La momia Pinterest

En esos días tan necesarios de lluvia, cuando las horas se estiran hasta el infinito y el momento de ir a bañarles parece que nunca va a llegar, en esos días (si es que se aspira a mantener la cordura y a las dos criaturas enteras, sin que se coman entre ellas) hay que sacar del letargo hasta el último recurso lúdico del que se buenamente se disponga. Rebuscad, madres y padres, rebuscad, que fijo que en esa hora tormentosa se os ilumina la bombilla de pronto y se os aparecerá representada ante los ojos una de esas ideas maravillosa que un día visteis de pasada en el Facebook. La visteis ahí, tan Pinterest, tan molona, tan guay la ocurrencia y dijisteis, asintiendo: «joe qué buena idea«. Y luego, nada, a los dos o tres minutos, al pensar en lo que os iba a hacer falta para llevarla a cabo, en el tiempo que ibais a tardar en montarla, en las peleas que iban a surgir por ver quién la usaba primero, el espacio que os iba a ocupar… dijisteis «bueno, ya si eso otro día» y, día tras días, al final dejasteis que la idea  cayera en el olvido.

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Semimomia con columpio al fondo

Bien. Pues en esos días de lluvia eternos, cuando ya habéis salido bien pertrechados a pisar charcos, cuando ya se ha merendado, hecho un bizcocho, recogido la cocina, visto Ratatouille, construido una torre y aun así falta todavía un rato para ir a bañar (es lo que tiene el cambio de hora este), hay que rescatar a estas pobres ideas desterradas, sacarlas a la palestra y buscar la forma de ponerlas en práctica sin que la casa parezca un Bricomanía.

En nuestro caso concreto, yo una vez vi un columpio hecho con un fular tejido. Para dentro de casa, digo. Oye, dicho y hecho. Busqué el fular, le agradecí los servicios prestados como porteaniños y le desee suerte en su nueva vida, analicé la escalera, practiqué un par de veces un nudo que pareciera resistente… y voilà, les planté un columpio anclado en la escalera que paqué. Gritos de emoción, ojos abiertos como platos, minipuntos para mí, la promesa de un rato eterno viendo cómo se columpiaban alegres bajo la escalera, tiempo para sentarme, por dios, cinco minutos. Todo eso significaba el columpio para mi mientras lo montaba. Hicimos fotos, les columpié, nos reímos y me fui alejando. Optimista, dejé ahí al mayor volando como un mirlo, y lo que tardé en salir de su campo de visión fue lo que tardó en llamarme. Quince minutos, eso fue lo que tardó el columpio en pasar de ser novedoso a estar más visto que el TBO.

Rendida, agotada, desesperada, en encefalograma plano llegué, les miré y me tiré al suelo bocarriba. Lejos de acojonarse, asistí sorprendida, con el columpio balanceándose vacío sobre mi cabeza, al maravilloso espectáculo de ver a los dos pollos trepando sobre mí descojonados de la risa. Yo inmóvil, claro, y fueron pasando un, dos, tres, cuatro, cinco, seis minutos y seguían pasándoselo pipa, gateando de un lado a otro de mi cuerpo tan campantes, venga a subir y a bajar y a tirarse de cabeza, y a esperarse el uno al otro… y yo ahí, en la postura de la momia, porque se ve que por puro instinto una se  protege las zonas sensibles. Pasamos así la media hora crítica que nos faltaba por completar de aquella lluviosa tarde, y me dije: «esto lo tengo que contar, que se sepa que de un momento de desesperación total en el que te tiras al suelo, puede salir la idea Pinterest que te solucione la tarde»

Ahora, eso sí, no hay valiente capaz de quitar de ahí el columpio. Nos subimos un rato cada día, asegurando M. que es sin duda el elemento más molón de toda la casa 🙂

Primero leer, y luego limpiar

Nosotros, a qué mentir, no es que tengamos el coche muy limpio. En nuestro coche siempre hay latas vacías, sudaderas, libros, trozos de pan, bufandas, tickets, cochecitos, pañales, paquetes de toallitas, piedras, piñas, monedas, bolígrafos, clínex, flores secas y muchos panfletos de publicidad. Todo este tipo de materiales se van acumulando ahí a lo largo de, digamos, no sé, unos diez o doce meses. Mi madre, cada vez que sale a la puerta a despedirnos cuando nos vamos de su casa, recoge lo que puede a la velocidad del rayo y así, más o menos, vamos capeando el temporal. Yo no soy muy consciente del nivel de desastre que se va gestando, pero se ve que mi subconsciente sí que lo es, y sucede que de pronto amanezco un día, indeterminado y por sorpresa, y digo que se acabó, que de hoy no pasa que ese coche quede como recién entregado.

Total, que hoy ha sido EL día, y M. y yo hemos preparado todo para realizar una limpieza de las que hacen época. En este tipo de empresa, lo fundamental es empezar por el principio, lo que viene siendo coger la bolsa más grande que encontremos por casa y salir con ella dispuestos a meter en ella toCaptura de pantalla 2016-04-17 a las 23.11.29do lo que sirve: libros, ropa, juguetes, papeles importantes… ese tipo de cosas (el siguiente paso es coger otra bolsa y meter la basurilla). El caso es que he abierto el maletero para que mi pequeño limpiacoches empezara a sacar trastos y a meterlos en casa. Nos hemos dedicado con alegría a este trajín durante unos minutos, pero de pronto, en el tercer o cuarto viaje, ha sacado con grata sorpresa uno de sus libros: un TEO. Yo ya sé que es pasión lo que tiene por éste muchacho pelirrojo y sus correrías vitales, pero juraría que estábamos tan motivados por dejar el coche níquel que, en esos momentos, no había nada más importante para los dos que sacar toda la mierda, clasificarla y ponernos a aspirar hasta no dejar ni una mísera miga de pan entre los pelos de las alfombrillas.

Pero no. Iba yo cargada con un viaje para dentro, cuando de pronto me he girado extrañada al no escuchar el acompañamiento feliz de su parloteo incesante, y le encuentro tan tranquilo, sentándose solemne en medio de la calle Teo en mano, acomodándose a lo ancho mientras abría el libro con parsimonia. He frenado en seco, agarrando bien la montaña de ropa que llevaba entre manos y le he dicho:

-M., hijo, ¿qué haces? Si acabamos de empezar.

-¡Pues voy a leer este TEO, hombre! Primero lo leo, y luego sigo limpiando, ¿trato hecho? ¡ Es que lo tengo que leer!

Ante semejante propuesta, lo único sensato que puede hacer cualquier madre de bien es asentir y sonreír y flipar, primero, e inmortalizar el momento después.

Me he ido para casa a soltar la ropa pensando que nadie como los niños para reconocer y ordenar las prioridades en el orden correcto 🙂