que sigue: hay ropa limpia, sí, pero el tendedero siempre está hasta arriba y es lo primero que se ve nada más entrar; en la nevera hay verduras, claro, pero seguramente haya también algún tipo de fruta, magdalena industrial, bote de especias o vaso de leche desperdigado por el salón o vete a saber tú por dónde; la tacita del cole la lavo un minuto antes de salir y alguna vez he tenido que volver a por ella in extremis; los pañales se multiplican como panes y peces con esta segunda maternidad, no sé si es que la percepción de «pañal en estado crítico» ha variado y es más permisiva ahora que tengo que controlar a dos en lugar de a uno; lo de la gasolina es gracias a que el coche me va diciendo en una agónica cuenta atrás los kilómetros que faltan para quedarme tirada con dos enanos sin la merienda a mano; el tema de las plantas lo achaco a que de vez en cuando M. dice que va a salir a echarles un vasito de agua aunquesea; y el lugar para escribir que en mi mente iba a ser un despacho, en realidad parece durante todo el día salvo un rato por la mañana un campo de minas en forma de pieza de construcción, rotulador, cochecito, cacerolita, peluchito, cojincito y lamadrequeloparió
Y el salón, esa estancia que durante cuatro o cinco meses en el pasado fue un lugar lleno de feng shui, digno de un par de culturetas solo interesados en libros y discos… es, a día de hoy, lo más parecido al Imaginarium que alguien se pueda imaginar: la mesa vive llena de gomets, hay una guirnalda que dejaron colgada los Reyes y que no hay un dios que quite de ahí, aparecen secuaces de Rayo McQueen allá donde te imagines, el mando de la tele desaparece una media de cuatro veces al día, a veces está el suelo lleno de verduras (es un huerto) que no se pueden recoger hasta que llegue el momento de la recolecta, la escalera se llena a diario de cosas «que son de arriba»… 
Por recapitular: que aquí las visitas encuentran desorden, ropas a medio doblar, fotos enganchadas a los espejos, guirnaldas, pelusas, huertos, disfraces tirados, jardines frondosos y abandonados… pero también música siempre puesta, bizcochos horneándose, una montaña de cúrcuma en medio de la cocina, la Patrulla Canina  o Karlos Arguiñano de fondo, coches imaginarios, volcanes imaginarios,  un trombón sonando, un artículo a medio escribir, una niña que aprende a gatear con la coleta medio deshecha y partida de risa, un niño que salta de la mesa al sofá, del sofá a la moto, de la moto al taburete… Vamos, lo que viene siendo una vida. 
Ni tan mal 🙂

Un drama de quita y pon

Estar embarazada tiene muuuchas cosas buenas. Un montón. 
Hoy no voy a hablar de ellas. 
Hoy voy a hablar de una de las peores, una de las que cuando no lo estás (embarazada) te parece una jilipollez, pero cuando estás metida en harina con toda tu envergadura corporal, comprendes de forma empírica el drama que supone: tienes que vestirte todos los días. Sí, quieras o no, hay que salir de casa y dejar el megapijama a un lado por una horas.
Durante los primeros meses, y sobre todo si es el primer hijo, pues la cosa es más que llevadera. Los pantalones te marcan una simpática lorcilla por encima de la cinturilla que muchos ilusos pueden confundir con un par de kilitos de más; las camisetas sirven, los abrigos abrochan y todo tu armario parece estar hecho a medida de tu embarazo.
Esto, aviso, es una ilusión: un buen día te levantas y no hay nada que te entre, nada. 
Mi superhéroe de bolsillo
Entonces, como buenamente puedes (o sea, con el pantalón desabrochado y un jersey viejo enorme por encima) te arrastras hasta el centro comercial más cercano y pillas algo, un vaquero, unos leggins, un algo que te permita respirar y dejar espacio vital al ser que llevas dentro.
Hasta aquí, yo pienso que todas hemos seguido más o menos el mismo patrón. Pero desde este momento, yo no sé vosotras, a mí me entra un bajón, una pereza, un quéseyo que me impide volver a pensar que necesito más ropa de embarazada… de modo que me planto en la mitad del embarazo con dos, y cuando dos es que son dos, modelitos válidos: un vaquero con faja de esos que te suben hasta la el cuello pero que te recogen la barriga que da gusto, y un vestido elástico que se va adaptando la mar de bien a mi redondez según pasan las semanas; lo que nuestras madres y abuelas conocen de toda la vida como el «de quita y pon», vamos.
Y oye, pues como que me voy apañando. Alternando las camisetas, lavando los leotardos todas las noches y secándolos en el radiador, sacando el vaquero al sol y rezando para que se seque antes de la hora de tener que salir… ese tipo de cosas que te ponen en tensión pero que dan salsa a la vida, reconozcámoslo. Peeero (siempre aparece un pero) llega un día en el que el vaquero está recién tendido y el vestido aplastado en el fondo del montón de la ropa sucia, olvidado el pobre porque esa semana ha hecho muy mal tiempo y el megapijama ha ganado por goleada en el tema del vestir. Claro, ese día, como no podía ser de otro modo, hay compromisos y ahí es donde llega el drama: una embarazada en ropa interior, con la hora pegada al culo y sin nada que ponerse solo puede generar un drama de enormes dimensiones. 
¡NO TENGO ROPA, NO TENGO NADA QUE PONERME, NO TENGO ROPAAA!-, retumban las palabras de esa mujer en esa casa hasta entonces pacífica. Gritos, maldiciones, miradas incrédulas al vestido arrugado, imploraciones al padre de la criatura para que haga algo…este tipo de reacciones amenazan con barrer la paz del hogar una mañana de sábado cuando de pronto, de entre la nube negra que se ha formado alrededor de esa embarazada semivestida, aparece un rayo de sol con forma de pequeño superhéroe: el niño M. entra corriendo en la habitación con su capita ondeando al viento y un puñito en alto a punto de echar a volar, para decir:
-¡¡¡Peo, peo, peo mamá!!! ¡¡Abre el admario, el admario, abre el admario!!
Esa madre esquizofrénica abre el armario y el minisuperhéroe dice:
-¿Veeeeees? Ties muchísima dopa, ponete algo, venga, ponete algo– Y una sonrisa de alegría, de saberse con toda las razones porque, efectivamente, esa frase que yo he dicho de no tengo ropa no es exacta y ropa, lo que es ropa tengo, aparece en toda su cara, en sus ojos enormes que se abren y brillan, en sus labios y mejillas que sonríen porque acaban de salvar a su mamá…y lo saben.
Y oye, que era verdad, ropa tenía. Solo era cuestión de cambiar el chip, combinar aquí y allá… y dejar de darle importancia a lo que no lo tiene, para centrarse únicamente en esa carilla de satisfacción que decía «mi madre está loca, si el armario estaba llenito» que me miraba sonriente y giraba los tobillos apoyado en el armario mientras yo terminaba de atarme las deportivas 🙂