Premonición

Eso que se ve ahí abajo es mi calle. Está formada por quince casitas, habitadas por quince familias, unas más raras que otras. Pero no es la rareza o no de esas familias la que más nos une o nos separa. Desde hace unos meses – un año, digámoslo claro, el tiempo que tiene el churumbel-, una se reconoce como perteneciente a un grupo gracias a los hijos. Antes te dividían por otros asuntos: estudiante, hippie, hortera, madrileña… este tipo de cosas. Ahora, la cosa es mucho más simple: madre o no madre (si no vas con el hijo y sigues siendo la misma, entonces puedes colarte en el grupo de las no madres y nadie se dará cuenta… hasta que abras el bolso y aparezca un mordedor, o te suene el móvil y lo primero que digas antes incluso de mirar quién es, sea: ¿que le ha pasado al niño?).
El escenario de la premonición
El caso es que aquí, en esta urbanización, hay alguna que otra familia con niños. Son familias como la nuestra, con niños que todavía son muy pequeños, es decir, que no andan, no corren, no salen solos a la calle. Por lo tanto, cuando nos encontramos los padres, nos sonreímos, nos preguntamos cómo se llaman los enanos, el tiempo que tienen… y poco más. He ido a caer en una comunidad de tímidos, qué le vamos a hacer.
Pero hoy, hoy ha tenido lugar un momento mágico, un momento que ha sido como preparado por los dioses para irnos poniendo sobre aviso. Una premonición. Resulta que cuatro de las cinco familias con hijos o a punto de tenerlos, nos hemos encontrado de frente y sin margen para recular. Una especie de encerrona infantil que hemos llevado como mejor hemos podido: asumiendo una realidad que ya planea sobre nuestras cabezas.
Era cerca del mediodía, en esa hora en la que la gente que curramos en casa solemos salir a hacer los recados que toquen ese día, a saber: el pan, descambiar unas zapatillitas que compramos pequeñas, comprar un pollo para hacer en el horno, ir al carpintero a preguntar cómo va ese tablero, acercarnos a la liberaría del pueblo a ver si tienen ya ese libro que encargamos y no termina de llegar. Era, como digo, esa hora, y los astros se han alineado para que saliéramos casi a la vez de nuestros respectivos hogares. Según cerraba yo la puerta de mi jardín, miraba cómo ellos cerraban la suya y me miraban a mí cerrar la mía. Claro, nos hemos encontrado en la calle.
Casi, casi podíamos ver los arbustos rodar por el cemento antiguo de la calle como si estuviéramos en el lejano oeste, mientras nos mirábamos como suspendidos en el tiempo con las piernas entreabiertas, cada uno desde la puerta de su casa. Silbaba el aire entre los árboles que empiezan a perder las hojas, nos quemaba el sol en la cabeza y la estampa que ofrecíamos era la siguiente:
En la parte de abajo de la calle, M. y yo. Yo mirando mi flamante plantita de stevia mientras cerraba y él en su mochila, poniendo en práctica la nueva modalidad: hacer el murciélago. Esto consiste en que no importa si donde va es pañuelo, fular o mochila…él se echa hacia atrás, formando un arco casi perfecto con su espalda, y se dedica a mirar el mundo del revés. A veces creo que esa debe ser la forma correcta de mirarlo para entenderlo y que M. es el único que se ha dado cuenta, pero ese es otro tema. El caso es que las otras tres madres y la otra pareja lo han visto perfectamente. Y en sus ojos se ha podido leer: así que este es el travieso.
En la parte superior, la pareja, que esta sí que era un poema: la nenita de tres años berreando en las rodillas del padre y los gemelos de dos meses, cada uno en su maxicosi, meneo va meneo viene de su madre mientras el padre cerraba la puerta y abría el coche. En los ojos de los demás se ha leído: la princesa destronada y los polluelos siameses.
Al lado, justo al lado de ellos, la madre misteriosa, con sus dos niños de tres y cuatro años, rubios como alemanes y educados como británicos que no sé por qué hoy no estaban en el cole y salían de casa los tres juntos. La lectura: estos son los tranquilitos, aunque igual son los mosquitas muertas y todavía no han dado la cara.
Y por último, en la parte central de la calle, la embarazada. En su cara gordita, mientras se acariciaba la  barrigota enorrrme y perfecta, todos hemos podido leer: o sea, que algo parecido a esta pequeña muestra es lo que me espera. Me ha parecido ver cómo daba hacía atrás un paso simbólico, un mejor me meto en mi casa y hago como que no estoy de siete meses.
paz

Uno de mis momentos de paz futura susceptible de ser perturbado por la pandilla de enanos
Pero no se ha ido y  nos hemos mirado por primera vez a los ojos todos juntos, los padres, mientras una frase flotaba en el ambiente: tú sabes que yo sé y yo sé que tú sabes que de aquí a un año y medio estos siete muchachos de edades parecidas harán pandilla y aparecerán corriendo en la paz de tu casa mientras te pintas las uñas para pedirte un bote de mermelada vacío para cazar una lagartija; o a pedirte permiso para ver una peli en mi casa; o a pedirte permiso para dormir en la casa del de más allá. Sabes que te tocará aparecer en la puerta de mi casa, en ropa vieja, a las nueve y cuarto de una noche de sábado buscando a tu chiquillo, que se le enfría la cena, para encontrarte con que a mí me había dicho que tú le habías dicho que se podía quedar a cenar y ya te lo tengo cenado y mirándote con carita de ángel inocente.
Sabes que nos tocará hacer de árbitro en partidos de fútbol en la parte de atrás, en discusiones, en peleas, sabes que nos tocará compartir cumpleaños y hacer la vista gorda cuando se enfaden y poner en práctica juntas ese complicado equilibro tan difícil de mantener cuando mi hijo haga algo malo y te den ganas de echarle la bronca pero te cortes porque es un tema espinoso.
Y con este tipo de pensamientos que salían como banderas luminosas de nuestros cerebros, nos hemos ido encaminando cada uno a nuestros quehaceres bajo el sol del mediodía.
M. se ha quedado mirando a los gemelos con una mirada que no he terminado de leer con claridad… creo que era una mirada entre protectora que decía yo os cuidaré, pequeños, en la jungla de nuestra calle, y que también decía ya os enseñaré yo cómo sobrevivir en esta jungla, ya, enanos inexpertos.
Como digo, una premonición. :)

La pequeña república

Ayer hubo mucha gente en casa, celebramos el cumple del enano con los amigos y la familia más cercana. Hizo muy buen tiempo, así que estuvimos en el jardín hasta las doce o así que se fueron los últimos amigos, con sus dos niños dormidos, agotados, apoyados en los hombros y con los morretes todavía manchados de tarta.
El caso es que el jardín está al lado de la cocina, como todo lo fresquito estaba en la nevera, estábamos todo el tiempo pasando a ella. La gente entraba, se apoyaba en la encimera, se sentaba en un taburete, cogía una lata, se asomaba por la ventana, volvía a salir. Es una cocina grande, a mi modo de ver acogedora. Pasamos en ellas muchas horas del día, a veces viene gente y nos sentamos allí mientras hierve el agua de la infusiones o mientras sube el café, y luego nadie se acuerda de volver al salón.
En nuestra cocina hay siempre una mesa con mantel de tela, con una flores en el jarrón que cambio cuando me acuerdo, cuando se secan, cuando aparecen otras nuevas en el campo de al lado y nos acercamos en un momento a recogerlas. A veces huele a café, otras muchas a pan tostado. Ayer la compararon con un pueblo del Pirineo que siempre huele a chocolate. El horno es un horno activo, al que conozco bien y sé que calienta más de lo que dice, he horneado mucho ya en él. Escribo en mi ordenador mientras en su interior crecen los bollos, o las tartas de manzana, o se forma la base para hacer la tarta de limón que tanto le gusta al padre. Me gusta levantarme de vez en cuando, dejando a medias lo que escribo, acariciar la cabeza de M. que juega en el suelo con unas tapas de potito, y acercarme al horno. Oler el aire que se escapa de él. Intentar adivinar con mi ojo clínico cuántos minutos le quedan. Si M. empieza a quejarse por estar muy solo, le cojo, abrimos la ventana, miramos al gato.
Muchas veces suena la vieja minicadena, otras muchas escribo en silencio, o escuchando el parloteo de M., o los planes de la vecina con su novio calvo, que es que se oye todo. M. llega a la minicadena desde su trona, y a veces cambia y de pronto se oye a un locutor desconocido que parece que está sentado frente a mí en la silla de madera.
Mi cocina se transforma, y parece otra cocina cuando viene mi hermana y se agacha para sintonizar su dial, ese dial de música de fiesta, regetton, de música de bailar y saltar. Y veo cómo se llena el vaso de agua, o cómo abre la cocacola y se acuerda de las fiestas del pueblo, y canturrea esas letras pornográficas y se ríe porque se debe de acordar de algo que le pasó en el pub con esa canción de fondo.
Las paredes son amarillas, yo pego fotos, pego posters, pego calendarios, pego lo que sea. Escribo en ellas la altura de M. el día de su cumple, me imagino todas las líneas que acabarán apareciendo a lo largo de los años señalando alturas de más niños, de mis niños.
confeti
Restos de confeti

Es una cocina en la que se puede hablar durante horas. En la mesa se puede poner la máquina de coser, se puede conectar el ordenador, se puede pintar con acuarelas. Se podrán hacer deberes, repasar lecciones, tomar colacaos a última hora hablando de las cosas pendientes para mañana. Se pueden oír las noticias, leer a gusto, abrir las ventanas y respirar.

Ayer a última hora, rodeados de platos sucios, de montones de vasos con restos de fanta, de trozos de empanada abandonados, el padre y yo recogíamos los restos de la fiesta. M. dormía en el sofá, al fin, agotado y desconcertado, que hasta lloró cuando todos emocionados le cantamos el cumpleaños feliz y yo creo que él  pensaba qué les pasa a todos estos locos que parecen idiotas. Como digo, estábamos ya recogiendo los dos, descalzos, partiéndonos de risa con algunas cosas que nos habían hecho reír durante la fiesta.
Mientras yo zampaba brownie con helado de vainilla sentada en el suelo como si no hubiera mañana, le miraba a él poner el lavaplatos. Desde que llegó M. estos momentos de relax adulto son cada vez más fugaces (han sido sustituidos por otros momentos que nada tienen que ver pero que son mágicos también), y como ya se sabe que en una familia también se discute y se grita, cuando llega esta calma tras un día tan agotador es una verdadera maravilla ser consciente de esa paz doméstica y valorarla tanto como esos momentos de tormenta que forman parte también de la vida.
Sentada en el suelo, agotada y medio dormida, me acordaba de toda la gente querida que había venido, de la que faltó, de la tarta que hice a mi hijo con tanta ilusión, del jardín lleno de risas, de mi gente recordando momentos, del suelo del pasillo lleno de confeti con forma de Mickey que cayó del último regalito que le trajeron a M.
A veces, y sólo a veces, se llega una a dar cuenta de lo que realmente significa la palabra hogar.