La fama

Hay por ahí un dicho que reza: coge fama y échate a dormir. 

Esto, a mí, se me ha cumplido mogollón de veces. Mogollón. Por ejemplo: que se han perdido una llaves, a saber dónde las dejó Paula; que se queda el buzón abierto, ya le vale a Paula; que se destiñe una lavadora por una camiseta roja, ya ha puesto Paula la lavadora, ¿a que síííí?, y así hasta el infinito. Como veis, mi fama de desastre no es que me haya traído buenos momentos precisamente.
M. con su camiseta
Pero al padre de mi retoño, ay al padre de mi retoño lo bien que le ha venido su fama. El padre de lo que tiene fama es de melómano, de loco de la música, aunque acepto también que se le defina como friki. Yo misma se lo digo a menudo, pero como de estrangis:
-¿Qué haces, ordenando los discos por orden de edición o por orden cronológico según la fecha de fallecimiento del autor?
No, hombre, por categoría y fecha de primera edición, me responde serio, asomando la cara y la melena entre las montañas de discos.
Ah, bueno, me dejas más tranquila-, respondo yo.
El caso es que hay una tendencia clara, cuando un tipo como el padre de M. se decide a tener un hijo, mediante la cual se da por buena una premisa: la gente da por hecho que la descendencia también va a ser una loca de la música. De este modo, y desde unos días antes de nacer, mi chiquitico inquieto pudo contar entre sus pertenencias con, al menos, cuatro camisetas musicales: de Nirvana, de los Rolling, de los Ramones y de Aerosmith. Minicamisetas adorables que se escapaban de los dedos del padre de la pura emoción de imaginarse al niño con ellas puestas.
Son este tipo de camisetas que a nosotros nos molaron a tope y a los abuelos/tías/gente mayor de las respectivas familias, les horrorizaron más a tope si cabe: los niños con esas cosas parecen adolescentes, menuda horterada o esto antiguamente ni se planteaba para un recién nacido. Bueno, yo de recién nacido no se lo puse, básicamente porque no le valían. Y ayer, ayer fue el día en el que mi niño entró al fin en la camiseta de Nirvana que le regaló Ana. Oooooh yes.
La cara del padre cuando bajé las escaleras con el niño encaramao a mi cuello, enfundado en ese emblema del grunge que es la cara amarilla y sonriente de Nirvana, fue un poema, un poema de emoción y de alegría, de alucine total.
Se le fue el resto de la tarde en perseguirle alrededor de la mesa -su nueva especialidad- intentando hacerle una foto decente. Lo más fuerte del tema, es que, tras más de veinte intentos infructuosos e inservibles, creo que con foto decente el padre se refería a una foto más o menos como sigue: M. en actitud chulesca, con el pelete sucio a lo Kurt Cobain, e incluso, para rizar el rizo, le hubiera gustado que el nene, por su propio pie, hubiera hecho ese gesto tan rock, ese gesto mundialmente conocido con esos dos dedos hacia arriba que indica que lo estás gozando con el rock, que en ese momento eres el amo, el rey de la fiesta, el más heavy del lugar.
Lo que el padre no debe de saber es que yo creo, en mi humilde opinión, que el crío estuvo a punto de hacerle ese otro gesto, también con la mano pero esta vez con un solo dedo, ese gesto que se hace cuando uno está literalmente hasta las narices de que le llamen mientras intenta cruzar hasta el sofá sin apoyo; ese gesto que sale del alma cuando uno se harta de que le estiren la camiseta mientras intenta coger de entre uno de sus pliegues ese trocillo de galleta perdido; ese gesto que tanto te desahoga cuando te hacen una cresta por quinta vez cuando tú estás disfrutando a tope restregando el cogote por la alfombra medio de lao. Por suerte -para nosotros- o por desgracia -para M.-, todavía no sabe ni cómo se hace ni lo que significa ese gesto.
Al final dejó el tema de la foto por imposible, claro, y se lo comía a besos mientras se dirigían a la zona del grunge y buscaban el año exacto de publicación del Nevermind para ponerse a saltar como locos, con los pelos al viento en medio de nuestro salón, al ritmo de In Bloom.
Y la que tiene la foto bonita, la foto que no se esperaban, la foto que les recoge partidos de risa y vestidos cada uno con su camiseta de grupo musical, soy yo. :)

El arte de condimentar

En mi casa, tenemos desde hace bastantes años un serio problema con algunos condimentos. Pecamos por exceso, por equivocación o por omisión de los mismos, pero pecar, pecamos.
La primera experiencia sonada con este tipo de erores culinarios sucedió cuando mi hermano y yo teníamos cinco o seis años, y mi hermano -un año menor que yo-, estaba empezando a separar palabras por sílabas. Todo el día con la cantinela: chán-dal, dos; co-che, dos; co-le-gio, tres. Todo el santo día así, le recuerdo viendo un partido con mi padre y pasarse todo el encuentro marcando las sílabas con palmadas: li-nier, dos; en-tre-na-dor, cuatro. Un coñazo. Daban ganas de darle una co-lle-ja, bueno, una por cada sílaba.
Alimentos a salvo de condimentos maliciosos
Pero el chavalín disfrutaba, se sentía importante acertando tantas veces, así que nadie decía ni mú. Un buen día estábamos cenando, y de postre teníamos yogur. Nosotros no somos de esa generación a la que les ha enseñado desde pequeños a comer el yogur natural sin azúcar, así que era religión echarse las dos cucharadillas, remover bien y empezar a zampar. Mi hermano fue, con esas gafotas enormes que llevaba en aquella época, al armarito a por el azucarero. Lo miró fijamente, juntó las manos y dio tres palmadas: a-zú- car, tres. Y cogió el salero. ¿Por qué? Su teoría es que confundió el número de letras con el número de sílabas. La mía es que lo echó a suertes a ver si acertaba.
Como no podía ser de otra forma, se echó sus dos cucharaditas bien colmadas, removió, y zampó. No tardó ni un segundo en escupirlo. Y aquí viene la parte divertida, la parte que los dos maquinamos cada uno en nuetra cabeza sabiendo que el de lado estaba pensando exactamente lo mismo: lo volvimos a tapar así con la pegatinilla que había quedado pegada sólo por un lateral del envase, y lo llevamos de nuevo a la nevera. Como mi madre era una de esas madres que dejaba echa la comida del día siguiente la noche de antes, porque el horario no permitía otro sistema, no se pispó de nada, ella estaba a lo suyo entre fogones. Ya de noche, cada uno desde nuestra cama, oímos un grito (¡LA MADRE QUE OS PARIÓ!), seguido de bastantes palabrotas: mi madre se había sentado a comer el yogur pensando eso tan de madre: que alguno no lo habíamos querido y que era una pena tirarlo. Fue un momento glorioso para mi padre, quien llevaba años alertando del peligro de tener el azucarero y el salero del mismo tipo de cerámica talaverana, iguales, iguales, salvo porque en uno ponía azúcar y en otro sal, y pudo decir eso que mola tanto decir: yo esto ya lo había avisao. 
El segundo incidente fue unos siete u ocho más tarde, cuando vivíamos ya en Zaragoza. Mi madre es una experta en paellas, su paella es famosa en la familia entera. Mi padre es un experto en no dar pie con bola en el aspecto doméstico, y ese día había ido él a hacer la compra. Entre otro montón de cosas, trajo lo que todos pensábamos que eran unas latas de pimientos rojos. Bien. Mi madre hizo la paella, nosotros pusimos la mesa y no sé qué pasó en el último momento que mi hermana -tenía dos años- empezó a comer antes que los demás. La sentamos en su trona, esa que es como una silla voladora que queda flotando en un lateral de la mesa. Mi madre le sirvió su platito de paella. Mi hermana cogió su tenedorcito, le acercó al arrocito, lo cargó y se lo acercó decidida a la boca. Nada mas cerrar los labios, escupió el arroz y, sollozando, dijo: pica.
¿Cómo que pica? Come, hija, come, mmmmmm, arrocito qué rico– esta era mi madre.
Pica
-Va a picar, va a picar– mi madre, ya ligeramente alterada. Abre esa boca.
Y la abrió, la pobre. Y llorando mucho,  y escupiendo granitos de arroz, dijo: mami, pica.
Y este fue el momento en el que mi madre perdió los nervios -algo más teníamos que haber hecho durante la mañana mi hermano y yo-, y empezó a gritar, que toda la mañana en la cocina y la niña que no quiere comer…en fin, la escena os tiene que sonar. Pues bien, en medio de esta escena, surgió mi padre de entre las páginas del periódico y, lentamente, muy tranquilo, cogió su tenedor. Mientras se hacía el silencio entre el resto de miembros de la familia, lo acercó al platito de la niña, le acarició la cabecita, cargó el cubierto y se lo llevó a la boca.
Le cambió la cara en cuestión de segundos.
Esta paella pica. Pero pica mucho, pica que te cagas. ¡Traed agua a la niña!
Cuando ya se calmó, fuimos todos en procesión a la cocina, siguiendo los pasos y los farfullos de mi padre. Se dirigió a la basura, y nosotros le rodeamos. Metió la mano, y nosotros, que somos todos un poquito escrupulosos, nos alejamos de él. A los pocos segundos, se irguió con gento triunfal y exhibió bien alto la prueba del delito: el cartón de las latas de los supuesto pimientos rezaba: “alegrías riojanas”. Pimientos picantes, vamos.
Ese día comimos huevos fritos con patatas en la cocina, partidos de la risa, y desde entonces el recochineo cada vez que hay paella es monumental.
No he podido evitar acordarme de esos incidentes hoy, cuando estaba haciendo el puré de M. y he metido los dedos en el bote de azúcar con la intención de echar una chispita de sal. Me he dado cuenta de mi error cuando algo ya había caído…pero oye, yo creo que ni se ha enterado. Claro que también barajo otra teoría: es un goloso sin remedio, y vete tú a saber si es que he inventado el puré dulce y con la tontería le soluciono la papeleta a esas pobres madres de niños malcomedores… 🙂