Pobre Dimitri

Desde que llegó M., mi madre es una madre obsesionada con mi descanso. Se harta de decirme que es mucho más cansado trabajar en casa que fuera de ella, que criar a un niño es agotador y que tengo que descansar. Tal es su empeño – y se lo agradezco a tope, ella es la única para la que todavía aparte de mamá soy hija-, que hace unos meses, empezó con una campaña familiar cuyo objetivo era regalarme tiempo. 
Tiempo
Así, pasó de quedarse algunos ratos con el enano y darme túpers con manjares maternos que en determinados momentos pueden hacerte saltar hasta las lágrimas, al golpe de efecto, al regalo definitivo, al elemento que me iba a regalar ese tiempo tan fundamental para mí a ojos de mi familia: Dimitri.
Semanas antes de mi cumpleaños, en casa de mi madre se extendieron como la peste miradas cómplices entre ella, mi padre y mis hermanos. “Para tu cumple te vamos a regalar tiempo”Ah, decía yo, genial, y ¿cómo, si puede saberse? Pero no podía saberse porque allí nadie soltaba prenda. Al final me puse tan pesada que acabaron confesando que era algo electrónico. Lo dudé diez segundos, pasados los cuales grité : ¡UN iPAD! Como digo, lo grité, no lo pregunté. Y nadie me sacó de mi error, aferrados todos ellos a la voluntad de sorprenderme. Pasado el tiempo y mirando a Dimitri, me recuerdo pensando que en qué momento exacto yo vi que una tablet de esas me iba a regalar tiempo, pero oyes, que me cegué con el adjetivo electónico y me lo creí.
Pues llegó el día de mi cumple. Hice un rollo ártico para convidarles que es que quitaba el sentío, rico, rico. Despejé el enchufe más cercano al sofá donde pretendía que merendáramos para poner a cargar lo más rápido posible mi futuro ipad. Y llegaron. Y se sentaron, y se zamparon mi rollo ártico. Y llegó el momento de darme el regalo y mi padre trajo del coche un paquete gigante. Yo pensé: joe los de Apple, menudo embalaje gastan para algo tan pequeño. 
Rompí el papel rápido, emocionada, mientras M. me miraba alucinado y yo pensaba en lo bien que iba a escribir yo mis post desde el jardín o desde el parque con mi flamante tablet. Pero lo que apareció ante mis ojos no fue un ipad, no. Lo que apareció ante mi atónita mirada fue, nada más y nada menos, que Dimitri. ¿Quién es Dimitri?, os preguntaréis. Pues os preguntáis mal. La pregunta correcta es ¿qué es Dimitri? 
dimitri

Dimitri en acción, uno de los pocos días que trabajó para mí.
Dimitri no es otra cosa que un miniaspirador inteligente, un robot vaya. Un robot aspirador, ese elemento que, según explicaba mi madre, iba a regalarme todo el tiempo del mundo, porque tú lo dejas en la habitación que quieras y te vas donde sea y él solo, ÉL SÓLO, te limpia el suelo. 
Mi cara supongo que fue un poema, pero nadie se acuerda de eso porque lo único que todos querían era ver a Dimitri en acción. Le cargamos y se puso a rular. Todos le admiraban. Tiraban migas al suelo para ver cómo se las zampaba. En fin, se fueron y ahí nos quedamos el padre, el niño, Dimitri y yo, todos mirándole sin saber muy bien qué decir.
Total, que al día siguiente, cuando Dimitri todavía no tenía nombre, cerré la puerta del salón y retiré todo lo que pudiera molestar al señorito en su camino. Le dejé en el suelo, le miré y me salió del alma: a currar, Dimitri. Así fue como quedó bautizado. Para ir finalizando esta historia, os diré que nuestro idilio duró siete días, lo que tardé en meterle de nuevo en su caja. La razón: es un coñazo, así os lo digo. Hace un ruido infernal, le molestan las alfombras, le molestan las patas de los muebles, no entra debajo del sillón, te obliga a salirte del lugar en el que pongas y te ves como una boba encerrada en la cocina sin poder hacer nada mientras él olfatea el suelo en busca de la mierdecilla, a veces se pone cabezota con un rincón y se tira diez minutos estampándose contra el rodapié una y otra vez, como un coche teledirigido al que le han dejado el botón de acelerar todo el tiempo apretado. Vamos, que volví con alegría a mi mopa de toda la vida.
Cuando en mi casa se enteraron, se ofendieron bastante. Dimitri acabó allí, adoptado en casa de mi madre, y oye, parecía que estaban todos encantados. Yo llegaba y cuando le oía a lo lejos decía: ¿qué, ya tenéis a Dimitri currando? Claro que sí, hija, si es que es un gustazo, un ahorro de trabajo…oi oi oi, qué descubrimiento, qué desagradecida de verdad, mira que no usarlo. 
Pero esta mañana, raro en mí, yo llevaba llaves de casa mi madre, así que he entrado con ellas sin necesidad de llamar. Como ella estaba abajo, mi hermano arriba y M. tenía uno de sus momentos de paz interior y estaba calladito, nadie se ha enterado de que hemos entrado. De pronto, una voz ha bajado por la escalera: ¿mamáááá, saco a Dimitri? Y otra voz le ha contestado, en este caso subiendo la escalera: Nooooo, que creo que hoy no viene Paula. Pasa la mopa.
¡Os pillé!, he exclamado triunfal, sacando a M. de su ensoñación.
Cuando me he hecho presente se han echado a reír de mala manera, supongo que disfrutando de todo el tiempo que me la han estado dando con queso. A ellos tampoco les convence, lógico. Pa´qué veáis, les he dicho, muy digna yo. Pero lo cierto es que me ha dado pena por Dimitri, solito, en un rincón, mirándonos y sintiéndose, supongo, bastante utilizado. Casi casi me lo traigo de vuelta, pero no; de pronto me he acordado de mi no ipad y ahí le he dejado, al pobre, con su familia de adopción.
Pobre Dimitri.

Premonición

Eso que se ve ahí abajo es mi calle. Está formada por quince casitas, habitadas por quince familias, unas más raras que otras. Pero no es la rareza o no de esas familias la que más nos une o nos separa. Desde hace unos meses – un año, digámoslo claro, el tiempo que tiene el churumbel-, una se reconoce como perteneciente a un grupo gracias a los hijos. Antes te dividían por otros asuntos: estudiante, hippie, hortera, madrileña… este tipo de cosas. Ahora, la cosa es mucho más simple: madre o no madre (si no vas con el hijo y sigues siendo la misma, entonces puedes colarte en el grupo de las no madres y nadie se dará cuenta… hasta que abras el bolso y aparezca un mordedor, o te suene el móvil y lo primero que digas antes incluso de mirar quién es, sea: ¿que le ha pasado al niño?).
El escenario de la premonición
El caso es que aquí, en esta urbanización, hay alguna que otra familia con niños. Son familias como la nuestra, con niños que todavía son muy pequeños, es decir, que no andan, no corren, no salen solos a la calle. Por lo tanto, cuando nos encontramos los padres, nos sonreímos, nos preguntamos cómo se llaman los enanos, el tiempo que tienen… y poco más. He ido a caer en una comunidad de tímidos, qué le vamos a hacer.
Pero hoy, hoy ha tenido lugar un momento mágico, un momento que ha sido como preparado por los dioses para irnos poniendo sobre aviso. Una premonición. Resulta que cuatro de las cinco familias con hijos o a punto de tenerlos, nos hemos encontrado de frente y sin margen para recular. Una especie de encerrona infantil que hemos llevado como mejor hemos podido: asumiendo una realidad que ya planea sobre nuestras cabezas.
Era cerca del mediodía, en esa hora en la que la gente que curramos en casa solemos salir a hacer los recados que toquen ese día, a saber: el pan, descambiar unas zapatillitas que compramos pequeñas, comprar un pollo para hacer en el horno, ir al carpintero a preguntar cómo va ese tablero, acercarnos a la liberaría del pueblo a ver si tienen ya ese libro que encargamos y no termina de llegar. Era, como digo, esa hora, y los astros se han alineado para que saliéramos casi a la vez de nuestros respectivos hogares. Según cerraba yo la puerta de mi jardín, miraba cómo ellos cerraban la suya y me miraban a mí cerrar la mía. Claro, nos hemos encontrado en la calle.
Casi, casi podíamos ver los arbustos rodar por el cemento antiguo de la calle como si estuviéramos en el lejano oeste, mientras nos mirábamos como suspendidos en el tiempo con las piernas entreabiertas, cada uno desde la puerta de su casa. Silbaba el aire entre los árboles que empiezan a perder las hojas, nos quemaba el sol en la cabeza y la estampa que ofrecíamos era la siguiente:
En la parte de abajo de la calle, M. y yo. Yo mirando mi flamante plantita de stevia mientras cerraba y él en su mochila, poniendo en práctica la nueva modalidad: hacer el murciélago. Esto consiste en que no importa si donde va es pañuelo, fular o mochila…él se echa hacia atrás, formando un arco casi perfecto con su espalda, y se dedica a mirar el mundo del revés. A veces creo que esa debe ser la forma correcta de mirarlo para entenderlo y que M. es el único que se ha dado cuenta, pero ese es otro tema. El caso es que las otras tres madres y la otra pareja lo han visto perfectamente. Y en sus ojos se ha podido leer: así que este es el travieso.
En la parte superior, la pareja, que esta sí que era un poema: la nenita de tres años berreando en las rodillas del padre y los gemelos de dos meses, cada uno en su maxicosi, meneo va meneo viene de su madre mientras el padre cerraba la puerta y abría el coche. En los ojos de los demás se ha leído: la princesa destronada y los polluelos siameses.
Al lado, justo al lado de ellos, la madre misteriosa, con sus dos niños de tres y cuatro años, rubios como alemanes y educados como británicos que no sé por qué hoy no estaban en el cole y salían de casa los tres juntos. La lectura: estos son los tranquilitos, aunque igual son los mosquitas muertas y todavía no han dado la cara.
Y por último, en la parte central de la calle, la embarazada. En su cara gordita, mientras se acariciaba la  barrigota enorrrme y perfecta, todos hemos podido leer: o sea, que algo parecido a esta pequeña muestra es lo que me espera. Me ha parecido ver cómo daba hacía atrás un paso simbólico, un mejor me meto en mi casa y hago como que no estoy de siete meses.
paz

Uno de mis momentos de paz futura susceptible de ser perturbado por la pandilla de enanos
Pero no se ha ido y  nos hemos mirado por primera vez a los ojos todos juntos, los padres, mientras una frase flotaba en el ambiente: tú sabes que yo sé y yo sé que tú sabes que de aquí a un año y medio estos siete muchachos de edades parecidas harán pandilla y aparecerán corriendo en la paz de tu casa mientras te pintas las uñas para pedirte un bote de mermelada vacío para cazar una lagartija; o a pedirte permiso para ver una peli en mi casa; o a pedirte permiso para dormir en la casa del de más allá. Sabes que te tocará aparecer en la puerta de mi casa, en ropa vieja, a las nueve y cuarto de una noche de sábado buscando a tu chiquillo, que se le enfría la cena, para encontrarte con que a mí me había dicho que tú le habías dicho que se podía quedar a cenar y ya te lo tengo cenado y mirándote con carita de ángel inocente.
Sabes que nos tocará hacer de árbitro en partidos de fútbol en la parte de atrás, en discusiones, en peleas, sabes que nos tocará compartir cumpleaños y hacer la vista gorda cuando se enfaden y poner en práctica juntas ese complicado equilibro tan difícil de mantener cuando mi hijo haga algo malo y te den ganas de echarle la bronca pero te cortes porque es un tema espinoso.
Y con este tipo de pensamientos que salían como banderas luminosas de nuestros cerebros, nos hemos ido encaminando cada uno a nuestros quehaceres bajo el sol del mediodía.
M. se ha quedado mirando a los gemelos con una mirada que no he terminado de leer con claridad… creo que era una mirada entre protectora que decía yo os cuidaré, pequeños, en la jungla de nuestra calle, y que también decía ya os enseñaré yo cómo sobrevivir en esta jungla, ya, enanos inexpertos.
Como digo, una premonición. :)