Que alguien sujete al niño

Interior, día. Salón de una casa tranquila, una casa de unos abuelos españoles al uso. Ejemplo de conversación, un día entre semana antes de comer, con el run run de la tele de fondo, todavía en ese desorden de los primeros días de septiembre en los que la pequeña no ha empezado el instituto aún, en los que mi nevera todavía no se ha recuperado de las vacaciones, en los que el padre ya trabaja y en casa solos los dos se nos hacen las horas eternas. Esos días:
– YO: – (agarrando al niño por las manos para que dé pasitos): A ver, que alguien agarre a este niño que tengo que ir a poner la mesa.
-TÍO: – (sin levantarse del sofá y dirigiéndose a la tía) A ver, María, sujeta a ese niño que Paula tiene que poner la mesa. 
-TÍA: – (sin levantarse del sofá y dirigiéndose a la nada) !Mamááááá! Ven a sujetar al niño que Pa tiene que poner la mesa.
Puro amor, ¿eh?
Este tipo de situaciones están a la orden del día desde que M. quiere andar. Es cierto que es muy pesao, que se puede tirar una hora seguida dando vueltas a la mesa del salón, sujeto por sus manitas al borde y por las manos de los demás a la vida, porque el colega todavía no tiene equilibrio y la leche podría ser monumental -que ya se ha caído, vaya, una que se piensa que su niño es Superman y en fin… error de madre novata-.
Como digo, en mi casa desde que M. quiere ejercer de bípedo, cada vez hay más lavados de manos. Sobretodo por parte de los tíos, los abuelos están totalmente entregados. Sí, esos tíos primerizos que babean por su sobrino cuando está…sentado, o dormido, o colgado de la mochila, o en la trona o en foto, pongamos por caso.
Este me duele la espalda de estar agachado/a andando con el niño ha sido progresivo. Al principio le sujetaban mucho, incluso -para mi alegría y mi regocijo, que me veían sentada un ratito tranquilamente al sol- se peleaban por sujetarle.
Sujetadle, sujetadle, decía yo. Y en ello se empleaban maravillados los dos tíos, babosos y entregados. Mientras uno le sujetaba, el otro le hacía fotos con el móvil del uno para luego presumir de sobrino andarín entre las amistades y/o ligues respectivos.
Pero claro, este entusiasmo fue poco a poco decayendo. Y descubrí que es que son tan primerizos como yo y se pensaban que en un par de días de pasitos agarrado a sus pulgares iban a ser suficientes para que M. aprendiera a andar y no fuera a hacer falta ir detrás de él con la bisagra doblada por toda la casa, que es que hasta descubres rincones nuevos, oye, andando a esa altura de unos treinta centímetros del suelo.
Ilusos. E ilusa yo.
El caso es que han ido perfeccionando la técnica para que parezca que siguen siendo los tíos entregados de siempre. Ahora hacen como que no me han oído, y os juro que puedo oír los grillos sonando en lugar de su respuesta, en plan peli:
María, cógeme un poquito al nene que tengo que -hacer pis, escribir una cosa, beber agua, regar una hortensia, ir a por el pan.
……………………………..cri, cri. 
María, el nene. 
¿Mmmm?
¡Que cojas el niño, cojones!
Ah…traémelo aquí a ver; sienta, siéntale– dice mientras da golpecitos convencida en la superficie que tenga más cerca. Y la acaricia la tontorrona como si así fuera hacer que M. mirara a ese sillón con mejores ojos.
Tú misma.
Y un chillido tipo cerdo degollado corta el ambiente.
Pero les he convencido. Sí. Casi casi se vuelven a pelear por llevarle sujeto con la tripa hacia delante, los pies hacia fuera, los muslotes al aire de este septiembre todavía veraniego. Las palabras mágicas con las que he vuelto a recuperar momentos de paz (al menos en los ratos que paso en casa de mi madre) han sido estas: son unas semanas, unas semanas que pasarán y no volverán y además -de hecho es un tema de probabilidades- cuanto más tiempo paséis sujetándole, más posibilidades tendréis de que dé sus primeros pasos junto a vosotros. Y eso será así para siempre, siempre podréis decir: ¡yo enseñé a andar a mi sobrino!
¿Tentador, eh? ;)
Ellos se miran un poco de reojo desde entonces cuando le sujetan en su particular descubrir el mundo, no sea que al niño le de por empezar a andar en el turno del otro y les joda la anécdota protagonista.

El tesoro

Una cree que conoce a sus hijos, así más o menos, como si los hubiera parido. Si se rasca la oreja es que tiene sueño; si agita el brazo es que te está diciendo que no; si gira la manita es que se quiere agarrar a algo y ponerse de pie.
Ya, ya.
Lo fácil. La capacidad de salirse con la suya una siempre cree que la tiene dominada, que le quitas lo que sea que tiene y no puede y tras un minutillo de disgusto se le olvida y a otra cosa mariposa. Ya, ya.
Hoy en un momento de debilidad porque todavía no tenía hecho el puré y se me echaba la hora encima y el niño ya estaba más por la labor de dormirse que de comer, le he dado una patata. Una patata frita, una patata ondulada de las de toda la vida. He pensado: bueno, que se entretenga ocho minutillos que es lo que yo tardo en pasar el puré y el pollo. 
Ains. No ha comido puré, se ha agarrado a la patata como un gremlin y no ha habido nadie capaz de hacerle abrir la boca para comer. Cuando ya la cosa estaba rozando lo inaguantable, se la he quitado y le he dormido. Lo cierto es que el olorcillo de la patata no se me ha ido de la nariz en todo el día, yo decía joe qué obsesión tengo con la puta patata, no se me va el olor de la cabeza.
Y así ha pasado la tarde entera…con el olorcillo de la patata.
Pues cual no habrá sido mi sorpresa cuando ahora, hace escasamente veinte minutos, al irle a dejar en el sofá dormidito por fin…descubro en su puño cerradito ¡un cacho de patata! Mojado, lleno de arena, con una brizna de césped. Su patata. Esa que yo le he quitado porque pensé que se ahogaba de tan dentro como se la metía.
Hay que tener en cuenta una cosa: entre que le he quitado la patata y he descubierto el pastel, han pasado siesta, merienda, casi dos horas jugando en el jardín, arreglo de jardinera, cambio de pañal, baño…vamos, que he tenido al niño cerca. Así que más allá de la perseverancia del bicho, la reflexión que me asalta es qué tipo de madre soy. Quiero decir, lo suyo hubiera sido darse cuenta de que el niño no abre el puño, ¿no? O yo que se, habérselo abierto yo para lavarle la mano en la bañera. O haberle dado un besito en la palma…¡no sé! Pues no, el niño ha tenido la patata escondida casi seis horas.
Veremos a ver qué pasa cuando se despierte y se dé cuenta de que su pequeño tesoro ya no está.