La venganza del bucanero

Yo soy una madre un poco pesadita. Lo reconozco.

Todas las mañanas le lavo el culillo al enano antes de vestirle. Le embadurno de crema. Le echo nenuco como si fuera el elixir de la vida. Todo esto para que a las pocas horas, no sé cómo, M. huela a M., que no es otro olor que el del jabón, la crema y el nenuco mezclado con otros olores únicos de cada nene: el remolino de su cabecita, sus manitas, su cuello y sus mejillas.
Pues bien, mi pequeño diablo de Tasmania tolera todos los pasos higiénicos de la mañana más o menos bien. Todos menos uno: la crema hidratante en la cara. Este paso es algo superior a sus fuerzas, este paso es el paso que más le jode del mundo mundial. Tan mal, tan mal lo lleva que me lo tenía guardado, y esta mañana ha llevado a cabo su cruel venganza.
Habitualmente, esto de vestirle lo hago en la habitación. Le saco del baño envuelto en su toalla, le tumbo en la cama y ahí comienza el festín: crema, dodotis, body, camiseta, pantalón, colonia y crema en la cara. En realidad la crema en la cara debería dársela antes del dodotis y olvidarme, pero es que si hago eso ya se enfada y vestirle es un rollo. Así que lo dejo para lo último para que dure poco. Bueno, como digo, esto lo solemos hacer en la habitación.
Sin embargo, esta mañana ha acontecido algo: una bombilla del baño ha explotado y el suelo se ha llenado de cristalitos, saliendo alguno de ellos hasta la habitación. Como me daba miedo que la largatijilla que tengo por hijo se pinchara en alguna de sus incursiones al suelo, he cogido el material y me he trasladado al salón, con M. enrollado en la toalla como un romano, con las tetillas por fuera.
Allí le he vestido, y en un momento dado se ha escapado del sofá y se ha puesto de pie sujeto a la mesa, su nueva especialidad: sin apenas rozarla, él la rodea una y otra vez. Andar lo que es andar, no anda. En cuando se nota sin apoyo cierra los ojos y se le pone cara de “que sea lo que dios quiera que me la voy a pegar“. Pero bueno, él con la mesa se apaña bastante bien. A decir verdad, se apaña cojonudamente bien. Ha ido perfeccionando la técnica hasta hacer unos cambios de dirección fascinantes, y los hace con una agilidad tal que nos dejan boquiabiertos, asimilando cómo es posible que no sepa gatear y sí sepa cruzar los pies en un segundo y darse la vuelta antes de que nos dé tiempo a gritar “agarra a ese niño que se mata“.
Bien. Que soy una payasa ya os lo he contado. Así que esta mañana, así por que sí, me ha dado por atarme un pañuelo a la cabeza y decidir que jugábamos a los piratas mientras le vestía. ¿Por qué? No lo sé. Además es un poco como jugar sola, porque M. enterarse, lo que es enterarse, se entera más bien poco, para él estoy haciendo el subnormal como habitualmente pero con un pañuelo tapándome los rizos de loca que tengo por la mañana.
En un momento dado, cuando ya habíamos dado todos los pasos anteriores, ha llegado el momento de la crema en la cara. M. estaba en un lateral de la mesa, y yo en el otro.
-¡No huyas, cobarde! Te embadurnaré el rostro como tú se lo embadurnaste a mi padre, el capitán de aquella nave. 
– Quisi quisssss brrrr pitucum
-¡Ven aquí, bucanero huidizo, que te voy a untar crema hasta por la pata de palo!
Y cuando he dicho pata de palo y creí que le cazaba, me ha hecho un quiebro de esos espectacular y he visto pasar mi vida a cámara lenta: me he tropezado con la pata de la mesa y me he metido una galleta de las que hacen época, que menos mal que estábamos solos los dos porque si me hubiera visto alguien con memoria, me hubiera perdido el respeto para siempre jamás.
Ya digo que he visto mi vida pasar, pero además, he visto más: he visto el móvil demasiado lejos de mí como para si me hacía algo poder acercarme a cogerlo; he visto -con alivio- que había dos cojines cerca de M. que habían caído mientras jugábamos y que en caso de yo quedarme en el sitio, le servirían para amortiguar el posible golpe que se daría si se caía; he visualizado las braguis que llevaba, en un momento madre total: si me tienen que venir a buscar en ambulancia, iré presentable y con unas braguitas decentes.
Cuando por fin he llegado al suelo, he constatado dos cosas: que no me había matado y que M. se estaba partiendo de risa en la otra punta de la mesa. Y entonces me he mirado: el pañuelo en la cabeza, el bote de mustela en una mano y el pegotón que pretendía extenderle por la cara, en la otra mano; mano que se había quedado durante toda la caída en esa forma de U propia de tener algo en la palma y no querer derramarlo y que no sé por qué razón, sostenía por encima de mi cabeza.
Me he dado cuenta entonces de que ha sido todo una estrategia vilmente planeada por M., mi pequeño bucanero, para vengarse de todas las mañanas extendiendo sin resuello lajodía crema en su carita rechoncha.
Por supuesto, hoy se ha quedado sin su dosis :)
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