Los teléfonos

Ultimamente me paso el día colgada al teléfono. Literalmente, lo que pasa que el teléfono en sí varía de forma y tamaño muchas veces, casi tantas como le tengo que coger.
M. ha descubierto lo divertido que es el aparato. De buena mañana, nada más levantarnos, lo primero que hace es buscarse la vida para llegar, reptando si hace falta, al teléfono. Esto nos ha traído un par de pequeños problemillas, nada, poca cosa: una llamada al 112 y una rellamada a la tía abuela del padre que mira tú por donde, no llama nunca y cuando llama, nunca tiene ganas de colgar.
El protagonista de la historia
Pero bueno. Obviando ese par de problemillas sin importancia, este nuevo descubrimiento sería la revolución para nuestro organigrama diario: M. entretenido hablando nadie sabe con quién, entonando las frases en su idioma-que es que entonan, los jodíos niños entonan: preguntan, responden, se indignan y regañar como to´quisqui-, haciendo aspavientos…en definitiva, lo que viene siendo una conversación telefónica al uso. Yo me imagino duchándome tranquila en esa ¿media hora? que él podría estar parlamentando con quien sea en su mente. Pero no, a él lo que le mola es la interactuación, las conversaciones de tres.
De este modo, cada vez que inicia una conversación de esas imaginarias, me llama. Cuando me ve, hace una maniobra extraña para indicarme que tome asiento en el suelo, y una vez allí, descuelga el aparato. Empieza con los saludos de rigor, una pequeña introducción de cortesía y me pasa el teléfono. Y aquí es donde empieza lo bueno realmente, porque una tiene carrete limitado para mantener una conversación inventada. Yo creo que esto lo hacemos todas: ¿síííí? ¿qué cómo está el nene? el nene muy bieeeeen, muy guapooo, sí, sí, aquí está, te lo paso, un besito, adioooos. Con el tono ligeramente elevado, exagerando un poco…estoy segura de que sabéis cómo.
Pues bien, esto para M. no es suficiente. Esto no es más que el principio. Él me observa concentrado y cuándo llega su turno, se emplea a fondo. Un minuto. Luego, me toca de nuevo. ¡Y es que el tío se monda! Así que claro, me vengo arriba: ¿Es la pescadería? A ver….una de mero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril… siguiendo el ritmo a leche limpia en la mesa del teléfono, con el chaval entragao por completo a la fiesta.
Lo malo del asunto es que fácilmente se nos puede ir una hora en estos menesteres, una hora divertidísima y que desde luego disfrutamos como enanos. El problema viene cuando hay que ir levantándose, qué se yo, para lo que sea: salir a la calle, arreglarnos, hacer le compra, hacer la comida, estudiar un poco…en fin, lo que viene siendo la vida. Empiezo poco a despedirme del interlocutor imaginario: bueno, pues parece que ya te tienes que ir a trabajar ¿verdad? Ay, ay, ay, qué pena más grande, bueno, bueno, adiós. Y me pongo rauda y veloz en pie, y M. se queda que no sabe por dónde le viene el aire, con su gesto de¿y dónde está? Y yo al principio pensaba qué dabuten, a otra cosa mariposa.
Pero, pero, pero…es listo. Es listo y cuando me alejo busca el móvil. ¡Y me lo alcanza! Así que a veces, también, mientras tiendo o subrayo o me rasco la panza, estoy hablando con el inframundo, o poniendo en práctica un nuevo truco buenísimo: si trato de ver una serie, lo que digo son los diálogos que están diciendo los de la tele. M. no se entera de que se la estoy pegando y yo puedo, más o menos, seguir el argumento. :)
Pero quien dice que me alcanza el móvil dice que me alcanza…una berenjena, el bote de colonia, el mando de la tele o incluso la regadera del jardín. Todo es susceptible de convertirse en teléfono y a cualquier hora del día, esto de imaginar conversaciones empieza a ser deporte familiar, porque el padre y yo nos picamos a ver quién contacta con el interlocutor más extraño; de momento gana él, que un día habló con Elvis.
El remate fue ayer por la noche, con M. a punto de dormirse. Cogió el primer teléfono que encontró a mano, mi subrayador, y se lo llevó a la oreja. Y le dijo: tetatetatetatetateta. 
¿Tú estás intentando decirme algo, no?– le contesté colgando el subrayador sobre la mesa.
Y se reía mientras se ponía en posición.
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