Listillos

Hace un rato, he comenzado de nuevo a respirar.

La cosa empezó esta mañana, cuando de pronto he divisado una mancha oscura y bastante sospechosa debajo de mi coche. Nos hemos acercado M. y yo, cautelosos, a intentar averiguar si era mancha propia o ajena.
Era propia.
Llegados a este punto, el común de los mortales hace lo que tiene que hacer: saca los papeles del seguro y llama a una grúa. Yo, o la gente como yo, nos dedicamos a dar vueltas alrededor del coche a intentar averiguar cuál es la avería y si hay alguna manera, de este mundo o del otro, de arreglar el asunto sin pasar por el taller. Bueno, en estas estábamos mi chiquitín y yo, cuando ha aparecido el jardinero.
El jardinero es ese señor que lleva toda la vida arreglando el jardín de esta, nuestra comunidad, sin que nadie sepa cuándo lo hace. Por esas cosas que tiene la vida, hoy ha aparecido en el momento en el que la opción llamar de a la grúa empezaba a vislumbrarse como la única posibilidad real de salvar al cochecito, porque lo que había en el suelo no era nada más y nada menos que aceite. Mucho aceite.  Peeeeero, -siempre hay un pero-, resulta que rrraro, rrraro es el hombre que no se ve poseído por el espíritu de un mecánico cuando ve un automóvil en apuros. Luis, el jardinero fantasma, no podía ser menos:
-Niña, eso es aceite.
-No me digas, Luis. 
-Sí, tiene toda la pinta-. Se ha tirado al suelo. Se ha tirado al suelo y con su dedo índice, ha tocado la mancha metiendo la cabeza bajo el coche mucho más de lo necesario, más que nada porque la mancha salía provocadora hacia el centro de la calle, yo misma si hubiera querido, desde mi posición me hubiera podido agachar a tocar con mi dedo la mancha y corroborar que no era agua. Pero debe de ser que meterse todo lo posible bajo un coche para hacer un diagnóstico casero es lo más. Lo que decía, aceite– me ha dicho acercándome peligrosamente el dedo a la cara.
Pues ale, a llamar a la grúa. Gracias Luis, buen día.
Prepara perras, ¿eh? Prepara la tarjeta, niña, que eso es un pico.
¿Cómo que un pico? No, hombre, no, eso es una mancha de aceite de alguna pieza y listo. Fijo. –tiene que serlo, tiene que serlo, tiene que serlo me repetía en mi interior-.
Tu es que seguro que te has dejado el cárter en algún badén que has cogido a lo loco.
Sí bueno… -a la cabeza me han venido todos los badenes que he pasado en estos años sin frenar…lo que debería-.
Si es que claro, vais todas iguales y pasa lo que pasa…
Ehhhh…gracias Luis-.  Lo que me faltaba.. .mujeres, volante, peligro constante y todos esos tópicos repetidos por mis primos mil veces en la infancia. Crecer rodeada de machotes ha hecho que a mí estos chistes ya como que no, oye, que no me salpican, pero no estaba yo por la labor de argumentar con el señor, que tenía toda la pinta de empezar con la retahíla de lindezas masculinas del motor.
En estas estábamos cuando se ha sumado al cotarro otro vecino, el de los tres mil perros:
-Uy, aceite, malo. 
He hecho como que ya hablaba con el de la grúa, total pa´ qué. Pero ha salido otro más, el hippie. Este no tiene ni pajolera de coches, pero como es el líder de la comunidad tenía que meter baza. Es un buenazo. Y como repito, de coches debe saber lo básico, así como yo más o menos, y aunque también se ha mojado el dedo y me ha corroborado que es aceite, ha tirado por otros derroteros. Sus derroteros, vaya:
Que el calabacín que ha saltado a mi patio, que nos lo quedemos, que a la plancha es un manjar. Y yo que no hace falta, por dios, que estaba esperando a que terminara de crecer para pasárselo. Y él que no. Y los del seguro a lo suyo, pulse uno para asistencia el carretera, pulse dos para asistencia en domicilio, pulse catorce si ninguna de las opciones anteriores es su opción y necesita hablar con un agente. ¡GRACIAS! Y el hippie que no. Y yo que sí. Y él, que además, me va a acercar un par de tomates, que no me mueva. Y yo miraba a M. y le preguntaba bajito: ¿ y dónde nos vamos a ir?
Total, que mientras el hippie repartía panes y peces, el jardinero y el otro vecino han calculado: así a grosso modo, unos quinientos. Más I.V.A.
He dejado al niño en el suelo para hiperventilar a gusto.
Al de la grúa casi me lo como con patatas. Y el hombre era bien majete, ¿eh?, pero allá donde yo miraba, veía un 500 así en grande y un I.V.A misterioso que se sobreponían a todo. Menudo agujero a la cuenta, yo no hacía más que intentar calcular cuántas cajas de pañales eran esos quinientos más i.v.a.
El fin de la historia es que el del taller me ha tenido todo el día en ascuas -es que se ha sumado a la teoría del badén antes incluso de subir el coche al elevador ese y verle las tripas-, porque me ha dicho que si era el cárter, era una cifra maja. Y yo le decía, pero a mí háblame claro, Carlos, a mí háblame claro porque no es lo mismo quinientos que mil que veinte. Y él: veinte ya te digo yo que no. Y yo abrazaba a M. en su mochila y nos veía debajo de un puente, así a lo dramático.
Al fin ha llegado la llamada: sesenta euros, maja. A las ocho lo tienes.
He recuperado los años de vida que mis adorables vecinos me habían quitado de buena mañana. Ganas me han dado de llamar a sus puertas y de buscar al jardinero por todo el pueblo y decirles a los tres:
– No ha sido un badén cogido sin cuidado, listillos. Licenciaos, que sois unos licenciaos.

La venganza del bucanero

Yo soy una madre un poco pesadita. Lo reconozco.

Todas las mañanas le lavo el culillo al enano antes de vestirle. Le embadurno de crema. Le echo nenuco como si fuera el elixir de la vida. Todo esto para que a las pocas horas, no sé cómo, M. huela a M., que no es otro olor que el del jabón, la crema y el nenuco mezclado con otros olores únicos de cada nene: el remolino de su cabecita, sus manitas, su cuello y sus mejillas.
Pues bien, mi pequeño diablo de Tasmania tolera todos los pasos higiénicos de la mañana más o menos bien. Todos menos uno: la crema hidratante en la cara. Este paso es algo superior a sus fuerzas, este paso es el paso que más le jode del mundo mundial. Tan mal, tan mal lo lleva que me lo tenía guardado, y esta mañana ha llevado a cabo su cruel venganza.
Habitualmente, esto de vestirle lo hago en la habitación. Le saco del baño envuelto en su toalla, le tumbo en la cama y ahí comienza el festín: crema, dodotis, body, camiseta, pantalón, colonia y crema en la cara. En realidad la crema en la cara debería dársela antes del dodotis y olvidarme, pero es que si hago eso ya se enfada y vestirle es un rollo. Así que lo dejo para lo último para que dure poco. Bueno, como digo, esto lo solemos hacer en la habitación.
Sin embargo, esta mañana ha acontecido algo: una bombilla del baño ha explotado y el suelo se ha llenado de cristalitos, saliendo alguno de ellos hasta la habitación. Como me daba miedo que la largatijilla que tengo por hijo se pinchara en alguna de sus incursiones al suelo, he cogido el material y me he trasladado al salón, con M. enrollado en la toalla como un romano, con las tetillas por fuera.
Allí le he vestido, y en un momento dado se ha escapado del sofá y se ha puesto de pie sujeto a la mesa, su nueva especialidad: sin apenas rozarla, él la rodea una y otra vez. Andar lo que es andar, no anda. En cuando se nota sin apoyo cierra los ojos y se le pone cara de “que sea lo que dios quiera que me la voy a pegar“. Pero bueno, él con la mesa se apaña bastante bien. A decir verdad, se apaña cojonudamente bien. Ha ido perfeccionando la técnica hasta hacer unos cambios de dirección fascinantes, y los hace con una agilidad tal que nos dejan boquiabiertos, asimilando cómo es posible que no sepa gatear y sí sepa cruzar los pies en un segundo y darse la vuelta antes de que nos dé tiempo a gritar “agarra a ese niño que se mata“.
Bien. Que soy una payasa ya os lo he contado. Así que esta mañana, así por que sí, me ha dado por atarme un pañuelo a la cabeza y decidir que jugábamos a los piratas mientras le vestía. ¿Por qué? No lo sé. Además es un poco como jugar sola, porque M. enterarse, lo que es enterarse, se entera más bien poco, para él estoy haciendo el subnormal como habitualmente pero con un pañuelo tapándome los rizos de loca que tengo por la mañana.
En un momento dado, cuando ya habíamos dado todos los pasos anteriores, ha llegado el momento de la crema en la cara. M. estaba en un lateral de la mesa, y yo en el otro.
-¡No huyas, cobarde! Te embadurnaré el rostro como tú se lo embadurnaste a mi padre, el capitán de aquella nave. 
– Quisi quisssss brrrr pitucum
-¡Ven aquí, bucanero huidizo, que te voy a untar crema hasta por la pata de palo!
Y cuando he dicho pata de palo y creí que le cazaba, me ha hecho un quiebro de esos espectacular y he visto pasar mi vida a cámara lenta: me he tropezado con la pata de la mesa y me he metido una galleta de las que hacen época, que menos mal que estábamos solos los dos porque si me hubiera visto alguien con memoria, me hubiera perdido el respeto para siempre jamás.
Ya digo que he visto mi vida pasar, pero además, he visto más: he visto el móvil demasiado lejos de mí como para si me hacía algo poder acercarme a cogerlo; he visto -con alivio- que había dos cojines cerca de M. que habían caído mientras jugábamos y que en caso de yo quedarme en el sitio, le servirían para amortiguar el posible golpe que se daría si se caía; he visualizado las braguis que llevaba, en un momento madre total: si me tienen que venir a buscar en ambulancia, iré presentable y con unas braguitas decentes.
Cuando por fin he llegado al suelo, he constatado dos cosas: que no me había matado y que M. se estaba partiendo de risa en la otra punta de la mesa. Y entonces me he mirado: el pañuelo en la cabeza, el bote de mustela en una mano y el pegotón que pretendía extenderle por la cara, en la otra mano; mano que se había quedado durante toda la caída en esa forma de U propia de tener algo en la palma y no querer derramarlo y que no sé por qué razón, sostenía por encima de mi cabeza.
Me he dado cuenta entonces de que ha sido todo una estrategia vilmente planeada por M., mi pequeño bucanero, para vengarse de todas las mañanas extendiendo sin resuello lajodía crema en su carita rechoncha.
Por supuesto, hoy se ha quedado sin su dosis :)