Hace un año

Hace justo un año, ese de abajo era mi cuerpo; a las pocas horas, me puse de parto.

Y aviso de que no soy capaz de escribir nada ordenado, nada conexo, tengo mil ideas, tengo como electricidad en el cuerpo, ha sido un día intenso emocionalmente para mí y no soy capaz de atarlas y entregarlas con orden. Lo siento ;)  Además ha sido un día agotador: gente, hornear, mirarle, darle mil besos, hacer café, hornear sin gluten, poner lavaplatos, aguantar familia política, familia propia, revisar una y otra vez las miles de fotos que documentan este año, alguna que otra llorera de emoción, de confusión.
Hace un año yo sólo sabía que iba a tener un hijo, y estaba más o menos preparada: maletita, dodotis, cochecito… esperaba tranquila a que llegara. Y cuando lo hizo, me di cuenta de que no tenía ni idea. Pero lo que es ni idea.
No puedo evitar acordarme de todos los detalles del parto, leerlos una y otra vez en el texto que escribí. Me recuerdo dolorida, un poco ida, me recuerdo pensando que no lo soportaría, me recuerdo sacando valor mientras me agarraba a la camilla y me decía que podía con ello. Recuerdo la mala leche que tenía, lo mal que contestaba al padre, lo bien que me contestaba él. Recuerdo verle por primera vez, recuerdo mirarle alucinada, recuerdo llorar encima de su cabecita pringosa. Recuerdo que luego tuve unas horas de subidón en las que solo quería comer -el parto me dejó hambrienta- y en las que no quería soltar el niño en la cuna transparente del hospital. Recuerdo cómo ya entonces alguna visita me habló de malcriarle. Recuerdo el esfuerzo que hacía por mamar, y lo comparo con la agilidad con la que lo hace ahora. Recuerdo cómo me retorcía para darle la teta delante de la familia política, qué vergüenza me daba.
Recuerdo que las cosas estas de déjale llorar que se le ensanchan los pulmones, tardaron poco en no parecerme muy acertadas. Recuerdo a mi hermano diciéndome que tenía la barbilla muy echada pa´tras y que qué feo era (le recuerdo a la semana diciendo que no había visto niño más guapo en su vida) :)
En fin, ha pasado un año y me veo recordando momento puntuales, fotos que veo y en las que puedo evocar hasta el olor, y otras que no sé cuándo ni cuándo se hicieron. Recuerdo las mañanas soleadas en mi piso de Madrid, los paseos por el centro con el niño dormido en el fular y la alegría que yo sentía solo por notar el sol y su respiración, y cómo me sentía culpable por poder disfrutar de ese regalo maravilloso que era estar con él todo el día: él y yo para comprar, para dormir, para fregar, para llorar, para desesperarnos, para conocernos, para entendernos, para por fin ir aprendiendo a vivir el uno con el otro.
Ha pasado un año en el que no nos hemos separado – esto es cierto, constatado- más de diez horas. Diez horas en 365 días. Sé que puede sonar agobiante…pero simplemente es raro para los días que hoy vivimos. Yo no he querido separarme más de él.
En fin, hace un año, y aunque hace cuatro horas que ya lo tenía conmigo, no sabía lo que era tener un hijo, lo que supondría criar a un niño. Pasado un año no es que lo sepa todo, pero algo más sí voy vislumbrando: no es de mi propiedad, no es como yo, no le gustan algunas cosas que yo he intentado que le gusten; cuenta conmigo para todo, sabe que le atiendo en lo que necesite, sabe que nunca le niego un beso o un abrazo o un aupa cuando le hace falta; me quita las manos cuando se siente seguro para andar sujeto a la mesa, me retira los brazos cuando quiere estar solo y me los busca cuando necesita contacto; es un mono de repetición: sabe abrir un libro y mirarlo con atención, sabe cómo se utiliza un cepillo de dientes, sabe cómo se usan los cubiertos y los vasos, sabe cuándo me enfado o sabe que algo va mal si gritamos el padre o yo.
A menudo visualizo a M. como un icono de esos de la batería del móvil, e intento que se mantenga siempre a tope. Espero que en este año se haya gastado prácticamente nada, a fuerza de cariño y de, por qué no decirlo, mucho sacrificio. Espero que su pila de autoestima, de seguridad, de fuerza, de valentía, de no prejuicios ni perjuicios, de ganas de aprender, de reír, de seguir conociendo el mundo, esté a tope; espero que mi manera de tratarle, nuestra forma de criarle y educarle, no esté tocando en la medida de lo posible su inocencia y su pureza, esa manera limpia de enfrentarse al mundo.
Mi padre hoy no ha podido verlo, está de viaje. Me ha llegado un mensaje suyo -el hombre el tema del whatsapp lo tiene en asunto pendientes: “Decía Juan Jacobo Rousseau, que la infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir. Nada más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”. He estado más de media hora dándole vueltas mirando el mensaje. Mi padre siempre hace regalos como sustos, como pancartas, como abrazos de viejo sabio.
Hace un ratito, cuando se ha ido los últimos familiares, y todavía con la mesa llena de vasos y platos, de servilletas arrugadas y de latas de cocacola, hemos estirado a M. en una de la paredes de la cocina y, tras apoyar el rotulador en su cabecita, hemos hecho una marca que indica lo que mide hoy. Al lado de la marca, la fecha: 18 de septiembre de 2013, con mi letra de niña insegura. 
Hemos aplaudido tras hacerlo, le hemos abrazado, nos hemos reído como bobos los tres en la cocina. Y por centésima vez en el día, le he deseado feliz cumpleaños, mi amor, feliz vida.

Básicos vitales

Hace un tiempo escribí una entrada con los básicos vitales que quería para M.; hoy me tocan los míos, que son casi todos mucho más terrenales :)

Un básico vital para mí desde que soy mamá es el tiempo. Tener tiempo, intentar no hacerlo todo a la carrera, intentar disfrutar de lo que hago: un bizcocho, un guiso, un post, planchar con esmero una camisa importante, estudiar un tema, beberme una cocacola mirando al sol, darle crema a M. después del baño, conducir hasta el lugar al que voy, sin prisas, disfrutando del camino. Intento por ello no enfadarme cuando M. me pide mucha atención y yo quiero hacer otra cosa, intento ponerme en su lugar y entonces me lo cuelgo y hacemos los que sea juntos. A veces es necesario, fundamental, hacer algo sin él -bien porque no puede ser, como freír un huevo de esos asesinos que saltan hasta la otra pared, o bien porque quiero estar sola un rato- y entonces tengo que adaptarme y esperar a la tarde, cuando llega el padre, para hacer lo que necesite.
Otro básico, el descanso. Por eso en esta casa no hay lloros a la hora de dormir, no hay paseos nocturnos, no hay tomas de reloj. Creo que es necesario que todos estemos lo más descansados posible por las mañanas, despertar y al menos saber que tenemos la pila más o menos cargada para comenzar un nuevo día y llegar con el mejor humor posible a la hora horrible del baño y la cena. Además, estoy observando un acontecimiento que es el contrario de lo que me vaticinaba mucha gente: M. cada vez pide más su espacio, cada vez necesita sentirme menos a su lado al dormir, cada vez mama menos de noche. Poco a poco irá saliendo de mi cama, cuando él quiera, cuando él pueda.
Humor. En esto es que encima hemos ido a más. Yo ya de por sí, era bastante payasa. Ahora ya, con este niño que es de un agradecido que llama la atención en cuanto a regalar risas como recompensa a mis tontunas se refiere, la cosa va creciendo de una manera exponencial. De cualquier situación sacamos una escena de sainete. Hay días que cuando llevo dos horas y media agachada dando pasos con el niño, y llegan las doce y la cama sigue sin hacer y el niño parece que pasa de echarse la siesta de la mañana, y aparece el suegro y yo estoy en pijama y con los pelos tipo hidra… estos días la verdad es que tengo momentos en los que se me cruza la nube negra y a punto estoy de cabrearme con el niño, ya veis…como si él entendiera lo que es hacer una cama. Pero consigo casi siempre contenerme, darle la vuelta a la situación y encontrar lo gracioso del tema, a saber: aparece el suegro y tengo la teta fuera y no me he pispao; al agacharme por quincuagésima vez para ayudar a andar a M. me quedo encasquillada a lo Quasimodo; aparece el cartero y le tomo el pelo desde la ventana de la cocina; revivo capítulos de Friends, que lo reponen por las mañanas, y me parto de risa al acordarme de los diálogos.
Internet. Esto es fundamental: que el niño hace el año, “habilidades del bebe de un año”; que se acaban los ocho cereales, “cuándo introducir ocho cereales con miel”; que me sale una perla de leche, “perla de leche lactancia nueve meses”; que Iker no sale de titular, “Iker titular Real Madrid Carbonero embarazo” (qué pasa, a mi es que esta pareja me llama la atención); que te acuerdas de pronto de un autor, de un cuadro, de un personaje histórico, del tutorial para hacer la guirnalda, de la receta de aquella tarta… ya digo, fundamental.
Las amigas: esas risas tontas, esas conversaciones por whatsapp en las que lo mismo se mezclan los inocentes qué tal estás con detalles bastante explícitos de encuentros amorosos, esa manera de emplear el tiempo que consiste en recordar momentos pasados, en reírse de ellos, en sentirte parte de un grupo especial. Ser de apoyo para una amiga en problemas, que te apoyen a ti cuando has discutido con el padre y todo parece venirse abajo, o cuando te han despedido y sólo escuchas en tu cabeza a los Pistol diciéndote no future for you. Que esas amigas se sientan prácticamente tías de tu hijo, que entren en tu casa sin vergüenza, que se descalcen…las amigas.
Y un básico de los fundamentales: la abuela y por extensión, la familia. Túpers, llamadas, recados, ratos con el niño, remedios caseros, consuelo, consejos, recuerdos, recetas, fotos. Qué más puedo decir de ellos :)
Hay muchos más: algún rato de lectura, algún rato de escritura, el bienestar de hacer lo que me había propuesto en ese día, que M. coma muy bien, verle dormir – tanto porque le veo tan tranquilito y relajado, como porque me quedo tan tranquilita y relajada-, terminar el capítulo que me tiene ocupada para sentir que sigo avanzando en el estudio, hacer punto, pintarme las uñas, beberme un colacao hiperfrío, que lleguen las nueve y saber que tengo dos horitas y pico hasta la hora de dormir en las que me tiraré en el sofá a relajarme.
Definitivamente, cuando llegan los hijos la vida cambia y ellos son prioridad, pero es tranquilizador saber que una sigue teniendo sus mundos, sus espacios, esas cosas necesarias para seguir alimentando el cuerpo y el espíritu y sin las que es imposible seguir siendo la misma que una era antes de dar a luz.
Por cierto, mi rato de relax de las nueve se ha ido al garete: el Madrid ha metido gol y el padre y su grito triunfal se han olvidado de que tienen un hijo.
Gajes del oficio. ;)