El padre

El padre de M. tiene el pelo largo, liso, casi puesto a posta para que el enano le tire de él y se agarre como si fuera lianas cuando juegan juntos. El padre de M. es un padre que no parece un padre. Es un padre que, aunque nueve meses dan para hacerte a la idea más de que sobra, no flipó hasta que no tuvo M. en brazos y le protegió durante dos horas de un chorro de aire acondicionado helador que había en el paritorio y  que nadie sabía apagar.
Al padre de M. le gusta la música, tiene miles de discos, todos en orden alfabético y que cuando tuvimos que dejar nuestras antigua casa porque explotó un radiador y nos inundamos, fue lo primero que salvó (después de poner a M. a salvo, ¡claro!). Le gusta pinchar música al enano las mañana de los fines de semana, bailotear, cambiar de discos, poner temazos  a todo trapo, llamarme para que los escuche…
Padre le cambia los dodotis con mucho cariño, con mucho cuidado, le toca con mucha delicadeza. M. se parte de risa, M. estira las piernas, M. a veces hace la fuente con la chorrilla de tanto que tarda el padre en cerrar el dodotis nuevo. El padre de M. es casi hipocondríaco con el enano: ¿no está caliente? ¿no tose mucho? ¿no tiene la colita roja? ¿ese trozo no es muy grande para su garganta? ¿no le llevaremos desabrigado? Y así ad eternum, despierta en mí una ternura y una alegría por la suerte que tengo de tenerlos a los dos difícil de explicar, seguro que casi todas las mamás sabéis a qué sensación me refiero.
Padre le da los cereales por la noche con más intención que maña, acaban los dos de cereales hasta las orejas -literal-; se despide cada mañana para ir a trabajar con unos cuantos besos en los mofletes gordos de M., la mitad de los días me le deja despierto y le tengo que volver a acucar para dormir un ratito más…¡pero no se puede resistir!
El padre de M. alucina de ser el padre de M. El padre y yo llevamos casi ocho años haciendo camino juntos, pasando por momentos mejores y peores, saliendo de algún bache, disfrutando de viajes, de tardes de coche aparcados por ahí cuando no teníamos otro lugar al que ir. El embarazo fue un momentazo en el que poco a poco nos fuimos haciendo a la idea de que algo nos iba a unir todavía más si cabía, y estos primeros siete meses con M. nos han convertido en familia. Tengo un par de momentos preferidos:
El primero es hacer la maleta para los tres cuando nos vamos de fin de semana al pueblo. La misma maleta mediana para los tres, nuestras vidas todas apretujadillas, braguitas con bodys, calzonillos con mustela, camisetas con dodotis, colorete con nenuco. Me encanta.
El segundo ocurre de vez en cuando, todas las semanas dos o tres veces: mientras yo cierro la puerta de casa, les veo salir hacia el coche. Uno en el carrito y otro empujando el carrito, con el gorrito en la mano, o un mordedor…yo que sé. Pero ahí van mis dos amores, mi pequeña familia, y nos metemos en el coche y a ratos cantamos, a ratos nos partimos, a ratos nos peleamos…pero ahí vamos los tres en nuestro coche pequeño, lleno de mierdecillas, juguetillos… a la medida de los tres.
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