El arte de condimentar

En mi casa, tenemos desde hace bastantes años un serio problema con algunos condimentos. Pecamos por exceso, por equivocación o por omisión de los mismos, pero pecar, pecamos.
La primera experiencia sonada con este tipo de erores culinarios sucedió cuando mi hermano y yo teníamos cinco o seis años, y mi hermano -un año menor que yo-, estaba empezando a separar palabras por sílabas. Todo el día con la cantinela: chán-dal, dos; co-che, dos; co-le-gio, tres. Todo el santo día así, le recuerdo viendo un partido con mi padre y pasarse todo el encuentro marcando las sílabas con palmadas: li-nier, dos; en-tre-na-dor, cuatro. Un coñazo. Daban ganas de darle una co-lle-ja, bueno, una por cada sílaba.
Alimentos a salvo de condimentos maliciosos
Pero el chavalín disfrutaba, se sentía importante acertando tantas veces, así que nadie decía ni mú. Un buen día estábamos cenando, y de postre teníamos yogur. Nosotros no somos de esa generación a la que les ha enseñado desde pequeños a comer el yogur natural sin azúcar, así que era religión echarse las dos cucharadillas, remover bien y empezar a zampar. Mi hermano fue, con esas gafotas enormes que llevaba en aquella época, al armarito a por el azucarero. Lo miró fijamente, juntó las manos y dio tres palmadas: a-zú- car, tres. Y cogió el salero. ¿Por qué? Su teoría es que confundió el número de letras con el número de sílabas. La mía es que lo echó a suertes a ver si acertaba.
Como no podía ser de otra forma, se echó sus dos cucharaditas bien colmadas, removió, y zampó. No tardó ni un segundo en escupirlo. Y aquí viene la parte divertida, la parte que los dos maquinamos cada uno en nuetra cabeza sabiendo que el de lado estaba pensando exactamente lo mismo: lo volvimos a tapar así con la pegatinilla que había quedado pegada sólo por un lateral del envase, y lo llevamos de nuevo a la nevera. Como mi madre era una de esas madres que dejaba echa la comida del día siguiente la noche de antes, porque el horario no permitía otro sistema, no se pispó de nada, ella estaba a lo suyo entre fogones. Ya de noche, cada uno desde nuestra cama, oímos un grito (¡LA MADRE QUE OS PARIÓ!), seguido de bastantes palabrotas: mi madre se había sentado a comer el yogur pensando eso tan de madre: que alguno no lo habíamos querido y que era una pena tirarlo. Fue un momento glorioso para mi padre, quien llevaba años alertando del peligro de tener el azucarero y el salero del mismo tipo de cerámica talaverana, iguales, iguales, salvo porque en uno ponía azúcar y en otro sal, y pudo decir eso que mola tanto decir: yo esto ya lo había avisao. 
El segundo incidente fue unos siete u ocho más tarde, cuando vivíamos ya en Zaragoza. Mi madre es una experta en paellas, su paella es famosa en la familia entera. Mi padre es un experto en no dar pie con bola en el aspecto doméstico, y ese día había ido él a hacer la compra. Entre otro montón de cosas, trajo lo que todos pensábamos que eran unas latas de pimientos rojos. Bien. Mi madre hizo la paella, nosotros pusimos la mesa y no sé qué pasó en el último momento que mi hermana -tenía dos años- empezó a comer antes que los demás. La sentamos en su trona, esa que es como una silla voladora que queda flotando en un lateral de la mesa. Mi madre le sirvió su platito de paella. Mi hermana cogió su tenedorcito, le acercó al arrocito, lo cargó y se lo acercó decidida a la boca. Nada mas cerrar los labios, escupió el arroz y, sollozando, dijo: pica.
¿Cómo que pica? Come, hija, come, mmmmmm, arrocito qué rico– esta era mi madre.
Pica
-Va a picar, va a picar– mi madre, ya ligeramente alterada. Abre esa boca.
Y la abrió, la pobre. Y llorando mucho,  y escupiendo granitos de arroz, dijo: mami, pica.
Y este fue el momento en el que mi madre perdió los nervios -algo más teníamos que haber hecho durante la mañana mi hermano y yo-, y empezó a gritar, que toda la mañana en la cocina y la niña que no quiere comer…en fin, la escena os tiene que sonar. Pues bien, en medio de esta escena, surgió mi padre de entre las páginas del periódico y, lentamente, muy tranquilo, cogió su tenedor. Mientras se hacía el silencio entre el resto de miembros de la familia, lo acercó al platito de la niña, le acarició la cabecita, cargó el cubierto y se lo llevó a la boca.
Le cambió la cara en cuestión de segundos.
Esta paella pica. Pero pica mucho, pica que te cagas. ¡Traed agua a la niña!
Cuando ya se calmó, fuimos todos en procesión a la cocina, siguiendo los pasos y los farfullos de mi padre. Se dirigió a la basura, y nosotros le rodeamos. Metió la mano, y nosotros, que somos todos un poquito escrupulosos, nos alejamos de él. A los pocos segundos, se irguió con gento triunfal y exhibió bien alto la prueba del delito: el cartón de las latas de los supuesto pimientos rezaba: “alegrías riojanas”. Pimientos picantes, vamos.
Ese día comimos huevos fritos con patatas en la cocina, partidos de la risa, y desde entonces el recochineo cada vez que hay paella es monumental.
No he podido evitar acordarme de esos incidentes hoy, cuando estaba haciendo el puré de M. y he metido los dedos en el bote de azúcar con la intención de echar una chispita de sal. Me he dado cuenta de mi error cuando algo ya había caído…pero oye, yo creo que ni se ha enterado. Claro que también barajo otra teoría: es un goloso sin remedio, y vete tú a saber si es que he inventado el puré dulce y con la tontería le soluciono la papeleta a esas pobres madres de niños malcomedores… 🙂

In the middle

Que a veces hay que darle al bebé lo que sea, ya, ahora mismo, lo que esté más a mano para que nos deje acabar de comprar la fruta, es por todas sabido. M., claro está, no es una excepción. De hecho, de los bebés que me rodean, podría decir que es de los más cabezotas e inquietillos.
Un middle como otro cualquiera
A él ir en la mochila es que le encanta. Ve que me la estoy poniendo y se le forma una sonrisa todavía más bonita de lo habitual, da palmitas, me echa las manitas, en fin, se comporta como un niño al que le mola ir a la calle, vaya. A mí personalmente me gusta más sacarle en la mochila que en el carro: Galapagar es un pueblo sembraíto de regalos perrunos en las aceras, no hay rampitas, y mi casa está por así decirlo en la parte baja, de modo que para ir a la plaza, el centro neurálgico alrededor del cual se reparten todos los comercios vitales, tengo que tirar cuesta arriba, sortear obstáculos, subir escalones, bajarlos…este tipo de aventura diaria es demasiado para mí, me cuelgo al retoño y santas pascuas. Cuando tengas dos…cuando tengas dos, ya veremos cómo nos apañamos.

El caso es que mientras caminamos, no hay ningún problema: los pajaritos cantan, las nubes se levantan, M. parlotea, yo respiro, las abuelicas nos saludan, el mundo gira lento y maravilloso. Pero claro, casi todo paseo tiene una seria de metas, unos objetivos, más allá de estirar las piernas y hacer algo de ejercicio. Hay que hacer compras, hay que parar cuando encontramos a algún conocido, hay que saludar a los tíos en la panadería. Y esto de las paradas, es el punto débil de M. No lo soporta. Según nota que reduzco el paso, se va poniendo nervioso, se va poniendo tenso y, porque no puede hablar, que estoy segura de que si no me diría, mamá, no te pares por favor, quiero acción y no que me anden sobando los mofletes y dándome pellizquitos y pidiéndome con voz de pito ¡di hola, di hola, di hola!
Pero como parar hay que parar, se me ha hecho necesario, a lo largo de este año en el que madre e hijo nos hemos ido conociendo, llevar a cabo una serie de maniobras de distracción que me den ese margen de unos cuantos minutos que necesito para comprar o hacer las gestiones que sean sin parecer el correcaminos. Y esas maniobras no son otras que las mundialmente conocidas como darle cositas: trozos de pan, tickets, las llaves, hojitas que cogemos por el camino, un aspito alguna que otra vez.
Y las coge, las coge. Él las coge hasta que se aburre. Y cuando esto ocurre, no sé la razón, en lugar de hacer lo que hace cuando está en tierra -tirarlas a tomar viento fresco sin miramientos-, las va acumulando…ahí. In the middle. En mi canalillo.
No me importa, ¿eh? Con esto de la lactancia, canalillo hay pa´dar y tomar. Yo le dejo lo que necesite para distrarse esos minutos, y lo malo es que se suele olvidar. Y como él lo deja ahí y no se caen, pues ni me acuerdo… hasta que me tengo que acordar a la fuerza: las llaves si estoy frente a la puerta de casa ya de vuelta, el dni si tengo que pagar en la tienda de al lado…este tipo de cosas. Total, nada del otro mundo cuando los únicos humanos presentes en la faz de ese cacho de Tierra somos M. y yo.
Pero yo soy una mujer dispuesta, a mí cuando me parar por la calle y me preguntan, hago lo imposible por ayudar: si es la hora, saco el móvil de las profundidades de la mochila así me cueste diez minutos; si es un chicle, y después de repetir unas cuantas veces eso depero que si quiero o que si tengo, pues lo doy; que me preguntan por el parking municipal, pues si es preciso hasta les acompaño a la entrada. Y un día, pasó que me preguntaron por la farmacia, en la que casualmente yo había estado un ratillo antes, y donde había dado a M. un papelito de esos con los horarios de guardia que hacen en cada pueblo mientras esperábamos la cola, que ese día era larguita y de las de parejas de ancianos recién salidos del ambulatorio con el tocho de recetas.
pechis

Tipo otoño, sin riesgos.
Total, que al rato un hombre me paró:¿disculpe, la farmacia más cercana? Y era de esas veces que una se encuentra muy mal situada para indicar, porque hay que decir trece mil veces eso de la primera a la derecha, la tercera a la izquierda y otra vez a la derecha. Así que, mientras liaba la cabeza al hombre con tanta indicación, me acordé del papelito, donde hay un mapa con la localización de cada farmacia. Y acudí presta a enseñárselo. Y el papelito estaba ahí, bien arremetido hacia abajo, bien guardadito in the middle. Lo saqué como pude mientras me excusaba: un momento, parece que ya, a ver si ahora, ¡sí! !aquí! ¡tome!
Cuando me di cuenta de lo que acababa de pasar -y de lo que acababa de enseñar, porque en verano es complejo el tema del porteo discreto-, subí la mirada así lentamente, primero las pupilas y luego las gafas, y miré al hombre.
No sé quién pasó más vergüenza, si yo arrugando el papelito en la mano haciendo como que no le acababa de ofrecer el plano recalentao de ir entre mis pechis, o el hombre haciendo como que no había visto nada.
A ver si ahora que llega el otoño y las camisetas cerraditas, se soluciona el problema :)