El misterio del orden absoluto

Existe una leyenda en mi familia. Una leyenda contada a la luz de la lumbre en el pueblo, entre las mujeres de la familia…una leyenda que parecía casi un mito. Os voy a hacer partícipes de ella:
Un día en la casa, previa desaparición de todo objeto
Cuenta la leyenda que una prima de mi madre, pongamos que su nombre también empieza por M., era muy, muy desordenada. Tan, tan desordenada que ninguno de sus hermanos le prestaba nunca nada porque era muy probable que no lo volvieran a encontrar. La niña creció así, intentando – o no- volverse ordenada… hasta que un buen día, muchos años después, cambió: se volvió metódica, cuadriculada, limpia (allí en el pueblo hay un sinónimo curioso: ordenado= limpio. Ahí lo dejo), y cuando tuvo a los hijos los llevaba perfectos, planchaditos, conjuntados, limpísimos. Lo más para las mujeres mayores de la familia.
Bueno, pues llevo un par de semanas acojonada pensando que yo era la heredera de la leyenda, pensando que algo estaba cambiando en mí. Todo empezó cuando por las mañanas, el salón estaba cada día más ordenado. Cero trastos por medio. Yo pensaba: ¡ay la leche! que soy la heredera y me ha llegado el momento, el día menos pensado me veo eligiendo el body del nene para que le pegue con los calcetines. El padre de la criatura también pareció darse cuenta del cambio, lo que pasa es que no dijo nada para no romper la magia, ya sabéis, no fuera a ser que decírmelo y dejar de ser menos desastre, fuera todo uno.
El caso es que ya la cosa empezó a ser extraña: constaté con asombro durante cuatro días seguidos que las cucharillas desaparecían, se desvanecían no sé por dónde. Yo recogía las cosas de la mesa y contaba cuatro tazas y una cuchara. Qué raro, pensaba. Pasaban los días y yo descubrí alucinada que no es que las cosas estuvieras ordenadas, no, es que cada vez había menos cosas que ordenar, vamos, que no había nada por medio. Aquí mi teoría de la leyenda empezó a decaer, pero molaba tanto tener la casa ordenada sin ver el esfuerzo por ninguna parte -la leyenda no decía nada de esforzarse- que no quise hacer caso y seguí confiando en su poder. Pero, de pronto, empezaron a desaparecer cosas llamativas, cosas concretas: mi colonia, algún plato pequeño, la crema del culillo de M., una tarjeta, el plato que adornaba la mesa.
Como tengo comprobado, por experiencia, que es mejor no decir nada cuando no encuentro algo porque entonces las broncas vienen sin saber de dónde (si es que no se puede ser tan pasota, algún día te dejas la cabeza), me tiré unos días acojonada perdida pensando que en lugar de leyenda, era una maldición que consistía en que una se vuelve ordenada más que nada porque cada vez hay menos cosas que ordenar, hasta que llega un día en el que la casa se queda casi vacía, sólo quedan los muebles grandes y desnudos, las estanterías vacías hasta de polvo. Y me daba mucha pena pensar en mi casa así, pensaba hasta en el eco y se me hacía un nudo en la garganta. Pero las cosas seguían sin aparecer.
Hasta hace tres días. En un momento de esos en los que me tiré al suelo a hacerle pedorretas en la tripa al heredero, me pareció ver la puerta del mueble de la tele entreabierta. Incorporé al polluelo, y me acerqué con el entrecejo fruncido al mueble. Lo abrí. Y ante mí y ante mi asombro aparecieron todos los objetos perdidos que día a día habían ido desapareciendo de la casa. Las cucharas amontonadas, la colonia, un par de tarros de potito, la crema, mi estuche. Por aparecer pareció hasta mi postura, que llevaba unos días durmiendo fatal porque no la encontraba.
El ejecutor en la sombra, claro está, había sido M. Ni leyenda, ni maldición, ni nada que se le parezca. Si ya decía yo que últimamente estaba muy calladito algunos ratos en el salón. El caso es que, tras descubrir la verdad del misterio, miré a mi derecha y vi  M. llamando a alguien por teléfono. Miré a mi izquierda y vi que no había más testigos. Miré el interior del mueble, miré a mi espalda, lo sopesé dos segundos…y cerré. Es que estaba todo taaan recogidito en el exterior. Total, pensé, si hemos vivido sin cucharillas dos semanas…
En fin, a las pocas horas tuve que confesar, sacar de allí a todos los intrusos y devolver cada uno a su sitio original.
A veces, ahora que ya han pasado los días, invoco a la leyenda, a la maldición, a quien sea… para que aparezca por aquí de verdad y se lleve todo el desorden a algún otro mueble no tan a mano. Por aquello de tardar más en encontrarlo y poder vivir un tiempo más en el misterio del orden absoluto. De verdad que añoro esos días :)
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