Amores que matan

Existe por ahí una especie de madre que en lugar de leche, debe tener antibiótico; son estas madres lactantes a las que nunca jamás se les pone malo el niño, no conocen moco ni tos, inmunizada como tienen a la descendencia. Yo soy una madre lactante, muy lactante a ojos de algunas personas, pero mi descendencia enferma como todo hijo de vecino (nunca mejor dicho). ¿De qué enferma?, os podréis preguntar. Y yo os respondo lo mismo que me responde a mí el pediatra: proceso vírico. Os juro que a veces lo dicen hasta sin mirarte, creo que porque empieza a sonar un poco sospechoso que todo sea un proceso vírico y te plantes de vuelta en casa sin saber qué narices le pasa al nene, con la orden clara de hidratarle, apiretal si pasa de 38 y muchos mimos.
M. manejando una potencial arma 
Pero en fin, proceso vírico. Vale. Pues nuestro virus debió de invitar a toda su panda: tripa, ojos, y garganta. Se conoce que para que nos familiaricemos con todos y así, cuando vuelvan a aparecer este invierno, no nos pillen de nuevas. Nuestra función como padres a lo largo de esta semana ha sido ir sumando medicinas a esa pequeña lista genérica para el ataque al virus y controlar con exactitud británica cuándo tocaba cada una : un colirio, unas gotas para la garganta y el dalsy -esto creo que es cocaína infantil-.
Como digo, ha sido una semana bastante estresante, cuando parecía que estaba a punto de llegar un rato de calma, saltaba algún tipo de alarma -bien del móvil, bien mental de alguno de los dos progenitores de M. que de pronto recordaba con sudores fríos que tocaban gotas de garganta desde hacía siete minutos-. Ante ese sobresalto, respondíamos como autómatas: uno a por las toallitas, otro a por la medicina; uno a sujetar los bracitos del niño, otro a abrirle el ojo con cuidado y firmeza para dejar caer lo más dentro posible las tres gotitas milagrosas; y, finalmente, uno a limpiar los posibles manchurrones en un metro a la redonda del crío y otro a salvarle del malvado progenitor echa gotas.
El caso es que, aunque por sus reacciones cada vez que nos veía acercarnos con algún bote en la mano no lo parezca, M. debe de estar súper agradecido por esta serie de cuidados amorosos y cuasi puntuales que le hemos ofrecido durante toda la semana. Sí, sí, está tan agradecido que ha hecho de su agradecimiento una cruzada personal que parece no llegar a su fin a corto plazo: se ha tomado la medicina por su mano y está obsesionao con que probemos en nuestro propio cuerpo esos santos remedios que tanto bien le han hecho a él. Y lo hace de la forma más básica: atacando con el bote cada vez que puede, a traición. Si por lo menos fuera cada seis horas, como le hacíamos a él… pues yo que sé, sería más llevadero y esperable.
Pero no. El tipo aparece una media de cinco veces por hora armado con el colirio y con el puñetero cuentagotas de la garganta y, como sabe perfectamente por dónde se echa cada cosa, se pone manos a la obra. El resultado es que tengo un ojo semicerrado -estoy casi tuerta, vamos-. La explicación la encontraréis en un momento de debilidad que he tenido esta tarde: me he quedado traspuesta en el sofá mientras M. y el padre, supuestamente, jugaban a dar vueltas al sofá.
Lo que ha pasado es que el padre ha recibido algo en el móvil – algún tipo de noticia musical o futbolística, pondría la mano en el fuego o el ojo al alcance de M.- que ha hecho que dejara al niño a su aire durante unos minutos, los justos para que éste encontrara en la estantería -bien cerradas ¿eh?, a prueba de niños- las medicinas y decidiera que ése era un buen momento para curarme. El resultado de esa preocupación filial ya sabéis cuál es; el bicho todavía no controla la fuerza. La otra interpretación posible es que estuviera tomando represalias por la semanita que le hemos dado puteándole con diversas molestias cada seis horas.
Y en fin, cuando me he incorporado sobresaltada y bastante desorientada ante el terrible ataque ocular y he analizado la situación, he tenido que ser consecuente con la vida y darle gracias porque el tratamiento semanal de M. no haya sido a base de supositorios. :D

Amor de hermana

Hoy, en plena comida familiar, ha tenido lugar una escena que me ha retrotraído a diez años atrás, cuando estaba yo cursando ese curso mítico llamado segundo de bachillerato. Nosotros, mis dos hermanos y yo, íbamos al mismo colegio: yo a segundo de bachillerato, mi hermano a cuarto de la ESO y mi hermanita linda, mi cuscurro de pan, a primero de infantil.

Las dos haciendo el gamba como sólo nosotras sabemos
Bueno, pues la historia va con ella. Resulta que por cuestiones de logística, nos quedábamos a comer en el comedor, en el asqueroso comedor, para ser más exactos. Era uno de los peores momentos del día: una especie de nave enorme, con mesas corridas a lo largo y sillas frías de hierro, como las de las terrazas de los bares que chirrían al moverte. El panorama se completaba con la directora -Mick Jagger en mi casa, la típica urraquilla inmortal con la cara surcada se arrugas como bañadas en laca, arrugas inamovibles- paseándose entre las mesas obligando a no hacer el guarro, a no tirar la comida, a comerlo todo y a mantener un poco la compostura en esos momentos en los que había más migas voladoras de mesa a mesa que tenedores cumpliendo su función.
Bueno, pues Mick se cebaba con los más pequeños, era especialmente cruel, no les dejaba irse hasta que se comían todo el plato, incluso si vomitaban, les dejaba ahí solos, con el plato helado, y no salían al patio o se iban a clase hasta que lo terminaban. Y mi hermana, al igual que yo, odia con todas sus fuerzas, odia sobre todas las cosas del comer, las judías blancas o las alubias (que es como las llaman en Zaragoza, lugar donde tuvieron lugar los hecho que paso a narrar). Y allí eran obligatorias una vez a la semana.
Bueno, pues mi hermana, tan pequeñita ella, entraba al comedor en el turno de los pequeños, esto eran las doce y poco de la mañana. Yo entraba en el comedor en el turno de los grandes, esto era la una y media de la tarde. Y rara era la semana que no la encontraba allí, sola en la mesa de los niños frente a un plato de judías blancas heladas, pastosas, asquerosas. No solía estar llorando, simplemente estaba allí sentada sin probar bocado, a ratos seria, a ratos entretenida jugando con sus manos, a ratos mirando a ver quién entraba por la puerta. Estaba custodiada o bien por Mick o bien por una de sus delegadas, que se paseaba arriba y abajo frente a su mesa esperando que terminara. Y yo, cuando entraba y la veía, me tiraba a por ella. Me agachaba a su lado, recuerdo el olor del baby, olor de clase de niños, y nos mirábamos y entonces ella sí que solía perder pie. Nos abrazábamos y su pelo negro, frío y liso se me metía en la nariz y entre el olor a cole podía distinguir el olor de nuestra casa.
Y entonces, cuando yo comprendía que no podía irme a la fila con mis amigas y dejarla por más tiempo allí sola, tenía lugar uno de los actos de amor más grandes que yo haya hecho jamás por nadie: la miraba a ella, miraba al plato, la volvía a mirar, miraba a Mick esperando una posición adecuada para que no presenciara el delito, y… me comía las apestosas judías.  De tres cucharadas me terminaba el plato, mi hermana era libre para irse al sol y yo… yo me quedaba con un dolor de estómago y un malestar que me duraba toda la tarde.
Y hoy, comiendo juntas, nos hemos acordado de aquello porque en un momento dado ella ha mirado su plato de comida, me ha mirado a mí… pero esta vez ¡no he caído! Esta vez no eran alubias -mi mami es una mami guay y no nos pone eso que sabe que nos hace sufrir- y ya no tiene cinco inocentes años.
Lo que es claro es que, si tuviera que volver a salvarla de un plato asqueroso de judías para que ella pudiera salir al sol y a la vida de su edad del pavo, lo volvería a hacer. Luego he mirado a M. poniendo cara de asquillo al probar no sé qué que le ofrecía mi padre…y he pensado que sería genial que tuviera un hermano que hiciera por él o por el que hacer algo parecido.
Ahora, eso sí, si puede ser con algo menos asqueroso, mejor que mejor. :)