Tirar del carro

La cosa no puede -literalmente- haber empezado peor.

Nada más montarnos en el coche, M. se durmió. Parecía un buen presagio, yo tarareaba, el padre tarareaba mientras yo conducía, el sol nos acompañaba por la derecha dando ligeramente por culo, pero oye, nada que no remedien unas buenas gafas de sol (que evidentemente no llevaba conmigo). La cosa, pues, empezaba con un ligerísimo contratiempo al que decidí ignorar haciendo pantalla con la mano para no estamparme con el renault cargadito de niños que llevaba delante.Pasaron una serie de kilómetros con esta paz familiar, cuando a lo lejos divisé una caravana entre los montes. Bah, me dije, eso es por culpa del sol que deslumbra a los que van a tomar la curva y tienen que frenar, claro; cuestión de un minuto. Los cojones.
Cuando se hizo evidente que nosotros ya formábamos parte del final de esa caravana, M. se despertó. Aquí yo ya vi avecinarse el desastre pero no quise hacer caso. Metro a metro, el quejido pasó a ser llanto, y el llanto, berrinche. Berrinche con mocos, hipo, tos, lagrimones y enrrojecimiento cutáneo; un completo, vamos. Atrapados en medio de la caravana, la única solución fue que el padre saltase a la parte de atrás ( no sé si recordaréis  cómo era mi parte de atrás) y le intentase calmar. Intento tras intento, se hizo evidente que no había consuelo. En este punto se me empezó a salir la leche, así de buen rollo, para dar un poquito más de marcha al asunto. Paré como pude en la entrada de una finca, le saqué del coche y no sé cómo ni por qué, después de veinte minutos se calmó. Eso sí, cada vez que le acercaba de nuevo al coche comenzaba de nuevo a llorar y a trepar por mi tronco desesperadamente. En fin, conseguí volverle a sentar y cantando todo el repertorio disney, lo que no es disney y la madre que lo parió, nos acercábamos a nuestro destino. Los últimos 20 kilómetros fueron un dejà vu del rato de la caravana.
Cuando al fin aparqué delante de casa y salí del coche con la camiseta llena de leche, lás lágrimas río abajo por mi cara de la jodida desesperación de no saber cómo calmarle y una mala leche de flipar, se me acercó la adorable vecinita de toda la vida, la Rosa La Peseta, a decirme que soy una sinverguenza por conducir tan rápido. La mandé sutilmente a tomar por culo. En fin, M. todavía tendría unas tres horas de llanto inconsolable por delante que a toro pasao yo achaco a la desubicación que le produjeron la caravana y la casa del pueblo. Otra explicación no le encuentro.
Pero todavía quedaban más maravillas vacacionales por descubrir: se habían acoplado unos amigos de mis padres a la casa donde dormimos así que adios intimidad (que buena falta nos hacía porque el berrinche del niño nos había llevado a una bonita y dulce discusión), se nos había olvidado la cena, no salía agua caliente y mi hermano estaba montando pollo por whatsapp. Ah, la vida familiar.
Aunque me dejé llevar por el desánimo un buen rato – ahora mismo en cuanto bañe al niño y le de la teta nos volvemos a Madrid, menuda mierda de pueblo, me cago en las puñeteras vecinas, yo no tengo ganas nada más que de morirme– me bastó echar un vistazo a la cara de juez del padre para saber que si alguien tenía que tirar del carro, esa era yo. Y me puse a ello, vamos que si me puse. Conseguí al menos que nos fuéramos a dormir reconciliados con la vida y con el heredero (mírale qué bonico el cabrón cómo duerme con su manita cerrada).
Y esta mañana, a las siete y media, cuando se ha despertado M. después de tirarse toda la puta noche enganchado a la teta, el karma se ha a acabado de reir de nosotros: parecía noviembre, llovía y nosotros solo tenemos sandalias, tirantes y zapatillas de tela (estoy trabajando en esa capacidad innata a las madres de los porsiacasos).
¿Algo más? Después de blasfemar un rato frente a la ventana en gayumbos, oigo al padre que dice: ahora me dirás que tu madre echa pimiento en la ensaladilla.
Bingo.
Menos mal que yo el martes vuelvo a seguir siendo la misma en la entrevista, y aquí se las apañen suegra, tía, yerno y heredero.

¡Ay, madre!

Hoy venía en el coche con M. y de pronto me he acordado de una cosa.

Me he acordado de la inmensa alegría que suponía que mi madre llegara de trabajar. Solía ser bastante tarde, entre las siete y media y las ocho de la noche. Ella, cuando tenía mi edad, montó un negocio en uno de los primeros centros comerciales que comenzaron a funcionar en Madrid, se llama La Vaguada y aún hoy está en funcionamiento. El caso es que la mercería era el negocio de mi madre, muy bonito pero muy sacrificado, tan sacrificado que nos veíamos unas tres horas al día: una antes de irse por la mañana hasta que nos dejaba en el cole y dos al volver, más o menos.
El recuerdo que me ha invadido de pronto ha sido el de las tardes, después del colegio, jugando en la calle de la urbanización. Nos recogía una vecina, buena amiga nuestra, a la vez que recogía a su hija, Andrea, y nos tirábamos lo que quedaba de tarde haciendo deberes o jugando en la calle esperando a mi madre. El caso es que según pasaba el rato, mi hermano y yo dejábamos de estar pendientes del juego para estar pendientes de la verja. Yo le veía a él que alternaba miradas a la rayuela con miradas a la verja, carreras del pilla pilla con carreras a la verja, escondite con escondite cerca de la verja. Y yo, aunque él no se diera cuenta porque siempre ha sido menos sensible que yo para esos detalles, hacía lo mismo.
Nos divertíamos, lo pasábamos bien con los demás niños, hacíamos los deberes más o menos centrados…pero estábamos pendientes en todo momento de que la verja sonara y apareciera el morro blanco del coche de mi madre. Recuerdo perfectamente que había días que hasta se me caían algunas lágrimas cuando la veía aparecer, creo que de pura ansiedad que había ido generando durante la tarde.
Cuando ocurría que la verja comenzaba lentamente a abrirse, mi hermano y yo salíamos corriendo, esto era así. Ya podíamos estar en el mejor escondite de todos,  ir ganando al 21, estar empapados dentro de la piscina o dejar la portería de nuestro equipo vacía, que salíamos corriendo a toda leche la cuesta arriba. El que primero llegaba – habitualmente mi hermano, joder, siempre he sido una torpona-, abría la puerta del lado del conductor y se subía encima de mi madre, que yo creo que hasta le hacíamos daño a la pobre. El premio consistía en que ella echaba el asiento un poco para atrás y nos dejaba sentarnos encima de sus piernas a hacer como que éramos nosotros los que bajábamos el coche hasta nuestra casa, la penúltima de las quince que forman la urbanización. Era alucinante la sensación: con ella, conduciendo un coche y con todos los de la pandilla mirando embobados. Ah, el que había llegado el último de los dos se quedaba sentado en la parte de atrás como un pardillo mirando el panorama, pero disfrutando un poco de esa envidilla que generábamos en los demás niños.
Cuando llegábamos a nuestro sitio la ayudábamos a descargar si tenía compra, las bolsas con mil historias de la tienda que siempre llevaba y traía, su bolso o algún material que le habíamos pedido por la mañana para llevar al cole el día siguiente. Cuando la veía entrando en casa y reviviendo todos los objetos con su presencia -levantaba las persianas, hacía la cena, ponía la lavadora, nos preguntaba el tema mientras colocaba la compra, sacaba la cinta que habíamos dejado por la mañana puesta para grabar Willy Fog- me invadía la tranquilidad y la calma, la sensación de estar en casa.
Era un momento precioso, lo recuerdo con mucha nitidez porque realmente se me hacía eterno el día entero sin verla. Claro que luego empezaba con las espinacas y las pescadillas para cenar y el sentimiento cambiaba un poco ;)