La tortura de la gallina

Este hijo mío, también conocido como M., es un niño que hasta hace relativamente poco tiempo pasaba de la tele y de los dibujos en general. Yo le ponía por las mañanas Pocoyo y Dora la Exploradora y a los pocos minutos, me veía a mí misma, mientras mojaba la galleta, diciendo: ¡reeeed, reeeeed, la fruta es reeeeeeeeeeeeeeeeed! Y efectivamente, el narrador decía: red; y yo sacaba le puño y lo echaba pa´lante y pa´tras,  así con ese gesto que suele acompañar a la palabra ¡tomaaaa! Digno de ver, de verdad. Solía girar la cabeza a derecha e izquierda para cerciorarme de que estaba sola.
Momento pre-Galllina
Pero como digo, esto era en el pasado. En la crianza de M., ha habido un antes y un después con la llegada de unos dibujos, recomendados por una buena amiga, que han hecho de mis mañanas un remanso de paz. O casi. Os hablo, como no podía ser de otro modo, de la Gallina Pintadita. Son unos vídeos musicales, con karaoke y todo, ojo, en los que una serie de personajes adorables cantan, bailan, viven en un mundo de color. Está Mariposita, está Cucharachita, está el Gallo Corocó, está el Sapo, y está toooda la banda musical, incluido un saltamontes bajista que se pone el instrumento hasta por la espalda, a lo chulesco. No les falta detalle.
A veces, aunque yo mientras estaba embarazada pensaba para mí un montón de cosas tontas como que no sería tan mala madre de poner la tele a los pequeños hasta los tres años, hace falta tirar de animación. Y yo he creado un monstruo. Lo peor es que está en mi mano. Yo sé que la voy a liar cuando se lo pongo, pero a veces no me queda otra opción, necesito veinte minutos para lo que sea. Y aunque él no me lo pide, sé que una vez puesto el youtube, no hay salida: me espera un buen rato de fondo musical gallinesco.
No os penséis que M. se queda como un gatito de escayola mirando a la pantalla, no, no. A él lo que le mola es tenerlo de fondo. Mientras da vueltas a la mesa, Mariposita prepara chocholate para la madrina (y potí potí, pata de palo, ojo de vidrio y naris de guacamayo- yo), los pollitos van en busca del doctor y la palomita blanca se liga al apuesto palomo por la ventana. Y ay de mí como se pare el vídeo, o se acabe o se pire el internet o pase algo que interrumpa la sesión: M. se para en seco, esté haciendo lo que esté haciendo, señala la pantalla, frunce el ceño y grita: uuuuuuuuuuuh. El primera día hasta me acojoné. Pero bueno, le vuelvo a dar al play y recupero, así como por arte de magia, la paz en mi hogar.
Bueno, que a un enano de un año y veintiún días esto le guste, es maravilloso, es bueno, es educativo, es una buena estimulación y bla bla bla. Pero últimamente, estoy alerta. Estoy alerta porque han comenzado a pasar cosas extrañas en la casa: el otro día, mientras organizaba mis apuntes, me sorprendí cantando la canción del Sapo. En bucle. Una y otra vez. Hay que ver, pensé para mí, qué melodía tan graciosa. Pero cuando, a las doce y pico de la noche, ya en la cama, no era capaz de sacarme el soniquete de la cabeza, empecé a preocuparme. Durante todo ese tiempo que pasa desde que una empieza a dormirse hasta que se duerme del todo, fui incapaz de dejar de cantar el sapo no se lava el pie, no se lava porque no quiere.
Digo más, todas y cada una de las veces que me desperté esa noche -y son muchas veces las que me despierto de noche porque éste no abandona la teta ni a la de tres-, estaba cantando él vive en la laguna y no se lava el pie porque no quiere, ¡qué apestoso! Vamos,porque esos momentos amoroso-festivos entre padre y madre no suelen darse a esas horas con el enano de por medio, pero yo juro, aquí y ahora, que no hubiera sido capaz de estar en condiciones de darle al tema porque no hubiera podido dejar de cantar la canción del Sapo.
Y ya el remate me lo doy el padre de la criatura esa mañana, cuando se vestía para irse a currar: mientras se ataba las zapatillas, me pareció escuchar un fragmento del vídeo del pollito amarillito. Dije joder qué obsesión de verdad, qué acabe ya esta tortura. Pero no. No era obsesión: el padre me acabó confesando que hace días que no deja de canturrear la canción del pollito, que se tiene que quitar los cascos del iPod porque el pollito puede con Axl, con Dylan, con Chris Robinson, con Jagger.
Y él se fue cabizbajo al trabajo pensando qué hacer para sacarse al puto pollo de la cabeza, y yo me quedé en la cocina, tirada por el suelo de la risa que me daba de imaginarle camino del autobús, por las calles todavía casi sin poner de Galapagar, cruzándose con los trabajadores de la mañana como él, y cantando para sí: miiii pollito amarilliiiiito en la palma de mi mano (!de mi mano!), cuando quiere comer bichitos él rasca el piso con sus piesitos; él aletea muy felis pío, pío, pero tiene miedo y es del gavilán. 
Lo más chungo de todo, es que esto no tiene visos de cambiar. Tenemos -todos- Gallina Pintadita pa´rato.

La de los círculos

Hoy, por primera vez desde que nació M., nos hemos separado para un rato largo. Y no ha sido circunstancial o de casualidad, no, no. Esta separación forma parte de un plan serio, de un plan bien trazado que tiene como objetivo último el que yo, a estas alturas del año que viene, sea una profe de historia en algún instituto de la Comunidad de Madrid.

Preparándonos para la aventura
El plan es el siguiente: lunes, jueves y viernes, el nene se queda de diez a dos con mi madre, mientras yo me traslado a escasos kilómetros -creo que dos- a la biblioteca de la universidad a prepararme las oposiciones para el verano del año que viene.
Hemos empezado con buen pie, tanto el enano como yo. Bueno, el enano mejor que yo, todo hay que decirlo: cuando he llegado a por él un rato antes de lo que debería (ahora os cuento por qué), estaba con mi madre pisando con alegría una plancha de arcilla para dejar recuerdo embarrado de sus huellas a día de hoy. Anteriormente, habían recogido tomates del huerto, hecho el puré, echado la siesta, bailado el tiburón e ido a por el pan. En todo ese tiempo, yo me he enfrentado por primera vez a un temario de oposición. Tengo que confesar que la mañana se me ha ido en asimilar a lo que me enfrento, pero oye, como toma de contacto no ha estado mal.
He llegado a la biblioteca con mi cartera de toda la vida, sintiéndome como si no hiciera un año que no pisaba una universidad. He llegado a la bibliteca, he buscado un sitio dónde poder enchufar el portátil y he desplegado el campamento. Lo llevaba bien, ¿eh? Leer, subrayar, apuntar, resumir…oye, como montar en bici, que no se olvida. Estaba tan metida en mi mundillo estudiantil que tengo que confesar que casi, casi, casi, he conseguido no pensar en M. más de lo estrictamente necesario. Ni una miserable foto he mirado en todo el rato, ¡un record! Estaba yo misma asombrada de mi propia capacidad para concentrarme en el estudio, cuando ha pasado algo. He empezado a notar una sensación conocida, una sensación que ya empezaba a quedar un poco alejada en el tiempo, guardada entre el montón de recuerdos de los primeros meses de ejercer de madre: se me ha salido la leche. No había contado yo con el factor destete temporal al que iba a someter a M., el cual ha sido tan repentino que claro, ha terminado por rebosar.
Cuando me he querido dar cuenta, tenía dos círculos perfectos, uno en cada teta. Y no tenía chaqueta para taparme. Ha sido pasarme eso y de pronto empezar a sintonizar con las conversaciones que las estudiantes cuchicheaban a mi alrededor: qué te vas a poner para el viernes, qué tal el otro día con éste cuando os dejamos solos, qué coñazo de asignatura, calla que viene Fulano. En ese momento me he dado cuenta de que yo era una jovenzuela, sí, igual no tanto como ellas pero bastante próxima, con dos círculos de leche mostrando la capacidad de mis peras y pensando en que no tenía yogures para darle de merendar al churumbel. Me he sentido un poco abueli, la verdad.
En este momento, cuando he constatado que estaba soltando leche y que a mi alrededor las muchachas suspiraban por un polvete en el baño del Palacio de Gaviria,  he empezado a recoger el campamento y a intentar tapar el asunto lactante de la mejor manera posible, ya que tenía que enfrentarme a un buen trecho hasta el coche, un trecho plagaíto de pijazos fumando con los dedos estirados a la salida de la biblioteca que ya me habían mirado al entrar por desconocida – es un campus chiquitín-, y a los que voy a tener que ver tres días en semana mínimo durante varios meses. Como comprenderéis, no quiero ser conocida como la de los círculos.
En fin, al llegar a casa de mi madre bastante antes de lo que debería, ella y mi hermano  se partían de la risa, no sé si por los círculos delatores o por la carrerita que me he echado hasta M., mi M. chiquitín abandonado por unos cuantos apuntes y al que de pronto he necesitado abrazar fuerte, me han venido juntas todas las ganas de verle acumuladas de ese ratín en la biblioteca.
Pero más me vale acostumbrarme, a echarle en falta y a volver a ponerme discos absorbentes, por lo menos hasta que se regule el tema y mis pechis se acostumbren a que, de momento, se cierra el chiringuito de diez a dos.