El día que tengas un hijo…

Este niño es un poco ñoño, ¿no?
¿Ñoño?¿Ñono? Te vas a 
cagar enterar, tronco. 
El de la primera frase, era mi hermano. La de la segunda, yo.
M. y su pelo de niño antiguo
El colega se sienta en su trono de superioridad y me llama ñoño al niño. Creo, sinceramente, que porque hace años que no convive con ningún bebé y porque no sabe que, básicamente, lloran por casi todo lo que todavía no saben decir. Éste niño es un cabezota, y como buen cabezota que es, berrea cuando algo no le sale, cuando se cae intentando andar, cuando no llega a lo que quiere. Tiene ratos de esos de no separarse de mí, pero vamos, ¡ojalá fueran más!, me gusta tanto cómo me busca…pero bueno, bueno. No estoy aquí para defender a M. por ñoño, vamos, aunque lo fuera, que sea lo que quiera. Estoy aquí para contar cómo he bajado -o intentado bajar, a las pruebas me remito- los humos al machacaniños de mi hermano.
Resulta que, ahí donde hoy se ve a ese machote, hasta hace unos años, había un polluelo indefenso, un polluelo que no volaba, que no conocía mundo por que sólo quería estar con su mamá. Mi hermano era uno de esos niños a los que su madre acostaba, tranquilamente, en su camita, después de unos cuantos besos y mimos de rigor. El niño se quedaba aparentemente entregado a los brazos de Morfeo, y de pronto en la casi oscuridad del pasillo que mi madre dejaba iluminado para que no tuviéramos miedo, cuando esa madre salía a tirar la basura tras haber recogido la cocina, el niño preguntaba asomando su cabeza entre las sábanas:
-¿mmmmmmama?
Y yo, asomando a mi vez mi respectiva cabeza de entre mis respectivas sábanas, respondía desde mi habitación: ha ido a tirar la basura, ahora viene.
Yo creo que se ha ido, me voy a buscarla- decía él mientras se ponía de pie y encendía la luz.
Y aquí tengo que confesar que a mí tampoco me hacía falta mucho más para acojonarme y salir corriendo escaleras abajo en busca de la madre perdida. Salíamos a la puerta del jardín, en pijama y descalzos y empezábamos a llamarla: ¡mamáaa, mamáaa, ay dios mío que nos ha abandonado, mamáaaa, mamáaa! Y nos abrazábamos los dos con las mejillas muy juntas mirando al vacío y pegando unos saltos sobre los adoquines que es que a mí se me clavaban hasta el alma, pero era tal el acojone de vernos solos sin mis padres que en esos momentos, la verdad, el futuro de mis pies me parecía una nadería.
En un momento dado, al escándalo, salían los vecinos, a veces ya con cara de la madre que los parió que pesaitos. Y mi madre aparecía al fondo de la calle flipando, con cara entre de susto y culpa y nos metía pa´dentro arremolinados entre sus piernas, con ganas, fijo, de darnos un collejón por peliculeros.
Que me digan a mí si eso no es ser ñoño.
Otra práctica habitual de mi hermano ñiño era, por lo que veo, algo bastante habitual: cuando mi madre se duchaba, él se metía poco menos que hasta la jabonera y se quedaba ahí de sujetabotes de champú. Tengo grabada en la mente una frase de mi madre -evidentemente, porque yo también estaba allí jaja-: ¡te vas a enterar tú de lo que vale un peine como cuando seas mayor y te eches  novia no me hagas ni caso! He de decir que yo estaba, pero no molestaba: solía leerme las pegatinas de los productos de cosmética de mi madre y sentarme cerca del calefactor a calentarme los pinrreles. Pero mi hermano…mi hermano era el niño por qué: ¿mamá, por qué te duchas? y ¿por qué el jabón es blanco? y ¿por qué no te duchas más pronto? y ¿ por qué vamos a cenar acelgas? ¿y por qué tú te duchas sola y a mí me bañas con Paula? 
Con el paso de los años he comprendido la cara de mi padre al llegar de currar, abrir la puerta del baño y encontrar la siguiente estampa: mi hermano sentado en la taza del water con una mano en las rodillas y la otra sujetando la cortina entreabierta para escuchar lo que mi madre contestaba a sus inquietantes preguntas; mi propia madre que contestaba cosas a veces inverosímiles entre los goterones de champú que le corroían la retina intentando no mojarle, y yo sentada en un rincón con un bote de algo entre las manos, a medio palmo de los ojos porque se ve que por aquel entonces todavía nadie se había fijado en miproblemilla y con los pies casi metidos dentro del calefactor, que es que a veces olía hasta a chamusquina, de verdad.
De modo, querido hermano, que si M., mi niño, es ñoño como tú dices, y está amariconao, tiene a quién parecerse.
Tras exponerles estos ejemplos de ñoñez propia, se ha quedado sentado en el sofá mirando al niño muy serio, yo pensé que reflexionando y tal, sobre lo bonito que era tener a mamá al lado para todo lo malo que a uno le pudiera pasar, poder preguntarle todo, estar con ella hasta en la ducha, tener siempre esa sensación de no estar solo y de tener una madre que no dejaba nunca que te sintieras así. Pero no. El tío seguía a lo suyo:
-Pero entonces… ¿por qué llora tanto? Lo que tienes que hacer es ponerle ya a Goku y a Oliver y dejarle de mariconadas de gallinas y de abejas, a ver si se espabila un poco. Yo a mi hijo…
Y ahí le he dejado imaginando su vida paterno filial; el día que tenga un hijo… el día que tenga un hijo, le sacaré este post. :)  Y luego, hablamos.
Lo mejor de todo es que luego, cuando están solos, le dice unas cursiladas y le planta unos besos que a mí me dejan de piedra pómez.
El que va de tiarrón, no te digo ;)

Los teléfonos

Ultimamente me paso el día colgada al teléfono. Literalmente, lo que pasa que el teléfono en sí varía de forma y tamaño muchas veces, casi tantas como le tengo que coger.
M. ha descubierto lo divertido que es el aparato. De buena mañana, nada más levantarnos, lo primero que hace es buscarse la vida para llegar, reptando si hace falta, al teléfono. Esto nos ha traído un par de pequeños problemillas, nada, poca cosa: una llamada al 112 y una rellamada a la tía abuela del padre que mira tú por donde, no llama nunca y cuando llama, nunca tiene ganas de colgar.
El protagonista de la historia
Pero bueno. Obviando ese par de problemillas sin importancia, este nuevo descubrimiento sería la revolución para nuestro organigrama diario: M. entretenido hablando nadie sabe con quién, entonando las frases en su idioma-que es que entonan, los jodíos niños entonan: preguntan, responden, se indignan y regañar como to´quisqui-, haciendo aspavientos…en definitiva, lo que viene siendo una conversación telefónica al uso. Yo me imagino duchándome tranquila en esa ¿media hora? que él podría estar parlamentando con quien sea en su mente. Pero no, a él lo que le mola es la interactuación, las conversaciones de tres.
De este modo, cada vez que inicia una conversación de esas imaginarias, me llama. Cuando me ve, hace una maniobra extraña para indicarme que tome asiento en el suelo, y una vez allí, descuelga el aparato. Empieza con los saludos de rigor, una pequeña introducción de cortesía y me pasa el teléfono. Y aquí es donde empieza lo bueno realmente, porque una tiene carrete limitado para mantener una conversación inventada. Yo creo que esto lo hacemos todas: ¿síííí? ¿qué cómo está el nene? el nene muy bieeeeen, muy guapooo, sí, sí, aquí está, te lo paso, un besito, adioooos. Con el tono ligeramente elevado, exagerando un poco…estoy segura de que sabéis cómo.
Pues bien, esto para M. no es suficiente. Esto no es más que el principio. Él me observa concentrado y cuándo llega su turno, se emplea a fondo. Un minuto. Luego, me toca de nuevo. ¡Y es que el tío se monda! Así que claro, me vengo arriba: ¿Es la pescadería? A ver….una de mero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril… siguiendo el ritmo a leche limpia en la mesa del teléfono, con el chaval entragao por completo a la fiesta.
Lo malo del asunto es que fácilmente se nos puede ir una hora en estos menesteres, una hora divertidísima y que desde luego disfrutamos como enanos. El problema viene cuando hay que ir levantándose, qué se yo, para lo que sea: salir a la calle, arreglarnos, hacer le compra, hacer la comida, estudiar un poco…en fin, lo que viene siendo la vida. Empiezo poco a despedirme del interlocutor imaginario: bueno, pues parece que ya te tienes que ir a trabajar ¿verdad? Ay, ay, ay, qué pena más grande, bueno, bueno, adiós. Y me pongo rauda y veloz en pie, y M. se queda que no sabe por dónde le viene el aire, con su gesto de¿y dónde está? Y yo al principio pensaba qué dabuten, a otra cosa mariposa.
Pero, pero, pero…es listo. Es listo y cuando me alejo busca el móvil. ¡Y me lo alcanza! Así que a veces, también, mientras tiendo o subrayo o me rasco la panza, estoy hablando con el inframundo, o poniendo en práctica un nuevo truco buenísimo: si trato de ver una serie, lo que digo son los diálogos que están diciendo los de la tele. M. no se entera de que se la estoy pegando y yo puedo, más o menos, seguir el argumento. :)
Pero quien dice que me alcanza el móvil dice que me alcanza…una berenjena, el bote de colonia, el mando de la tele o incluso la regadera del jardín. Todo es susceptible de convertirse en teléfono y a cualquier hora del día, esto de imaginar conversaciones empieza a ser deporte familiar, porque el padre y yo nos picamos a ver quién contacta con el interlocutor más extraño; de momento gana él, que un día habló con Elvis.
El remate fue ayer por la noche, con M. a punto de dormirse. Cogió el primer teléfono que encontró a mano, mi subrayador, y se lo llevó a la oreja. Y le dijo: tetatetatetatetateta. 
¿Tú estás intentando decirme algo, no?– le contesté colgando el subrayador sobre la mesa.
Y se reía mientras se ponía en posición.