La de los círculos

Hoy, por primera vez desde que nació M., nos hemos separado para un rato largo. Y no ha sido circunstancial o de casualidad, no, no. Esta separación forma parte de un plan serio, de un plan bien trazado que tiene como objetivo último el que yo, a estas alturas del año que viene, sea una profe de historia en algún instituto de la Comunidad de Madrid.

Preparándonos para la aventura
El plan es el siguiente: lunes, jueves y viernes, el nene se queda de diez a dos con mi madre, mientras yo me traslado a escasos kilómetros -creo que dos- a la biblioteca de la universidad a prepararme las oposiciones para el verano del año que viene.
Hemos empezado con buen pie, tanto el enano como yo. Bueno, el enano mejor que yo, todo hay que decirlo: cuando he llegado a por él un rato antes de lo que debería (ahora os cuento por qué), estaba con mi madre pisando con alegría una plancha de arcilla para dejar recuerdo embarrado de sus huellas a día de hoy. Anteriormente, habían recogido tomates del huerto, hecho el puré, echado la siesta, bailado el tiburón e ido a por el pan. En todo ese tiempo, yo me he enfrentado por primera vez a un temario de oposición. Tengo que confesar que la mañana se me ha ido en asimilar a lo que me enfrento, pero oye, como toma de contacto no ha estado mal.
He llegado a la biblioteca con mi cartera de toda la vida, sintiéndome como si no hiciera un año que no pisaba una universidad. He llegado a la bibliteca, he buscado un sitio dónde poder enchufar el portátil y he desplegado el campamento. Lo llevaba bien, ¿eh? Leer, subrayar, apuntar, resumir…oye, como montar en bici, que no se olvida. Estaba tan metida en mi mundillo estudiantil que tengo que confesar que casi, casi, casi, he conseguido no pensar en M. más de lo estrictamente necesario. Ni una miserable foto he mirado en todo el rato, ¡un record! Estaba yo misma asombrada de mi propia capacidad para concentrarme en el estudio, cuando ha pasado algo. He empezado a notar una sensación conocida, una sensación que ya empezaba a quedar un poco alejada en el tiempo, guardada entre el montón de recuerdos de los primeros meses de ejercer de madre: se me ha salido la leche. No había contado yo con el factor destete temporal al que iba a someter a M., el cual ha sido tan repentino que claro, ha terminado por rebosar.
Cuando me he querido dar cuenta, tenía dos círculos perfectos, uno en cada teta. Y no tenía chaqueta para taparme. Ha sido pasarme eso y de pronto empezar a sintonizar con las conversaciones que las estudiantes cuchicheaban a mi alrededor: qué te vas a poner para el viernes, qué tal el otro día con éste cuando os dejamos solos, qué coñazo de asignatura, calla que viene Fulano. En ese momento me he dado cuenta de que yo era una jovenzuela, sí, igual no tanto como ellas pero bastante próxima, con dos círculos de leche mostrando la capacidad de mis peras y pensando en que no tenía yogures para darle de merendar al churumbel. Me he sentido un poco abueli, la verdad.
En este momento, cuando he constatado que estaba soltando leche y que a mi alrededor las muchachas suspiraban por un polvete en el baño del Palacio de Gaviria,  he empezado a recoger el campamento y a intentar tapar el asunto lactante de la mejor manera posible, ya que tenía que enfrentarme a un buen trecho hasta el coche, un trecho plagaíto de pijazos fumando con los dedos estirados a la salida de la biblioteca que ya me habían mirado al entrar por desconocida – es un campus chiquitín-, y a los que voy a tener que ver tres días en semana mínimo durante varios meses. Como comprenderéis, no quiero ser conocida como la de los círculos.
En fin, al llegar a casa de mi madre bastante antes de lo que debería, ella y mi hermano  se partían de la risa, no sé si por los círculos delatores o por la carrerita que me he echado hasta M., mi M. chiquitín abandonado por unos cuantos apuntes y al que de pronto he necesitado abrazar fuerte, me han venido juntas todas las ganas de verle acumuladas de ese ratín en la biblioteca.
Pero más me vale acostumbrarme, a echarle en falta y a volver a ponerme discos absorbentes, por lo menos hasta que se regule el tema y mis pechis se acostumbren a que, de momento, se cierra el chiringuito de diez a dos.

La fama

Hay por ahí un dicho que reza: coge fama y échate a dormir. 

Esto, a mí, se me ha cumplido mogollón de veces. Mogollón. Por ejemplo: que se han perdido una llaves, a saber dónde las dejó Paula; que se queda el buzón abierto, ya le vale a Paula; que se destiñe una lavadora por una camiseta roja, ya ha puesto Paula la lavadora, ¿a que síííí?, y así hasta el infinito. Como veis, mi fama de desastre no es que me haya traído buenos momentos precisamente.
M. con su camiseta
Pero al padre de mi retoño, ay al padre de mi retoño lo bien que le ha venido su fama. El padre de lo que tiene fama es de melómano, de loco de la música, aunque acepto también que se le defina como friki. Yo misma se lo digo a menudo, pero como de estrangis:
-¿Qué haces, ordenando los discos por orden de edición o por orden cronológico según la fecha de fallecimiento del autor?
No, hombre, por categoría y fecha de primera edición, me responde serio, asomando la cara y la melena entre las montañas de discos.
Ah, bueno, me dejas más tranquila-, respondo yo.
El caso es que hay una tendencia clara, cuando un tipo como el padre de M. se decide a tener un hijo, mediante la cual se da por buena una premisa: la gente da por hecho que la descendencia también va a ser una loca de la música. De este modo, y desde unos días antes de nacer, mi chiquitico inquieto pudo contar entre sus pertenencias con, al menos, cuatro camisetas musicales: de Nirvana, de los Rolling, de los Ramones y de Aerosmith. Minicamisetas adorables que se escapaban de los dedos del padre de la pura emoción de imaginarse al niño con ellas puestas.
Son este tipo de camisetas que a nosotros nos molaron a tope y a los abuelos/tías/gente mayor de las respectivas familias, les horrorizaron más a tope si cabe: los niños con esas cosas parecen adolescentes, menuda horterada o esto antiguamente ni se planteaba para un recién nacido. Bueno, yo de recién nacido no se lo puse, básicamente porque no le valían. Y ayer, ayer fue el día en el que mi niño entró al fin en la camiseta de Nirvana que le regaló Ana. Oooooh yes.
La cara del padre cuando bajé las escaleras con el niño encaramao a mi cuello, enfundado en ese emblema del grunge que es la cara amarilla y sonriente de Nirvana, fue un poema, un poema de emoción y de alegría, de alucine total.
Se le fue el resto de la tarde en perseguirle alrededor de la mesa -su nueva especialidad- intentando hacerle una foto decente. Lo más fuerte del tema, es que, tras más de veinte intentos infructuosos e inservibles, creo que con foto decente el padre se refería a una foto más o menos como sigue: M. en actitud chulesca, con el pelete sucio a lo Kurt Cobain, e incluso, para rizar el rizo, le hubiera gustado que el nene, por su propio pie, hubiera hecho ese gesto tan rock, ese gesto mundialmente conocido con esos dos dedos hacia arriba que indica que lo estás gozando con el rock, que en ese momento eres el amo, el rey de la fiesta, el más heavy del lugar.
Lo que el padre no debe de saber es que yo creo, en mi humilde opinión, que el crío estuvo a punto de hacerle ese otro gesto, también con la mano pero esta vez con un solo dedo, ese gesto que se hace cuando uno está literalmente hasta las narices de que le llamen mientras intenta cruzar hasta el sofá sin apoyo; ese gesto que sale del alma cuando uno se harta de que le estiren la camiseta mientras intenta coger de entre uno de sus pliegues ese trocillo de galleta perdido; ese gesto que tanto te desahoga cuando te hacen una cresta por quinta vez cuando tú estás disfrutando a tope restregando el cogote por la alfombra medio de lao. Por suerte -para nosotros- o por desgracia -para M.-, todavía no sabe ni cómo se hace ni lo que significa ese gesto.
Al final dejó el tema de la foto por imposible, claro, y se lo comía a besos mientras se dirigían a la zona del grunge y buscaban el año exacto de publicación del Nevermind para ponerse a saltar como locos, con los pelos al viento en medio de nuestro salón, al ritmo de In Bloom.
Y la que tiene la foto bonita, la foto que no se esperaban, la foto que les recoge partidos de risa y vestidos cada uno con su camiseta de grupo musical, soy yo. :)