Gafudo

Yo no sé si M. será zurdo, torpe, manitas, inútil para las mates, cabezota o bueno en los deportes.

Lo que sí sé a ciencia cierta – a no ser que venga la genética y me haga una pedorreta-, es que M. va a ser miope. Si todo sigue su curso normal, no va a ver lo que se dice ni tres en un burro. El padre tiene su dioptría y pico en cada ojo, y yo soy una cegata de las de denominación de origen: cuatro y cinco dioptrías se asientan desde hace muuuchos años en mis ojos.
Recuerdo perfectamente cuándo esta ceguera pasó a ser un hecho: con mi hermano jugábamos en el coche a ver quién decía primero los kilómetros que faltaban para llegar al destino que fuera: al pueblo, a la oficina de mi padre, a la tienda de mi madre, a Zaragoza. Yo siempre perdía, hasta que alguien (no sé si mi padre o mi madre) se percató de que no era porque fuera imbécil y no supiera cuáles eran los carteles en los que se indicaban los kilómetros, si no porque no veía nada de nada.
Así que con el diagnóstico casero –esta niña necesita gafas– en el bolsillo, nos fuimos los cinco a la óptica, donde corroboraron lo que mis padres ya sabían y me vendieron mis primeros lupos (en una familia de miopes se crea una jerga bastante graciosa): unas gafas de metal redondas que me hacían todavía más cara de pan.  Y así fue como comenzó mi andadura en este mundo de los miopes.
El caso es que yo creo que M. algo se huele porque tiene auténtico vicio con las gafas. Desde bien pequeñín se las queda mirando fijamente con el ceño un poco fruncido, pero es que ahora ha pasado a la acción: no sé cómo lo hace para que parezca que no te las va a pillar, pero en el momento en el que te descuidas….¡zas!, ha echado mano de las gafas y las exhibe con ademán triunfal en lo alto. Yo, que sin gafas es que ni oigo, comienzo a intentar recuperarlas, mientras el colega se las cambia de mano, abre y cierra las patillas y las mira embobado con una sonrisa que -intuyo- se le sale de la cara.
Y yo le miro como puedo, intentando enfocar, y le digo: tú ríete, jodío, ríete, que verás tú la gracieta que te va a hacer cuando te las esconda yo a ti. 

La música que amansa a mi fiera

Porque lo tengo comprobado, M. es un niño musical: la música amansa la fierecilla que lleva dentro.

En casa oímos música durante casi todo el día, desde antes de nacer él. Yo y mi hermana en nuestra habitación siempre la teníamos puesta, mi madre es de las que en el coche la lleva siempre a tope y mi padre es oír el primer compás de Sultans of Swing de los Dire Straits y empezar a taconear y a decir Ua!
Total, que en mi cocina nunca falta la radio puesta y un disco preparado para cuando se ponen cansinos los de Rock FM, que es bastante a menudo pero bueno, es tradición paterna tenerlo de banda sonora de fondo. Y sin embargo, además de este fondo que como digo oímos mucho durante el día – a mí me encanta hacer vida en la cocina, donde tenemos una mesa con el frutero y las sillas siempre preparadas para una buena tertulia con café, con brownie, con gazpacho, con lo que sea que haya estado cocinando, y un mueble en plan cajonera que me regaló una tía mía cuando nací, sobre el que está la minicadena donde ponemos la música, y donde se apoyan en bochornoso desastre los libros de cocina-, tenemos M. y yo una serie de momentos musicales a lo largo del día que son una joya para mí.
Me gustan las rancheras. Me encanta esa melancolía festiva y turbadora, esos cantos al amor perdido…total, que creo que se lo estoy trasladando a M. Mientras regamos en la mañana, últimamente nos acompaña una canción de Jose Alfredo Jiménez, Te solté la rienda, versionada por Maná. M. escucha, me oye cantar, mira el agua, se apoya en mi hombro, respira el aire fresco, me mira, se mueve a la vez que yo bailo despacio para no exaltarlo y que por lo menos sigamos lo que dura la canción en tan perfecta armonía, con la modorra todavía pegada a la piel de recién levantados los dos.
Pero no todo el día M. lleva este ritmo, ni mucho menos…de hecho, yo diría que Mick Jagger – su padre opina que le pusimos el nombre en su honor jajaja- sí que tiene algún tipo de conexión con él, porque el enano pide caña. Así que mientras recogemos lo básico en casa, y M. alterna brazos con ratitos de manta, con ratos de sofá… aquí suelen sonar a tope los Rolling Stones, The Doors, Elvis, Guns´n Roses, The Black Crowes, Los Héroes del Silencio. El colega se queda flipado con el volumen, con los bailes o con los estribillos hipermotivados de su madre dándolo todo en el salón.
Y cuando se acercan las Horas del Horror, la caña que pide M. va bajando poquito a poco y por la tarde nos acompañan Eli Paperboy Reed, Imelda May, Lila Downs, Mike Farris, incluso Elvis Crespo, Tito el Bambino, Los Coronas, Bunbury, Manolo García, Boney M., Amaral o Sabina. En este rato de por las tardes tienen cabida muchos artistas, artistas para bailar, artistas para escuchar, artistas que le canto bajito mientras me mira embobado, artistas que bailamos como locos dando vueltas en el salón. Oímos canciones que a mí me emocionan, que me ponen contenta, que me trasladan a momentos concretos del pasado…oímos canciones que poco a poco irán formando parte de la banda sonora de su infancia, como de la mía la forman todas las que nos cantaba y ponía mi madre a nosotros tres, y eso es algo que me hace muy feliz.
A veces de noche se desvela y abre sus ojos en la oscuridad, brillan muchísimo solo iluminados por la farola que está en el jardín; entonces, le canto bajito Somewhere over de Rainbow hasta que va poco a poco volviéndose a dormir. Yo tardo unos segundo más que él en volver a quedarme roque, y son esos segundos un momento acolchado en el que mientras resuena la melodía que le acabo de cantar, soy consciente de toda la vida que nos queda por delante para ir llenando de momentos de felicidad como los que en estos diez meses cantamos y bailamos a lo largo de los días.