La culpa fue de la tecnología

Algunas veces, los esfuerzos maternos por criar ciudadanos de bien se ven truncados por los más inverosímiles hechos. En el caso que nos ocupa, la culpa fue de la tecnología. También es verdad que yo tengo un pequeño trauma con esto de la carrera tecnológica, tengo miedo de que lo próximo que anuncie el heredero de Jobs sea una aplicación para que la colleja de la madre en el momento de enajenación filiar transitoria llegue vía 3G, y te encuentres con el picorcillo en la nuca sin beberlo ni comerlo.
M. en una de sus fantásticas y armoniosas imitaciones
Pero en fin, ese día todavía no ha llegado, y mientras esperamos su aparición nos tendemos que conformar con las inquietantes grabaciones de voz que desde hace unos meses ha puesto whatsapp en funcionamiento. Resulta que entre los más jóvenes se han puesto de moda, parece ser, por el tiempo que ahorran y porque las entonaciones que se quieren dar al texto son mucho más fáciles de transmitir, no como antes, que un ok tenía que ir acompañado de una sonrisilla para eliminar cualquier sombra de bordería.
El tema está en que son muy poco discretas. Nada discretas, la verdad. La única forma de que los que tienes al lado no se enteren de tu grabación es poniéndote unos cascos. Y no siempre hay. Y ese hecho, por carambolas del destino, me fastidia la estrategia educadora de M.
Veníamos mi madre, mi hermana, M. y yo en mi coche. Un frío tremendo, un montón de gente en la consulta del médico, una hermana pequeña en plena edad del pavo y una madre que no era capaz de poner los cinturones de la silla del niño en el coche. Y esa madre es palabrotera. Muy palabrotera. Yo no sé, de verdad, cómo mis hermanos y yo hemos salido tan comedidos en el tema del lenguaje; hombre, alguna se nos escapa, pero controlando un poco el entorno y esas cosas. El tema es que como M. empieza a ser un hombrecillo pequeño y medianamente autónomo, hay que tener mucho ojo con lo que se hace delante de él, porque es que está empezando a repetirlo todo; pero todo, todo. Ayer le encontré dándose colorete. El otro día, removiendo con la cuchara de palo un puchero imaginario que se cocía en su gorro. Y si me despisto me lo encuentro pasando el mocho a toda superficie plana que encuentre por la casa. Y con el lenguaje, no puede ser menos.
Mi madre, como decía, iba intentando atar al niño y soltando lindezas por esa boquita de piñón que tiene, con una frecuencia de cuatro joderes por cada intento de abrochar el cinturón. Ya tuve que intervenir, claro: mamá, mira a ver si puede ser posible que no digas tanta palabrota seguida  y a dos centímetros del niño, que me va a salir un macarra. Me llamó madre acelga, madre sosa y no sé cuantas cosas más. Lo sé, es muy coñazo escuchar ese tipo de cosas, peeeero es lo que hay, es mi misión educar a este niño en un vocabulario decente.
Bueno, pues cuando la retahíla de mi madre llegó a su fin, un conciudadano galapagueño decidió adelantarme en plena rotonda y…sí, dije un JODER como una casa. Bien alto. Me cayeron por todas partes, os podéis imaginar. En fin, alegué que el mío tenía un motivo y estaba plenamente justificado, bla, bla, bla… al final, las aguas volvieron a su cauce. Hasta que una grabación de whatsapp de mi hermana vino a romper el milagro:
-¡Me toca la POLLA!- Esta fue la afortunada afirmación de mis primas pequeñas, una jovenzuela salada, afirmación que retumbó bien alto en la pequeñez de mi coche.
¿Adivináis lo que dijo M. nada más acabarse la grabación?
Si es que yo lo intento, pero a veces los elementos juegan en mi contra :)

A mal suelo, buena cara

Una vez meditada a fondo la decisión de opositar, llegó a mí la euforia de las nuevos proyectos, esa energía imparable que llega -en el caso de los nuevos proyectos académicos- con olor a forro nuevo, a lápiz sin estrenar, a montón de folios fríos. Hasta un cuartito me habilité, oyes. Con mi mesa, con mi corcho, con mis libros y enciclopedias ordenaditos en un lateral, con mi incienso como cuando empecé la carrera, que es que había días que la familia o el novio entraban en mi habitación y poco menos que tenían que avisarme por señales de humo de que habían osado perturbar mi paz estudiantil y hippiosa, y tenía yo un colocón de incienso e ideales periodísticos que no sabía ni de lo que me estaban hablando.
Parte del campamento de M.

Bueno, pues como digo, me habilité el cuartito de la plancha a finales de agosto, en mis marcas para empezar a estudiar en septiembre. Emocionada perdida, cuando entraba el padre a algo – a coger unos calzoncillos mayormente, ya que el equilibrio entre cuarto de estudios y cuarto de la ropa todavía está por terminar de definirse- le avisaba: mucho ojito con poner nada encima de MÍ mesa, ¿eh? Eso es terreno sagrado. Tenía yo unas ideas tremendas, unas ideas que incluían un niño tranquilito, un temario llevadero y unas jornadas estudiantiles la mar de productivas. Pero, ay de mí, eran eso… ideas. 

No digo yo que me vaya mal del todo, porque hay por ahí hay algún duende del aprovechamiento temporal que hace que la cosa marche más o menos decentemente, pero desde luego la realidad dista mucho de ese mundo idílico que yo veía en mis ensoñaciones estivales, preparándome mentalmente desde la piscina para el proyecto oposición.
Para empezar por algún lado, puedo escribir que para M. mi mesa de estudios debe tener pinta de chiquipark. Es ver que me siento y aparecer con los brazos en alto pidiendo asomarse. ¿A qué?, me pregunto yo. A mandar todo a tomar por culo, responden sus manos. Todo al suelo, cuanto más lejos mejor. Entiendo, por lo tanto, que le mola más el nivel inferior de nuestra casa, así que saco del cajón mi plan B, un plan que consiste en un montón de bolis que no funcionan y que espero le distraigan un rato. ¡Al suelo con ellos, M.! ¡Eh, eh, eh, eh! (es que esto de jalearles a veces provoca reacciones asombrosas en los enanos y mola mogollón verles las caras de sorpresa). Y, efectivamente, M. los tira al suelo. Y una vez que lo ve allí, se gira hacia mí y me vuelve a mirar con los brazos en alto.
En este momento dado, se presentan ante la madre opositora dos opciones: cerrar el tocho e irse con rapidez a la calle para que nos de el aire y así evitar el momento cabreo con el enano que realmente no tiene ni idea de lo que es una oposición; o…mudarse al suelo, a vivir en el campamento.
Y, oh sí, elijo casi siempre la dos: vivimos en el suelo.
Cierto es que yo dejé incluso por escrito en mi otra casa virtual que se iba a terminar eso de estudiar en el sofá, o con las cosas de M. por medio… pues nada, me trago mis palabras porque de momento, de todos los días que me toca estudiar en casa porque no tengo con quien dejar a M., la mayoría he terminado arrastrada como una lagartija por el suelo, rodeada de animales de madera, vasitos de diferentes tamaños, cucharas de palo y teclados multicolores que al mínimo roce te entonan el Oh Susanna sin miramientos ni control de decibelios, a veces creo que hasta resto días de vida por los sobresaltos cardíacos de los juguetitos de las narices.
Yo entiendo que este panorama puede llevar a pensar que soy una estudiante frustrada, una estudiante que no puede estudiar, una estudiante que tiene a todos los elementos en contra. Pues os equivocáis. Os equivocáis muchísimo. Os equivocáis, porque ser madre supone luchar contra todos los elementos cuando todo parece perdido, porque estamos entrenadas para hacer de la comida una fiesta, de la fiebre una nadería (aquí nos suele ayudar el Dalsy), de las rabietas un momento de reflexión en el que, al menos yo, aprovecho para entrar en comunicación con el universo consiguiendo asombrosos resultados en cuanto a autocontrol se refiere.
Con estos precedentes… ¿qué es para mí una sesión de estudio acompañada de M. y todos sus secuaces clavándose en mi culo? Siendo realistas, retener lo que es retener, no retengo mucho; son estas sesiones unos momentos de acercamiento al tema, unos momentos fundamentales en los que me digo que si no existieran estas sesiones de suelo y clips….¿cuándo subrayaría? Y es que no hay estudio bueno sin subrayado, lo sabe todo el mundo. Es una verdad universal. Una realidad académica de primer orden. Así que yo, esos días en los que no hay tregua por parte de M., subrayo con verdadero ahínco, con verdadera fruición, regocijándome ante tamaña suerte.
Así, cuando llega el momento en el que alguien de mi familia me pregunta, diariamente y como si se lo hubiera puesto por obligación ¿te ha cundido hoooooy?… yo afirmo, asiento, digo que sí muy convencida.

Y es que, estaréis conmigo, también de subrayaos vive el estudiante.