A pecho descubierto

Existen por la blogosfera maternal una serie de blogs dedicados única y exclusivamente a hablar de la lactancia materna. Blogs de mamás que llevan años publicando posts sobre, únicamente, sus experiencias con los niños alimentándose al pecho. Cuando los descubrí durante el embarazo pensaba que qué exageración, que si daba para tanto el asunto. Y aunque considero que en ocasiones se hace un uso exagerado del tema, que se le dan más vueltas de las que algo natural requeriría y que hay una sobreinformación por parte de sus más acérrimas defensoras que muchas veces es invasiva para con el resto de las madres…. da para mucho, y ese mucho se va alargando en la misma medida en la que se prolonga la lactancia materna.
M. jugando al cucú trás
Hay una imagen que a mí me ha venido en numerosas ocasiones a la cabeza. Os la voy a describir; a unas para que os reconozcáis -porque a todas las que habéis dado el pecho o estáis todavía en ello os ha pasado, no me vayáis a decir que no- y a otras, las que estáis esperando, para que os vayáis preparando.
La imagen se llama La Libertad Guiando al Pueblo y es esta una imagen que se da en esas ocasiones en las que una de dos: o dar el pecho es ya algo tan normal que al finiquitar la toma se te olvide tapar el recipiente; o el niño en cuestión es un tragón de los que hacen época y entre toma y toma lo mismo te da guardarla que dejarla al aire. Es una imagen, pues, que para una misma suele pasar desapercibida y es preciso que aparezcan por allí hermano/padre/padre de la criatura a decir: pero chica, tápate un poco, para darse cuenta de lo que está pasando. Y sí, habéis leído bien, muy probablemente sea la parte masculina de la familia la que más pudor y asombro muestre ante la visión del seno familiar al aire. Si el aviso viene de la madre de una, será más del tipo: hija, colócate el pecho, mientras te acerca el disco absorbente y expulsa con maña el aire de la barriga del niño. La Libertad es esa imagen que ve la madre cuando va al baño entre toma y toma y se ve en el espejo con una teta fuera y otra dentro. Confieso que en alguna ocasión he levantado el puño para ver el efecto y su parecido con el cuadro de Delacroix. Nulo, el parecido, si me permitís aclararlo. Pero oye, ahí está.
Pues bien, según pasan los meses y se va cogiendo práctica, yo al menos he tendido a pensar que estaba a salvo de incidentes desafortunados. He llegado a pensar que mi imagen de La Libertad se había dado ya de baja hasta el próximo polluelo, he pensado, incluso, que había llegado a ese momento de destreza magistral en el que nadie me verá amamantar si yo no quiero, con un dominio postural que convierte lo visible en invisible. Todo ha quedado, para mi desgracia, en utopía: ayer le abrí la puerta a mi suegro con una teta fuera. Y, ay, el hombre de lo que está mal es del oído, no de la vista.
Fue una situación de estas extrañas en las que tardé un ratillo en darme cuenta de la cruda realidad, el mismo ratillo que el hombre estuvo hablando con el cuello torcido a la izquierda, que a punto estuve de preguntarle si tenía un ataque de tortícolis. Cuando me di cuenta de lo que realmente estaba pasando en mi propio salón, me coloque el pecho con recato y disimulo muy a lo modo modo madre, y la conversación siguió su curso con toda la normalidad que permite un hombre empecinado en no mirar a su nuera para no tener que decirle: chica, tápate un poco. El hombre estaba poco más o menos como M. en esa foto que os pongo, haciendo el cucu trás pero sin pasar nunca del cucu. 
A estas alturas lo cierto es que no me importa lo más mínimo que mis intimidades sean de conocimiento público, aunque a toro pasao he de reconocer fue un poco incómodo. Una cosa es con el padre de la criatura y la criatura, que es que me tiro casi más tiempo en top less que vestida decentemente cuando estamos en casa, y otra es abrir la puerta y que el suegro se encuentre con el percal, además sin ton ni son porque el niño no estaba ni mamando ni nada que se le pareciera, de hecho estaba a su aire ejerciendo su nueva especialidad, que os cuento mañana. Pero se conoce que, al terminar y salir a liarla por el mundo misterioso de la casa, a mí se me olvidó recoger el material de alimentación y me puse a escribir y subrayar sin atender a mi indumentaria.
Total, que yo pienso que el hombre en su fuero interno estaría diciendo: buena gana esta muchacha, con el frío que hace, de tener el pecho al aire. Y creo que también pensó que el próximo día que venga sin avisar va a esperar a que yo abra la puerta mirándose los zapatos, por aquello de no volver a presenciar la situación con la protagonista a un palmo de las narices.
Y yo os digo que es que en la soledad del hogar una no se da cuenta de nada. O es que vosotras nunca os habéis presentado de improviso en casa de alguien y os han abierto con el gorro de ducha, o el pijama de leones subido hasta más allá de la cintura, o a medio afeitar, o a medio peinar? ¿Eh, eh, eh?
Pues cada uno con lo suyo :)

Tres en la frente

Lo bueno buenísimo del concepto seguir siendo la misma , es que sale solo. En ocasiones, mucho más solo de lo que debería, de hecho. Hoy ha sido un día en el que esto ha quedado claro: sigo siendo la misma y, según parece, a veces mucho más yo misma de lo que me vendría bien. Tres han sido los hechos que, uno tras otro, han hecho de hoy un día sigo siendo la misma…pero no de antes de ser madre, no; ¡casi desde antes de nacer!
Una misma antes de ser mamá haciendo el idiota 🙂
El primero de estos hechos ha tenido lugar al llegar a casa de mi madre a ver cómo seguía su convalecencia. Ni tiempo me ha dado a soltar al niño en el suelo e inclinarme a darle un beso…creo que incluso antes de aparecer por la puerta del salón, puede que incluso antes de abrir la puerta de la calle, o, más incluso todavía, puede que antes de que saliera de mi casa, mi madre ha divisado mis pantalones. Bueno, el bajo de mis pantalones: ligeramente pisados, ligeramente rotos, ligeramente arrastrados.
Mi madre: –¿qué pasa, a ti te mola ir recogiendo la mierda de la calle, no?
YO: bueeeeno… ¿hemos retrocedido doce años en el tiempo?¿Me han vuelto también los granos y el amor por el calimocho?
Mi madre (a M.): tu madre está en el mundo porque tiene que haber de todo….
En fin, este tipo de conversaciones -bueno, mucho más fuertes en la adolescencia- las he tenido con mi madre casi casi desde que empecé a tener edad de comprarme yo la ropa. Yo no sé qué tipo de leyenda corre por ahí que dice que cuando una mujer tiene un hijo, se vuelve una especie de ángel que comienza a vestirse en Cacharel. En mi caso, ya digo yo que no. Que desde que perdí la barrigota, mis vaqueros rotos son los mismos, mis zapatillas pintadas son las mismas, y mis bolsos-saco son los mismos.
El segundo hecho viene un poco al mismo hilo: mi madre ha montado en mi coche. Yo sé que lleva días mordiéndose el labio inferior para no hacer sengre, pero hoy ha sido el remate…más que nada porque se ha manchado.
Mi madre: ahora mismo viene Sanidad, y te quitan al coche y creo que hasta el niño. Si pesamos todas las migas que  hay en el suelo, sale un kilo.
Yo: bueno, si solo son migas, no pasa nada. Miguitas de mi rey. Miguitas de M.
Mi madre: esto es de juzgado de guardia, cariño. Te digo que esto no es normal, no puedes llevar el coche así, aquí os va a dar algo al niño y a ti…y NOOOOO ¿¡qué es esto que se me ha pegado en el culo!?
Y yo miraba al niño y le veía tan feliz jugando con una cuchara y pensaba sí, ya veo yo el problema que tiene el niño… y también pensaba que qué mala pata que justo hoy mi tío le haya regalado al niño en la panadería un cruasán con chocolate y el niño no lo haya querido y a mí se me haya olvidado en el asiento… Otro gen madre que no he conseguido desarrollar es, como ha quedado patente, el del orden.
Y por último: lo de montar en el coche era para bajar a mi madre al médico a Madrid. Y una vez allí, la hemos dejado como cada semana en la consulta y nos hemos ido a un parque cercano a esperar a que saliera. Hemos dado un rodeo hasta llegar a él, haciendo el bobo, buscando palomas, cambiando de acera para saludar a los perros, este tipo de cosas. Y hemos llegado al parque. Y cuando estaba a punto de poner a M. en el suelo… he constatado con asombro e incredulidad que habíamos perdido una zapatillita. He tardado medio segundo en erguirme, echarme al churumbel a los hombros e intentar recorrer el camino al revés. No ha sido posible, sobre todo porque no tenía ni idea de por dónde habíamos llegado al parque. Cuarenta minutos de caminata desorientada después, me ha parecido divisar una zapatillita blanca, abandonada, bajo un banco de la calle Cea Bermudez.
Era un clinex usado.
En fin, estaba en Hilarión Eslava, la jodía zapatilla.
El tema está en que, ya subiendo hacia casa, ha tenido lugar un momento mágico de esos en los que abuela y nieto iban en la parte de atrás cantando y semibailando y yo no les escuchaba porque iba en mi burbuja. Es que teníais que ver la carretera de la Coruña a la altura de la Rozas cuando atardece, y se ven las montañas azules de la Sierra de Guadarrama contra el cielo que también se va haciendo azul pero todavía es amarillo, y los faros blancos de los coches que bajan a Madrid a la izquierda y los rojos de los que subimos a la derecha. Y mirando mientras conducía esa estampa tan familiar me he acordado del montón de discusiones que tuve de joven con mi madre por la ropa, cuando el sábado era salir con los pantalones más anchos y bailar entre humo; y del montón de veces que he tenido que hacer una limpieza de emergencia en el coche a lo largo de los años porque iban a subir mis abuelos, o porque teníamos que ir de comunión y no eran plan de llegar con lamparones, o porque había quedado con el padre y es que en esas circunstancias no íbamos a poder ni achucharnos; y también de la cantidad de objetos perdidos que estarán diseminados en lugar extraños de todas las ciudades en las que viví, de todas las cosas que pierdo y he perdido sin querer, igual que la zapatilla de M.
Y pensando en todos esos momentos y mirando el cielo cambiar, he pensando que cambia la vida, crecen hijos, se reinventa una laboralmente… pero se sigue, a la vez, siendo la misma joven que un día se fue.