La ley de la mandarina

Hay una serie de enseñanzas vitales que una madre siempre querrá traspasar a sus hijos. Entre estas enseñanzas, una de las más fundamentales y que yo ya he empezado a aplicar es la Ley de la Mandarina. Creedme si os digo que es una enseñanza que los descendientes siempre agradecerán, pudiendo a su vez legal los fundamentos básicos de la Ley a generaciones venideras. Es la Ley una ley un poco escurridiza, hay veces que se olvida y una vez olvidada, sin que haya marcha atrás, uno se acuerda de ella dando una patada en el suelo y asegurándose a sí mismo que nunca más volverá a ocurrir semejante desatino.
Mandarinas a punto de ser sometidas a la ley
La Ley de la Mandarina es una enseñanza que ayer, por primera vez en este otoño, tuvimos a bien desempolvar, para sacarla del letargo y que empiece a funcionar durante toda la temporada; aplicar sus principios es la única forma de que la experiencia de comerse uno de estos frutos sea una experiencia satisfactoria.
Como toda historia tiene un principio, ésta comienza sobre la una y media de la tarde de ayer, más o menos, cuando apareció mi madre (ya plenamente recuperada) cargada, además de con tres bolsas de fruta, con una sonrisa de plena satisfacción: el puesto de fruta y verdura de los miércoles seguía en su lugar después de su mes de ausencia y el frutero acababa de reponer algunas de las variedades, por lo que se traía el género frejco, frejco. Mi madre es una de esas madres que se imaginan las vitaminas como bichitos buenos corriendo garganta abajo hacia nuestro sistema inmunológico, de tal modo que ella ve un plátano y se imagina el potasio fortaleciendo un músculo; o ve una granada y se imagina que nuestros pulmones se ponen una bufanda de vitamina C, por ejemplo. Así que para ella esas tres bolsas eran salud para la prole, de ahí su sonrisa de satisfacción.
El caso es que entre ese montón de fruta, había un kilo de mandarinas. El primer kilo de mandarinas del otoño, nada menos. Cuando llegó el momento del postre, mi madre sacó cinco o seis de ellas y las puso en el centro de la mesa, momento en el que mi hermana, M. y yo empezamos a mirarlas, enfrentándonos a la tremenda tarea de elegir por cuál empezar. Estábamos mirándolas, en círculo alrededor de ellas, como si tuviéramos rayos láser en los ojos y supiéramos, así desde fuera, cual era la más rica de todas. Empezó entonces, en ese preciso momento de tensión, la enumeración de los principios de la Ley de la Mandarina.
El primer paso es coger una que no tenga verde por fuera. Puede parecer de cajón, pero a veces engañan y están naranjas por arriba y verdes por debajo, y una se da cuenta cuando ya la ha pelado y no queda más remedio que zampársela. Este principio M. no lo ha pillado bien, cogía la que más a mano tenía. En fin, tiempo al tiempo.
Una vez escogido el ejemplar más apetecible, llega el momento de pelar el fruto. Es este, sin lugar a dudas, el paso menos agradable: hagas lo que hagas, mañana te olerán las manos a mandarina. M. también parece pasar del paso número dos porque jugaba con las cáscaras con verdadero regocijo: al final le olían a mandarina hasta las orejas. Tras este momento, es necesario quitar cuantos más pelitos blancos, mejor. Aquí entra en juego la paciencia de cada cual. Yo tengo muuuucha paciencia para esto, pero mucha, mucha. Pueden estar los demás terminando de poner el lavaplatos y yo seguir dale que te pego a quitar pelitos.
Y, al fin, tras este complicado paso, llega el momento en el que aparece el último principio de la Ley de la Mandarina, podría decirse que es su principio básico, su máxima vital. Su enunciado reza más o menos así: una vez probado el primer gajo de la primera mandarina, y si éste ha satisfecho al consumidor de manera plena en cuanto a sabor y textura, deberá aparcase esa mandarina en un lateral del plato. A continuación, repetir todos los pasos anteriores hasta el de quitar los pelitos con otro ejemplar y proceder a comer esa segunda mandarina. Tras esta, volver al ejemplar número uno y acabar la experiencia gastronómica con él. Hay otra vertiente: también vale dar el cambiazo al comensal de al lado (estúdiese previamente el grado de confianza que le inspira) para ver si su mandarina es mejor que la nuestra. Volver -o no- a dar el cambiazo, todo dependerá del sabor de las mandarinas.
Hay una serie de consideraciones a tener en cuenta: rara es la persona que consigue comerse sólo una mandarina. Es raro, también, que tras la experiencia maravillosa de saborear una mandarina de las buenas, la siguiente que nos toque sea igual o mejor que la primera. Por ello, es fundamental reservar buena parte de la mandarina primera por si la segunda es peor: no hay nada que produzca más desasosiego que coger una segunda mandarina con la emoción de volver a encontrar el sabor de la primera y encontrarse con una mandarina sosa, insulsa o peor, rancia. Pero, seamos sinceras, pasar, pasa. Y el único modo de evitarlo es aplicando siempre, siempre, La Ley de la Mandarina. Así, se acabará primero con la mala y se terminará de comer con la buena, siendo esta una de las sensaciones más maravillosas del otoño.
Pues esta crucial enseñanza es la que expuse ayer, casi tal cual, a un despistado M. Y digo despistado por no decir completamente desconectado de mi retahíla. Yo exponía dedo en alto  y semisentada en mi silla -por aquello de parecer más alta mientras exponía mis razones-los principios fundamentales de la Ley y él sorbía gajos con una maña tal que no tardaba ni diez segundos en dejarlos secos y volver a señalar con ahínco el plato para alguien le acercara otro. Me estaba poniendo muy nerviosa porque él estaba a lo suyo, no miraba si los gajos eran de la mandarina número uno o de la mandarina número dos, joe, con lo que me esfuerzo yo para que La Ley cale en su cerebro desde su más tierna pequeñez.
Pero en fin,  queda mucha temporada por delante y me voy a esforzar muy mucho para que esta enseñanza fundamental de la vida se calque en la cabecita de M. Total, llevo media vida intentando que mi hermana la aprenda y ayer, casi, casi, consiguió no olvidarse de aplicarla…

El misterio del orden absoluto

Existe una leyenda en mi familia. Una leyenda contada a la luz de la lumbre en el pueblo, entre las mujeres de la familia…una leyenda que parecía casi un mito. Os voy a hacer partícipes de ella:
Un día en la casa, previa desaparición de todo objeto
Cuenta la leyenda que una prima de mi madre, pongamos que su nombre también empieza por M., era muy, muy desordenada. Tan, tan desordenada que ninguno de sus hermanos le prestaba nunca nada porque era muy probable que no lo volvieran a encontrar. La niña creció así, intentando – o no- volverse ordenada… hasta que un buen día, muchos años después, cambió: se volvió metódica, cuadriculada, limpia (allí en el pueblo hay un sinónimo curioso: ordenado= limpio. Ahí lo dejo), y cuando tuvo a los hijos los llevaba perfectos, planchaditos, conjuntados, limpísimos. Lo más para las mujeres mayores de la familia.
Bueno, pues llevo un par de semanas acojonada pensando que yo era la heredera de la leyenda, pensando que algo estaba cambiando en mí. Todo empezó cuando por las mañanas, el salón estaba cada día más ordenado. Cero trastos por medio. Yo pensaba: ¡ay la leche! que soy la heredera y me ha llegado el momento, el día menos pensado me veo eligiendo el body del nene para que le pegue con los calcetines. El padre de la criatura también pareció darse cuenta del cambio, lo que pasa es que no dijo nada para no romper la magia, ya sabéis, no fuera a ser que decírmelo y dejar de ser menos desastre, fuera todo uno.
El caso es que ya la cosa empezó a ser extraña: constaté con asombro durante cuatro días seguidos que las cucharillas desaparecían, se desvanecían no sé por dónde. Yo recogía las cosas de la mesa y contaba cuatro tazas y una cuchara. Qué raro, pensaba. Pasaban los días y yo descubrí alucinada que no es que las cosas estuvieras ordenadas, no, es que cada vez había menos cosas que ordenar, vamos, que no había nada por medio. Aquí mi teoría de la leyenda empezó a decaer, pero molaba tanto tener la casa ordenada sin ver el esfuerzo por ninguna parte -la leyenda no decía nada de esforzarse- que no quise hacer caso y seguí confiando en su poder. Pero, de pronto, empezaron a desaparecer cosas llamativas, cosas concretas: mi colonia, algún plato pequeño, la crema del culillo de M., una tarjeta, el plato que adornaba la mesa.
Como tengo comprobado, por experiencia, que es mejor no decir nada cuando no encuentro algo porque entonces las broncas vienen sin saber de dónde (si es que no se puede ser tan pasota, algún día te dejas la cabeza), me tiré unos días acojonada perdida pensando que en lugar de leyenda, era una maldición que consistía en que una se vuelve ordenada más que nada porque cada vez hay menos cosas que ordenar, hasta que llega un día en el que la casa se queda casi vacía, sólo quedan los muebles grandes y desnudos, las estanterías vacías hasta de polvo. Y me daba mucha pena pensar en mi casa así, pensaba hasta en el eco y se me hacía un nudo en la garganta. Pero las cosas seguían sin aparecer.
Hasta hace tres días. En un momento de esos en los que me tiré al suelo a hacerle pedorretas en la tripa al heredero, me pareció ver la puerta del mueble de la tele entreabierta. Incorporé al polluelo, y me acerqué con el entrecejo fruncido al mueble. Lo abrí. Y ante mí y ante mi asombro aparecieron todos los objetos perdidos que día a día habían ido desapareciendo de la casa. Las cucharas amontonadas, la colonia, un par de tarros de potito, la crema, mi estuche. Por aparecer pareció hasta mi postura, que llevaba unos días durmiendo fatal porque no la encontraba.
El ejecutor en la sombra, claro está, había sido M. Ni leyenda, ni maldición, ni nada que se le parezca. Si ya decía yo que últimamente estaba muy calladito algunos ratos en el salón. El caso es que, tras descubrir la verdad del misterio, miré a mi derecha y vi  M. llamando a alguien por teléfono. Miré a mi izquierda y vi que no había más testigos. Miré el interior del mueble, miré a mi espalda, lo sopesé dos segundos…y cerré. Es que estaba todo taaan recogidito en el exterior. Total, pensé, si hemos vivido sin cucharillas dos semanas…
En fin, a las pocas horas tuve que confesar, sacar de allí a todos los intrusos y devolver cada uno a su sitio original.
A veces, ahora que ya han pasado los días, invoco a la leyenda, a la maldición, a quien sea… para que aparezca por aquí de verdad y se lleve todo el desorden a algún otro mueble no tan a mano. Por aquello de tardar más en encontrarlo y poder vivir un tiempo más en el misterio del orden absoluto. De verdad que añoro esos días :)