Las largas tardes de sol

Ayer levanté la vista de la última página del último de los manuales que forman la parte teórica de la oposición. Y encontré cosas, muchas cosas: encontré la puerta de casa abierta al sol, los juguetes tirados en el jardín, un niño que anda que se las pela, que me dice mamá, que se ríe de cosas que nadie más que él ve o percibe, que come pan a escondidas; encontré también tortitas de maíz tapando la ranura por donde la impresora entrega las hojas impresas, amigas que escriben maravillas, un montón de ropa por planchar y un nuevo gato que viene a dormir al felpudo en las tardes cálidas y naranjas que se quedan flotando en el jardín desde hace algunos días.
La vista desde el tobogán-hamaca en una de esas
 tardes soleadas
La factura de estos dos meses de estudio a marchas forzadas no es larga: manuales llenos de manchas extrañas, brazo izquierdo más largo de lo normal de estirarlo sin levantar la vista del teclado para evitar hostión filial casi diario contra la mesa del salón, ojeras hasta la altura de la nariz y niño súper espabilado en plan capullo pillín que ha aprendido bien rápido a aprovechar los momentos de abstracción estudiantil de su madre para hacer lo que mejor se les da a los niños: maldades en silencio. 
Por lo demás, pasan los días sin tener noticias concretas de los detalles de la oposición, hecho importante en el sentido de que cada vez que oigo «ping» en el teléfono creo que es un email avisándome del momento y pierdo minutos de vida mientras abro la bandeja de entrada presa de la angustia y de la esperanza a la vez para encontrar, una vez más, que no es el mail. Nunca es el mail. 
De modo que contra todo pronóstico, no encontrar el correo avisándome de la fecha exacta no me cabrea más que un minuto, para pasar en el siguiente a valorar todo el tiempo que queda por delante y que ahora, ya con la parte teórica preparada, parece mucho menos amenazante de lo que lo era hasta antes de ayer. Me he sorprendido a mí misma en alguna que otra ocasión durante los últimos días, según veía llegar el fin del manual, pensando en maneras maravillosas de perder el tiempo y disfrutar de la vida sin hacer nada más que contemplarla, y decidiéndome por una que gana a las demás maneras por goleada: tumbarme al sol en el tobogán del parque desierto que todavía no conoce casi nadie en el pueblo mientras M. hace montañitas de arena y carreteras para su bambam, sin necesitarme más que lo imprescindible y casi siempre para decir mamma partido de risa y señalar los pequeños tesoros que encuentra: el perro que ladra, la moto que se escucha a lo lejos, la hormiga que trepa por mi zapatilla. Felicidad, en resumen.
Resumen que se completa con la gran noticia de que estamos de vuelta con un poquito más de tiempo para nosotros y un poquito menos de tiempo para el manual 🙂

Herencia genética

Una de las cosas más fascinantes de este mundo de luz y color que es la maternidad sucede nada más conocer al descendiente: resulta que el ser que acabas de parir es prácticamente igual a alguien que ya conoces, pero en pequeño. En mi caso fue inmediato: me lo pusieron sobre la barriga, le miré a la cara y me salió del alma dejar patente entre los asistentes sanitarios y el padre del niño que éste era igual que el abuelo Paco. Que solo le faltaba el bigote, vamos. 
Lo cierto es que este asombroso parecido con su abuelo paterno duró unos minutos, para pasar gradualmente y sin vuelta atrás a ser un clon de su padre. A día de hoy tiene los mismos ojos, el mismo pelo, el mismo cuerpo que él cuando era pequeño. De juzgado de guardia, algunas personas hasta me han dado el pésame porque el crío no haya heredado de mí ni un miserable rizo, nada, ni medio caracol… hay incluso algunas personas que me han llamado fea de un modo bastante diplomático: uy, este niño es precioso…es igual que el padre ¿no? Tu puta madre, fue mi interior respuesta 🙂
Pero bueno, bueno… yo lo que me disponía a hacer era dejar por escrito un hecho para tranquilizar -caso de estar intranquilas- a esas madres que no ven en sus retoño ni una diminuta sombra de sí. A esas madres morenas que paren niñas rubias, a esas madres rubias que paren ángeles de ébano que tienen hasta el blanco de los ojos del mismo color exacto que el orgulloso padre, perteneciente seguramente a una orgullosa familia que no dudará en presumir ante todo el que se le acerque a menos de tres metros con una sonrisa que les saldrá de las cara de que el niño ha salido a nosotros. 
Primer plano de la maniobra
Estad tranquilas, madres con poca fuerza genética. Estad tranquilas porque el día menos pensado, empezarán a aparecer gestos, miradas, movimientos…en los que diréis: ¡ahí, ahí! Ahora mismo es que es clavadiiiiito a mí cuando era pequeña. Cuando el padre/tía/abuelo paterno gire la cabeza para presenciar el milagro, el niño habrá vuelto a su gesto habitual y no habrá nada que hacer, además os mirarán con condescendencia como si les dierais un poco de pena, pobres, intentando buscar un parecido inexistente. 
Pero, insisto, tranquilidad. Llegará un día en el que el mundo haga justicia y esas estrías que decoran tímidas la parte baja del abdomen de las madres griten orgullosas que ya tienen razón de ser: son cicatrices del parto de un niño que lleva en sí algo de la familia de sus dueñas, o sea, las madres de esos niños. 
En mi caso…no, no es nada mío. El colega ha heredado de mi hermano. Bueno, no está mal, mi hermano y yo somos muy parecidos, es su tío, sangre de mi sangre…vamos, que quien no se conforma es porque no quiere. Y todas estas ideas para convencerme a mí misma de que mola mogollón tener un hijo que hace algo que hacía tu hermano me las iba repitiendo yo ayer mientras conducía hacia casa de mis padres, previa parada en la panadería de la familia para comprar el pan del día. 
La secuencia de hechos comenzó como a menudo, como casi siempre: yo llego, aparco un momento en la puerta, cierro el coche, entro corriendo a por el pan, salgo corriendo con la barra bajo el brazo y el cuscurro que siempre me regalan para M., abro el coche y M. grita: !PAMMM! Y yo le doy el cuscurro, arrancamos y seguimos nuestro camino mientras él mordisquea feliz y llenito de migas su trocito de pan. Pues ayer tuvo lugar un hecho histórico dentro de los anales familiares: M. comenzó a taladrar la pieza.
Este hecho podría haber pasado desapercibido si no fuera por el gran antecedente que tiene: mi hermano R., su único tío. Él fue el artífice, durante nuestra infancia, de uno de los hechos más asombrosos a los que yo he asistido: me brindó la posibilidad, bastantes veces a lo largo de los años, de encontrar una barra de pan totalmente vacía de miga y dura como el cemento después de su expedición de vaciado. Llegó a conseguir con el tiempo una técnica tan depurada, un acabado tan perfecto que hacía que nadie se diera cuenta de lo que había pasado hasta que estábamos todos sentados a la mesa preparados para partir el pan. Quien se daba cuenta lo iba pasando de mano en mano, atónitos todos ante el nuevo atentado panificador perpetrado en la más estricta clandestinidad por mi hermano mientras los demás estábamos a otras cosas. 
El caso es que esta técnica mejorada genéticamente por el tío ha llegado intacta hasta M. La maniobra, que ha tardado en aflorar pero ha aflorado triunfal, es la siguiente: con la mano izquierda se sujeta el trozo de pan -si encuentro a M. maniobrando con la barra entera me caigo de culo, desde aquí lo manifiesto- firmemente, apoyándolo si es menester en el regazo para darle un punto de apoyo que facilite la tarea. A continuación, y ya con la derecha, se extenderá el dedo índice hasta dejarlo en forma de garfio, doblando los restantes para que no molesten en la introducción del índice dentro de la apetecible, fría y siempre agradecida miga. Lo que queda es fácil: se escarbará con el garfio todo lo que se pueda, sacándolo cada vez que se consiga arrastrar una bolita de miga y dirigiéndolo a la boca, para saborear el botín. Con un poco de tiempo y otro poco de hambre, la maniobra da sus frutos: queda la corteza totalmente vacía a su suerte y el niño, muy probablemente, no quiera comer nada más, con lo que nos habremos evitado el momento lucha a la hora de comer. 
Lo mejor, además de las risas familiares rememorando las manos del tío haciendo exactamente los mismo movimientos que el sobrino, es poder gritar, después de un largo año y cuatro meses, que por fin el niño tiene algo de la propia familia. Que sí, que no es que sea algo tan vistoso como los ojazos azules, pero es, desde luego, una hazaña memorable y más útil de lo que parece: ¿quién va a ser el encargado de sacar los cochecitos de debajo del sofá desde ahora? ¿y las horquillas que se me caen entre le mueble del lavabo y la pared? ¿y las monedas de euro que llevan años viviendo entre el asiento del coche y el freno de mano a las que nadie es capaz de llegar, aunque sean la única manera de poder coger el carro del súper en un momento de necesidad total?

Así que bien pensado, qué demonios… donde esté la maniobra atrapamiga, que se quite todo lo demás.