Cinco minutos más

Yo quiero mucho a mi chiquillo. Como la trucha al trucho, pues así más o menos le quiero yo. Mucho. Yo le defiendo cuando le dicen malo, cuando le dicen raspilla, cuando le dicen que es un trasto. Yo le aguanto las rabietas, los llantos de bebé perdido en el mundo de mayores, las tardes insoportables.
M. dormido en el coche
Porque eso es lo que ha tenido hoy: una tarde insoportable. Todo ha empezado esta mañana, cuando madre e hijo hemos decidido ir a pasar el día a un Madrid patriótico, teñido de arribabajo con los colores de la bandera nacional. Concretamente, el plan era ir a casa de una buena amiga. A comer. Esto se acera bastante a mi concepto de felicidad absoluta, comer rico y en buena compañía -también influía que no había sido yo la que se había roto la cabeza pensando qué hacer, y haciéndolo y recogiéndolo después, y eso,de vez en cuando, quieras que no, también mola ;) -.
Pues M., el pequeño demonio de Tasmania, el niño que grita como una urraca y que pide independencia materna mientras cae por cuarta vez al suelo porque andar lo que es andar, todavía no sabe, ese niño, digo, ha tenido una tarde completa: gritos, lloros, asaltos cuasi violentos a la teta, arrebatos noquierosabernadadeti, ahora lloro porque me quitas el dodotis, ahora lloro porque me dejas en el suelo, ahora lloro porque me coges, ahora lloro pero tú quiéreme de todas formas, mami. Agotador. Si no nos hemos levantado Lau y yo de la mesa veinte veces, no nos hemos levantado ninguna. Pero bueno, los niños, ya se sabe, niños son, y hay días mejores y días peores y días en los que es que parece que le duelen las encías – y esperas que sea eso y no que de pronto el lindo bebé se haya convertido en un ser medio esquizofrénico que hace cosas de persona desequilibrada-.
Total, que en un momento dado, ya después del café y de la charla a trompicones, pero charla bonita y reparadora de todas formas, nos hemos venido para casa. Nos hemos montado en el coche, hemos atravesado un Madrid extrañamente desierto y luminoso, y hemos enfilado la carretera de la Coruña pa´rriba. Yo le miraba por el retrovisor, iba jugando con la brocha que lleva en el coche y que es su más mejor amigo desde hace unos días. No se dormía, el jodío. Yo iba pensando parece que ahora sí, ay no, se ha despistado con el ruido del camión, voy a cantarle un poquito a ver… Total, que a la altura de las Matas -a diez minutos de casa- se ha dormido. Al fin. Aquí dejo por escrito que mi paciencia estaba a punto de esfumarse, la tarde ha sido demasiado.
Como digo, hemos llegado a casa y he aparcado, he apagado el contacto del coche, he escrito un mensajito en el móvil, y me he dado la vuelta. Y ahí estaba el cachorro, tan dormido, tan calladito, tan tranquilito, tan sin gritar, tan pacífico. Pobrecico míodespertarle ahora….le voy a dejar cinco minutos. Y he cogido uno de los libros que nos acababan de regalar por su cumple. Y he reclinado el asiento hacia atrás. Y he bajado la solapa esa que tapa el sol. Y me he quitado la coleta. Y he estirado las piernas en el asiento del copiloto. Todo inconscientemente, de forma automática, lo juro. Hombre, algún pensamiento tipo bueno, si él está ahí calentito, a gustito, seguro, feliz…cinco minutos y entramos, sí se me ha cruzado. Pero es que entraba un sol tan tibio por el cristal, y es que el libro era taaaaan bonito y tenía unas ilustraciones taaaan maravillosas y hacía taaaanto silencio y yo estaba taaaan feliz…que los cinco minutos se han convertido en cuarenta y cinco.
Lo confieso.
Ha sido el padre el que me ha sacado de mi mundo, con unos golpecillos en el cristal:
-¿Qué haces ahí, muchacha?
-¿Em? Nada, nada, si acabamos de llegar.
Y poco a poco y con disimulo me he desperezado, he recogido el despliegue de la que había sido mi casa durante esos cuarenta y cinco minutos de paz y he acercado, con todo el dolor de mi corazón,  la mano para desabrochar el cinturón del niño. Estaba a punto de hacer clic y despertarle, cuando he oído una voz esperanzada:
-¿Y si esperamos cinco minutos a que se despierte?, me decía el padre mientras se sentaba en el asiento del copiloto y acomodaba la solapilla para que no le diera el sol.
Y es que a veces están tan guapos calladitos… :)

La tortura de la gallina

Este hijo mío, también conocido como M., es un niño que hasta hace relativamente poco tiempo pasaba de la tele y de los dibujos en general. Yo le ponía por las mañanas Pocoyo y Dora la Exploradora y a los pocos minutos, me veía a mí misma, mientras mojaba la galleta, diciendo: ¡reeeed, reeeeed, la fruta es reeeeeeeeeeeeeeeeed! Y efectivamente, el narrador decía: red; y yo sacaba le puño y lo echaba pa´lante y pa´tras,  así con ese gesto que suele acompañar a la palabra ¡tomaaaa! Digno de ver, de verdad. Solía girar la cabeza a derecha e izquierda para cerciorarme de que estaba sola.
Momento pre-Galllina
Pero como digo, esto era en el pasado. En la crianza de M., ha habido un antes y un después con la llegada de unos dibujos, recomendados por una buena amiga, que han hecho de mis mañanas un remanso de paz. O casi. Os hablo, como no podía ser de otro modo, de la Gallina Pintadita. Son unos vídeos musicales, con karaoke y todo, ojo, en los que una serie de personajes adorables cantan, bailan, viven en un mundo de color. Está Mariposita, está Cucharachita, está el Gallo Corocó, está el Sapo, y está toooda la banda musical, incluido un saltamontes bajista que se pone el instrumento hasta por la espalda, a lo chulesco. No les falta detalle.
A veces, aunque yo mientras estaba embarazada pensaba para mí un montón de cosas tontas como que no sería tan mala madre de poner la tele a los pequeños hasta los tres años, hace falta tirar de animación. Y yo he creado un monstruo. Lo peor es que está en mi mano. Yo sé que la voy a liar cuando se lo pongo, pero a veces no me queda otra opción, necesito veinte minutos para lo que sea. Y aunque él no me lo pide, sé que una vez puesto el youtube, no hay salida: me espera un buen rato de fondo musical gallinesco.
No os penséis que M. se queda como un gatito de escayola mirando a la pantalla, no, no. A él lo que le mola es tenerlo de fondo. Mientras da vueltas a la mesa, Mariposita prepara chocholate para la madrina (y potí potí, pata de palo, ojo de vidrio y naris de guacamayo- yo), los pollitos van en busca del doctor y la palomita blanca se liga al apuesto palomo por la ventana. Y ay de mí como se pare el vídeo, o se acabe o se pire el internet o pase algo que interrumpa la sesión: M. se para en seco, esté haciendo lo que esté haciendo, señala la pantalla, frunce el ceño y grita: uuuuuuuuuuuh. El primera día hasta me acojoné. Pero bueno, le vuelvo a dar al play y recupero, así como por arte de magia, la paz en mi hogar.
Bueno, que a un enano de un año y veintiún días esto le guste, es maravilloso, es bueno, es educativo, es una buena estimulación y bla bla bla. Pero últimamente, estoy alerta. Estoy alerta porque han comenzado a pasar cosas extrañas en la casa: el otro día, mientras organizaba mis apuntes, me sorprendí cantando la canción del Sapo. En bucle. Una y otra vez. Hay que ver, pensé para mí, qué melodía tan graciosa. Pero cuando, a las doce y pico de la noche, ya en la cama, no era capaz de sacarme el soniquete de la cabeza, empecé a preocuparme. Durante todo ese tiempo que pasa desde que una empieza a dormirse hasta que se duerme del todo, fui incapaz de dejar de cantar el sapo no se lava el pie, no se lava porque no quiere.
Digo más, todas y cada una de las veces que me desperté esa noche -y son muchas veces las que me despierto de noche porque éste no abandona la teta ni a la de tres-, estaba cantando él vive en la laguna y no se lava el pie porque no quiere, ¡qué apestoso! Vamos,porque esos momentos amoroso-festivos entre padre y madre no suelen darse a esas horas con el enano de por medio, pero yo juro, aquí y ahora, que no hubiera sido capaz de estar en condiciones de darle al tema porque no hubiera podido dejar de cantar la canción del Sapo.
Y ya el remate me lo doy el padre de la criatura esa mañana, cuando se vestía para irse a currar: mientras se ataba las zapatillas, me pareció escuchar un fragmento del vídeo del pollito amarillito. Dije joder qué obsesión de verdad, qué acabe ya esta tortura. Pero no. No era obsesión: el padre me acabó confesando que hace días que no deja de canturrear la canción del pollito, que se tiene que quitar los cascos del iPod porque el pollito puede con Axl, con Dylan, con Chris Robinson, con Jagger.
Y él se fue cabizbajo al trabajo pensando qué hacer para sacarse al puto pollo de la cabeza, y yo me quedé en la cocina, tirada por el suelo de la risa que me daba de imaginarle camino del autobús, por las calles todavía casi sin poner de Galapagar, cruzándose con los trabajadores de la mañana como él, y cantando para sí: miiii pollito amarilliiiiito en la palma de mi mano (!de mi mano!), cuando quiere comer bichitos él rasca el piso con sus piesitos; él aletea muy felis pío, pío, pero tiene miedo y es del gavilán. 
Lo más chungo de todo, es que esto no tiene visos de cambiar. Tenemos -todos- Gallina Pintadita pa´rato.