De compras con las niñas

Una boda. Dos damas de honor de 16 años. Un centro comercial gigante. Dos vestidos iguales que encontrar. Menos de un mes para la boda. Protagonistas: las dos damas -mi hermana y mi prima-, sus madres -mi madre y mi tía-, M. y yo.
No sé cómo me he ofrecido, de verdad. Cinco largas horas recorriendo el centro comercial más grande que te puedas imaginar. Creo que se han debido de probar 27 vestidos. Otros 20 los han mirado del derecho, del revés, consultado a las madres, probado así por encima delante del espejo, para tras veinte minutos de dudas dejarlos tirados en cualquier rincón de la tienda porque habían visto otro que les molaba mucho más.
El que a una le quedaba como un guante, a la otra le hacía caderas. El que le quedaba que ni pintado a la otra, a la una le hacía una teta más grande que otra. Cuando había uno que les quedaba bien, las madres decían que ni de coña. Cuando había otro que les quedaba fatal, a las pipiolas les encantaba. Cuando había uno que me gustaba a mí, sus cuatro pares de ojos se clavaban en mí con una clara expresión: ni de coña. Cuando dábamos con uno precioso, sólo quedaba talla para una. La una es rubia, la otra morena. El blanco roto le sienta bien a una y como un tiro a la otra. La madre de la una es más moderna que la madre de la otra. Una es más de enseñar cacho que la otra. Y así durante cinco largas horas.
M. y yo de un probador a otro, sentados en el suelo en esta tienda, sentados en un sillón en la otra, dando pasitos sobre la mesa de las camisetas en la de más allá. Ahora me buscaba la teta, ahora me chupaba el hombro, ahora le pongo en el fular, ahora viene la abuela y se abalanza sobre ella. Ahora aparece la tía eufórica perdida entre tanto trapito y  le come a besos, ahora viene la prima y me le repeina diciendo por cuarta vez que a este niño hay que cortarle el pelo. El fin de la tarde se acercaba peligrosamente sin vestido cuando de pronto, ha aparecido EL vestido en un escaparate dentro de la tienda más petada de todo el centro comercial. Tres cuartos de hora después, M. y yo las vemos venir a las cuatro como salidas de un saloon el oeste, entre una nube de polvo, equipadas con el modelito: dos vestidos, dos fajines, dos pares de zapatos.
M. da palmitas, no sé si de pura desesperación por la tardecita que le he hecho pasar y que intuye llega a su fin, o porque las sonrisas de alivio de las madres – y de las damas, y de las damas- eran de lo más contagioso.
No sé yo si me volverán a pillar en una de estas. Aunque….nos hemos reído a tope, eso sí.

Recuperando el glamour

Sin apenas darme cuenta, he comenzado sin saber cómo a cambiar de etapa. Sí, sí, ha sido un cambio gradual que ha llegado sin avisar y que en realidad responde una rebeldía mía ante una serie de hechos que se habían asentado en mi vida con una pachorra, digamos, digna de un oso perezoso, sin la menor muestra de tener interés en marcharse de este mi cuerpito.
Hecho número uno: ya no me da igual ir por la calle con dos manchurrones circulares de leche en cada teta. Desde que me subió la leche, esto era el día a día: yo me levantaba, me duchaba, me ponía un erótico sujetador de lactancia con su correspondientes dos discos de lactancia a prueba de escapes -me río yo- y al cuarto de hora ya estaba con mis dos cicurlazos de leche brillando como faros triunfales para cualquiera que me mirara de frente. Por que sí, yo me ponía a hablar con quien fuera y la vista se les iba sí o sí al pechamen. No sé si por si el tamaño descomunal que alcanzaron durante los tres primeros meses las perolas o por las dos manchas de leche que, contumaces, se empeñaban en salir hora sí y hora también. Pues yo me acostumbré, oyes. Me cambiaba antes de salir de casa, claro, para salir decente…pero la cosa no duraba más de media hora o tres cuartos, en cuanto me descuidaba, aparecía de nuevo la sensación: un minidolorcillo en la teta, un qué se yo, un cosquilleo y un calorcillo que me anunciaba que ya estaba en camino la fuga. Me ponía al niño al pecho, y…!tachán!: la fuga comenzaba en la otra teta. Pero me daba igual, ya digo, me secaba como podía, me cambiaba los discos absorbentes y a tirar pa´lante. A veces ni me daba cuenta, y si alguien me decía algo, yo tan chula: ya ves, se me sale haga lo que haga. He de decir que a las personas mayores -abuelas y demás- les parecía una maravilla de la naturaleza, asentían con la cabeza y los morros apretaos y decían para sí: qué buena leche tiene la moza, qué bien se le va a criar, etc. Pues nada, que me he vuelto coqueta, que ya estoy harta de ir con los farolillos. También ayuda que ya se me sale menos la leche, y además suele ser durante la noche, así que perfecto. Ahora que ya ha salido un poquillo el sol me he quitado los sujetadores de lactancia y he sacado las reliquias con aro que resguardaban antes de dar a la luz esta divina delantera, y estoy encantada. Me saco la tetilla por encima y listo. No quiero más círculos de leche, ¡éa!
Hecho número dos: los pelillos. Por ser benevolente. Desde que día a luz (porque eso sí, el día del parto iba divinamente depilada pensando yo que aquello iba a ser un momento etéreo y no la realidad sangrienta que resultó ser), el tema depilación se ha movido entre la depilación de emergencia con la malévola cuchilla en la ducha a los momentos yeti. No me avergüenzo, a mí no me  daba para más. El invierno en ese sentido ha sido, digamos… duro. Ya cuando hacía un frío de esos tremendos y dormía con el pantalón del pijama por dentro de los calcetines, el espectáculo alcanzaba cotas altísimas de bochorno. Pero…esa etapa de pasotismo piloso ha llegado a su fin, y me he dedicado este fin de semana a una depilación lenta y minuciosa que me ha dejado las piernas como el culillo de M, más que listas para esos shorts divinos que están reclamando ya que los saque a airear, que ya está bien desde el verano pasado.
Hecho número tres: el pelo. Llevo sin pisar una peluquería casi dos años, alucino. Claro, esto llegó un momento en el que era totalmente insostenible, no pasaba el peine ni recién lavado el pelo. Así que…en una de esas aprovechando que padre e hijo estaban por ahí dando un paseo, dirigí mis pasos hacia el costurero, todavía no muy convencida de lo que iba a hacer…o de si me iba a atrever a hacerlo. Pero vamos que si me atreví, me pegué el primer tajo así frente al espejo con los ojos entornados, acojonadilla perdía. Como vi que no pasaba nada y que tampoco me había cortado mucho, seguí por el otro lado…y poco a poco me fui deshaciendo de una pesadísima carga que cayó al suelo del baño en forma de rizos negros que dio como resultado a una Paula más ligera, fue un corte totalmente feliz. No muy profesional, no muy igualado, con unas capas que en fin….pero a mí me sirvió, fue un alivio y una renovación que me vino de perlas. Pero el caso es que ha llegado el momento de que eso me lo mire un profesional y haga algo para que me pueda dejar el pelo suelto sin parecer Selma.
Y hecho número cuatro: el bolso. Desde que nació M. hasta que este cambio ha empezado a operar en mí, yo iba por la vida con una mochila -monísima, eso sí, de una tela de estrellas verdes turquesas sobre fondo negro- en la que cabía de todo, a saber: la cartera, las llaves, las otras llaves, el móvil, el ipod, una bolsita con una raya negra y un colorete,  tres dodotis, un paquete de toallitas, la crema del culo, un cambiador, la crema hidratante, el bote de colonia, monodosis de suero fisiológico, entre seis y diez muñecos de plástico para que M. los muerda mientras vamos en el coche, las llaves de juguete, un termómetro, un apiretal…vamos, lo normal. Como decía, la mochila monísima pero a mí me hacía silueta de dromedario, una chepa que ya quisiera Quasimodo. Así que ha llegado el momento de sacar mi mini bolso de verano en el que sólo caben las llaves, un billete y el móvil y reenviar la mochilaza a un lugar mucho más interesante….la bandeja del carrito.
Desde aquí me pongo en pie y despido con mi pañuelo blanco a esta etapa pasota…hasta el próximo postparto .