Te casaste…

Hace unas cuantas horas que M. y yo hemos llegado a casa, tras un fin de semana en Zaragoza, donde hemos a la boda de una buena amiga mía. Tengo resaca, tengo agujetas, tengo nostalgia, tengo sueño y tengo un moretón en el trapecio que cuando me lo miro no tenga ganas más que de morirme. De qué tendrá ese desaguisado en el cuello, os podréis preguntar. Y yo os respondo: de seguir siendo la misma. No pierdo oportunidad ¿eh? 
Maleta para los dos
Una vez que estuvo claro que el padre no podía venir, surgió la discusión: ¿destetamos al niño así a lo bárbaro para irme sola a la boda, o adapto la boda al niño para que se venga conmigo? Por votación popular – M. no soltó la teta en lo que duró el debate-, tomamos la decisión número dos. Y ni me arrepiento ni me puedo imaginar una boda mejor.
Llegamos a la ciudad el viernes por la tarde como unos gitanillos: maleta, carrito, niño y mochila para llevarle. Ah, y amiga madrizaragozana que también iba a la boda desde aquí. Después de aprovechar la tarde para ultimar los regalitos de la novia y conocer a una persona maravillosa y a al bomboncito rubio y saltarín que tiene por hija (un besazo Rebe y Pauli, sois dos soles), llegó la noche que precedía al gran día.
Dormir en un hotel en una ciudad que ha sido la tuya, es extraño. Pero si una pretende dejarse llevar por la melancolía y ponerse moñas, ahí aparecerán las amigas a pegarle dos leches imaginarias y sacarle la tontería a base de buenos ratos: el niño dormido en medio de una cama gigante rodeado de mis amigas, una que se debate entre quedarse a cenar o irse a duchar, otra que  intenta pasar de la frase Querida Marta en una carta dirigida a la novia. En fin, se fueron cuando consideraron: en nuestra comunidad (como dijo el recién aterrizado novio de una de ellas cuando le robamos el sorbete de limón), todo se comparte. Habitación de hotel, sorbete, champán, bandeja del carro del niño para dejar los trastos de todas. Todo se comparte.
Total, que llegó el gran día y mi chal y mi bolso de pitiminí duraron lo que tardamos en entrar en la catedral y que el enano se empezara a morir de sueño: veinte minutos. En fin, mientras Marta daba el sí, quiero y los guiris inmortalizaban el momento esquivando al bedel repartecollejas y jodefotos (se ponía el colega delante de las cámaras con la manaza abierta mientras se acercaba haciendo aspavientos silenciosos), le dormí y le dejé en el carro. Del sueño que tenía -yo-, vino Laura a darme dos besos y le mire como si estuviera tonta. La paz, maña, que estamos con la paz. Ah, bueno. Me terminé de despertar con el pase de sables que le hicieron al novio -guardia civil- a la salida de la catedral, bajo el sol zaragozano y entre las palomas suicidas; digno de ver, de verdad, un momento muy surrealista.
Hombre, ir con un bebé a una boda en la que la única del grupo que ha tenido hijos has sido tú, hace que desentones un poquillo: zapatos planos, vestido fácil de desabrochar para no hacer mucho jaleo cuando tenga hambre, carrito y babykit de emergencia con todo lo necesario por si se caga, se mancha, se vomita, se mea, se pone febril, se escalabra, y otros cuantos ses posibles. Claro, esto también se nota a la hora de comer: en lo que tú te bebes una copa, tu vecina se ha bebido tres. Eso al principio, que cuando los compañeros de mesa empiezan a hacerse cargo del niño a ratitos, tú recuperas el tiempo perdido y comes y bebes todo lo atrasado y lo que consideras que te correspondería en el futuro, cuando el nene vuelva y haya que pasearle de nuevo por todo el salón.
En fin, que lo bueno llegó a la hora del baile: me até al niño en un pañuelo a lo bandolera -el naranja de la foto- a las seis de la tarde y me lo desaté a las diez y media. De ahí el moretón. Ahora que juro que yo ni sentía ni padecía, y el niño menos: daba palmas, se reía, me intentaba coger el martini, se ponía tibio de bizcocho con chocolate, jaleaba a los enamorados, los enamorados le jaleaban a él… De verdad que fue emocionante, disfruté de la boda a lo grande, lo mismo le plantaba besos en el remolino a M. que subastaba la liga de la novia y los calzoncillos del novio con le micrófono del dj a grito pelao (¿quién da más? ¿Nadie? ¡Qué son los calzoncillos de un guardia civil! ¡Ciento diez a la una, ciento diez a las dos, ciento diez a las….adjudicado!).
Hombre, de vez en cuando el niño me miraba un poco como diciendo pero qué es lo que he hecho yo para merecer una madre como esta, o la otra madre que había por allí prima del novio y más mayor que yo y que aguantaba a su bebé de la misma edad que M. llorando sentado en la trona, me miraba como diciendo pero qué ha hecho ese pobre niño para merecer una madre como esa. 
Pero el cómputo general es positivo: niño feliz y agotado, mamá feliz, agotada y con la raya waterproof tatuada al párpado, habitación tipo camarote de los hermanos Marx, miniresaca mañanera y juego de obstáculos hasta llegar a casa (de esto que vas consiguiendo objetivos y te va pareciendo mentira: despertarse a las siete, recoger la habitación, dejar el hotel, llegar a la estación, coger el tren, salir del tren, subir a la superficie, coger el coche, atravesar Madrid en plena vuelta ciclista, llegar a casa por fin) y fotos que lo dicen todo.
Cuando ayer se fue la última de mis amigas de la habitación, a continuar la juerga por ahí, por esas calles de Zaragoza que tanto he pateado yo también, me quedé pensando. Me dolía la cabeza y solo quería beber agua, pero mientras acariciaba la cabecita de M., dormido en body sobre la cama rodeado de mi colgante, de mi vestido, de las toallitas, de la chaqueta que Ana se dejó olvidada, de sus zapatitos sucios…pensaba en cómo encaja en mi vida, en que había hecho en la boda prácticamente lo mismo que si no hubiera estado él, en que se adapta a lo que sea mientras yo esté con él y le respete sus ritmos y sus necesidades, en que si no estuviera él yo tendría un agujero falto de alegría muy grande y no lo sabría, en que se puede volver a la adolescencia rodeada de amigas, recordando viejos tiempos, bailando el tiburón con la madre de la novia, repartiendo besos y abrazos de reencuentro, haciendo el loco con un micrófono… todo eso, como siempre, pero con M. colgado junto a mi, completando y haciendo todavía más feliz una reunión tan especial como la boda de una gran amiga.
Ah, y traigo una nueva enseñanza: disimulo de resaca y malestar general delante de vástago con olor a mustela y sonrisa de buenos días mami, vengo a dar caña y te necesito a tope. 
En eso, he sacado un diez.
Si me tuviera que puntuar ahora que por fin duerme y yo termino el post porque ya no doy más de mí…ya veríamos el resultado, pero no pasaba de suficiente. :)
*Enhorabuena Marta y gracias nenas.

Ay Enrique, Enrique

Hubo un tiempo, no hace muchos años, en el que me pateé cuanta autoescuela encontrara en mi camino, buscando la que se ajustara a mis circunstancias -a mi cuenta corriente- para poder sacarme el carnet de conducir que me habilitara para llevar autobuses y camiones. 
Sip. Siempre he sido un poco Fitipaldi, pero el tema de los vehículos grandes no me llamaba por la velocidad, pero sí por la nocturnidad. Transportista de noche, eso era lo que quería conseguir ser. Lo mismo daba de personas que de mercancías, pero que fuera de noche. En fin, era tanta la pasta que me pedían por sacarme el carnet que me quedé con mi corsa y mi nocturnidad justa, la de ir de casa de mi madre en la sierra a mi casa de Madrid a última hora de la tarde, o como mucho, hace muuuchos más años, de Zaragoza a Madrid algún domingo por la tarde, después de haber estado allí visitando a la familia el fin de semana. Me encanta conducir de noche, cómo suena la radio de noche, cómo brillan los carteles de noche.
Total, todo esto para dejar por escrito que hoy, hace bien poquito rato, me ha vuelto a asaltar con urgencia esta necesidad de carretera nocturna. Así rápidamente: mi hermano se ha roto un dedo (la noche en la que se alejó calle abajo al son de We will rock you, no coments) y no puede conducir porque lleva una escayola importante. En Galapagar son las fiestas y no se las pierde por nada del mundo, así que con todo el amor de buena hermana que sale de casa en pijama y minutos antes de que empiece la serie que le tieneenganchaíta, he ido a por él a casa de mis padres y le he llevado a la plaza a que se disperse un poco con los amigos, que el pobre desde que tuvo el percance parece que se ha quedado manco de verdad y casi no sale ni a la puerta.
Al volver a mi casa, ya sola, he sintonizado sin querer una emisora de radio que hacía bastante que no escuchaba, y que sin embargo en un tiempo fue la emisora de mis mañanas en la carretera de la Coruña junto a mi padre. Yendo juntos podíamos coger el carril rápido, nos ahorrábamos tiempo y nos dábamos conversación, era un plan perfecto. Así que de tanto oírla, nos hicimos fans de Enrique Marrón. Este pobre hombre, en un momento dado, empezó a decaer hasta decir una cantidad de tontunas mañaneras que le acabaron quitando, qué penuca nos dio… ese tonillo desenfadado, esas coñas sin gracias, esas cosas que a veces decía y tras las cuales se hacía el silencio hasta entre sus propios compañeros.
Pues hace escasos minutos, he descubierto que a Enrique lo que le pasaba ¡era que no encontraba su sitio! Pero ya lo encontró, vaya que si lo encontró: en un programa nocturno leyendo cartas -mails- que envían los oyentes contando sus historias, sus vidas, sus amores, sus duelos, sus sueños, sus desgracias…envían eso y sugieren una canción que para ellos fue importante, que les recuerda al momento que narran. ¡Qué bien lee! La piel de gallina me ha puesto contándome (porque parecía que me lo contaba a mí, qué bien lo hace) la historia de Vicente y María. Han sido diez minutos de viaje, no os penséis, pero si no hubiera sido porque tengo un chiquitico mamoncete esperándome en casa, hubiera tirado unos cuantos kilómetros más, no sé, mínimo a Segovia ¿no? Una horita escuchando otras vidas, asomándome en el silencio de la carretera a otras casas, a otras maneras de vivir.
En resumen, que lo que ha conseguido Enrique es que me vuelvan a entrar ganas de buscar autoescuelas para conducir de noche y escuchar su programa, que me haya quedado pensativa con la historia de amor de esos dos desconocidos y que me haya perdido la serie que quería ver.
Esta historia podría acabar aquí, claro, si no fuera porque al llegar y después de tardar dos minutos en abrir la puerta para que no chirriara… me he encontrado al padre y al hijo de fiesta. Yo le había dejado dormido, tenía mi colacao preparado para ver mi serie, la mantita para taparme los pies…y me encuentro con el enano más que espabilado y al padre,pandereta en mano, alentándole: ¡venga hijo, da la vuelta entera a la mesa!, y este tipo de cosas que te hacen partirte la caja a las cinco de la tarde y acordarte de medio santoral a las diez de la noche.
No he pasado del quicio, y mientras decidía si reír o llorar y les miraba incrédula se me ha escapado: el día que escriba yo a Enrique contándole mis cuitas…
Ahí andan, preguntándose mutuamente quién demonios es Enrique. :)