La abuela

La abuela de M., mi madre, puede que sea la persona que más ha contribuido desde que soy mamá a que pueda seguir siendo yo misma. Dispuesta desde el principio a hacerme todo más llevadero, fue la primera persona a la que vi según llegamos del paritorio a la habitación. Discreta, nos dio un beso y echó a todo el mundo de allí para que pudiéramos descansar. Es la primera vez que es abuela, una abuela guay, una abuela molona. Escucha que te cagas de bien, y siempre da unos consejos que no son tales, sino que te dan sosiego y te hacen confiar en tu decisión. Siempre que le cuento que alguien me ha estado comiendo el tarro por la comida del enano, o porque duerme conmigo, o porque le doy muchos brazos… su respuesta es: tú haz caso a la pediatra con la comida y la salud, y a tu corazón con el resto. ¡No hay nadie mejor que tú para criarle! Y con esta frase vuelven el sosiego y la confianza en mí misma.
M. se la come con los ojos siempre que la ve, le echa sus brazos regordetes y le acaricia la cara. Es la única persona con la que ha estado solo, cuando he tenido que ir a hacer recados o al paro…de momento no me siento segura para dejarle con nadie más -obviamente el padre no cuenta-.
La abuela nos arregla y restaura sillas que encontramos en los contenedores, nos encola mesas viejas para dejarlas hechas un primor, nos trae verduras y frutas cuando compra para ella, aparece siempre como un rayo de sol en la casa. Levaba un tiempo pachucha, pero resurge poco a poco cada día hasta estar cerca ya de llegar al cien por cien. Presume de nieto cuanto puede, hace el payaso por la calle con él sin el menor pudor, le abraza, le besa, le da la voltereta, le coge más que nadie, le duerme con una maña de escándalo, le hace reír con mil tontunas. Le da media vida. Son todo un equipo, la abuela y M.
La abuela que le cosió durante todo el verano previo a su nacimiento la funda del moisés, le hizo toallas, le hizo un neceser, le hizo un arrullo. La abuela que antes de verle decía que la vida no le iba a cambiar y que nada más ver a esa cosita arrugada y con el pelo todavía pegado a la piel a las tres horas de nacer, no ha vuelto a pasar más de diez minutos sin pensar en él. La abuela loca que me pide que se lo ponga al teléfono, que le llama a través de la línea con unos gritos que M. no sabe ubicar, pero ante los que sonríe o se quiere comer el teléfono, una de dos.
La abuela con la que comparte signo del zodiaco y empiezo a intuir que la sensibilidad y el cariño con el que nos mira, también los ha heredado de ella.
La madre con la que nunca he discutido mucho, salvo por mi forma de vestir. La que se alegró como nunca cuando le dije que íbamos a tener un bebé. La que me animó a poder con todo durante el embarazo.
Después de nacer M. nos fuimos cinco días a su casa, con mis padres y hermanos, hasta que al sexto día por la mañana volvimos a la nuestra, esta vez ya como familia de tres, porque al día siguiente yo defendía la tesis ante el tribunal. Y esos cinco días con ella, con la subida de la leche, con el dolor de los puntos, con los sentidos puestos en asimilar que ese pequeña vida era mi hijo…fueron preciosos, nos unieron un montón, aprendimos nuestro nuevo lugar en el pequeño mundo que es nuestra familia: pasar de madre a abuela, pasar de hija a madre. Y eso sin perder nuestra esencia y sin dejar de ser a la vez madre e hija…consiguiendo seguir siendo las mismas.
¡Gracias, mamá!- te digo yo.
¡Gracias, abu!- te diría M.

El padre

El padre de M. tiene el pelo largo, liso, casi puesto a posta para que el enano le tire de él y se agarre como si fuera lianas cuando juegan juntos. El padre de M. es un padre que no parece un padre. Es un padre que, aunque nueve meses dan para hacerte a la idea más de que sobra, no flipó hasta que no tuvo M. en brazos y le protegió durante dos horas de un chorro de aire acondicionado helador que había en el paritorio y  que nadie sabía apagar.
Al padre de M. le gusta la música, tiene miles de discos, todos en orden alfabético y que cuando tuvimos que dejar nuestras antigua casa porque explotó un radiador y nos inundamos, fue lo primero que salvó (después de poner a M. a salvo, ¡claro!). Le gusta pinchar música al enano las mañana de los fines de semana, bailotear, cambiar de discos, poner temazos  a todo trapo, llamarme para que los escuche…
Padre le cambia los dodotis con mucho cariño, con mucho cuidado, le toca con mucha delicadeza. M. se parte de risa, M. estira las piernas, M. a veces hace la fuente con la chorrilla de tanto que tarda el padre en cerrar el dodotis nuevo. El padre de M. es casi hipocondríaco con el enano: ¿no está caliente? ¿no tose mucho? ¿no tiene la colita roja? ¿ese trozo no es muy grande para su garganta? ¿no le llevaremos desabrigado? Y así ad eternum, despierta en mí una ternura y una alegría por la suerte que tengo de tenerlos a los dos difícil de explicar, seguro que casi todas las mamás sabéis a qué sensación me refiero.
Padre le da los cereales por la noche con más intención que maña, acaban los dos de cereales hasta las orejas -literal-; se despide cada mañana para ir a trabajar con unos cuantos besos en los mofletes gordos de M., la mitad de los días me le deja despierto y le tengo que volver a acucar para dormir un ratito más…¡pero no se puede resistir!
El padre de M. alucina de ser el padre de M. El padre y yo llevamos casi ocho años haciendo camino juntos, pasando por momentos mejores y peores, saliendo de algún bache, disfrutando de viajes, de tardes de coche aparcados por ahí cuando no teníamos otro lugar al que ir. El embarazo fue un momentazo en el que poco a poco nos fuimos haciendo a la idea de que algo nos iba a unir todavía más si cabía, y estos primeros siete meses con M. nos han convertido en familia. Tengo un par de momentos preferidos:
El primero es hacer la maleta para los tres cuando nos vamos de fin de semana al pueblo. La misma maleta mediana para los tres, nuestras vidas todas apretujadillas, braguitas con bodys, calzonillos con mustela, camisetas con dodotis, colorete con nenuco. Me encanta.
El segundo ocurre de vez en cuando, todas las semanas dos o tres veces: mientras yo cierro la puerta de casa, les veo salir hacia el coche. Uno en el carrito y otro empujando el carrito, con el gorrito en la mano, o un mordedor…yo que sé. Pero ahí van mis dos amores, mi pequeña familia, y nos metemos en el coche y a ratos cantamos, a ratos nos partimos, a ratos nos peleamos…pero ahí vamos los tres en nuestro coche pequeño, lleno de mierdecillas, juguetillos… a la medida de los tres.