La hora mágica

Después de cenar, sobre las ocho y media o las nueve, se produce en el salón de casa lo que yo llamo la hora mágica. Algo pasa con la luz a esta hora, de verdad, porque parece que la casa se ha convertido en un barco; es verdad que el toldo de colores que colocamos hace unos días contribuye a este hecho, porque se mueve con el aire como una vela al viento. Esta hora mágica sería genial para pasarla tranquilamente leyendo cuentos con los niños, por ejemplo, o charlando mientras comemos helados y ellos construyen con los legos… pero, para mí, que estos dos hijos no perciben la magia como yo la veo.IMG_1108

A ellos el encantamiento de esta hora les produce una energía bulliciosa que le hace huir de la luz preciosa del salón, a saber por qué.

Se piran al jardín a llenarse de mugre otra vez (esto ya lo he escrito algún otro día pero es que tienen mucha querencia por este hecho particular), y lo que al principio de las vacaciones me producía cierto desasosiego (que se duerman, por dios, que se duerman ya), ahora lo veo como algo elemental: la hora mágica trae de regalo para los mayores unos momentos de calma luminosa, en los que la tranquilidad de saberles felices, autónomos y seguros a unos metros de nosotros se ve muy pero que muy elevada por la sensación maravillosa de estar navegando en  el propio salón.

La magia es lo que tiene.

Casi cinco

Tener un hijo de casi cinco años mola mogollón. Razona, no lleva pañales, vas al súper y se encarga de recordarte lo que había que comprar y te ayuda a sacar las cosas del carro para ponerlas en la caja mientras vigila a su hermana porque está muy loca y se dedica a dar unos saltos en el carro que no son ni medio normales. IMG_1065

Un hijo de casi cinco años, además, te coge en un momento dado y te dice: «voy a recoger»; y te coge todo lo que sobra en el salón y lo ordena muy bien ordenadito en el mueble de la entrada en un pis pás. Intentar llevar cada cosa a su sitio después, es de valientes.

Este hijo de casi cinco años tienen muchísima energía, muchas cosas claras y muy pocas ganas de dejarse mangonear, así que come muy pocas verduras, hace doce o trece dibujos cada día y los tiene que exponer sí o sí por la casa, y se enfada con muchísima emoción ante las injusticias de la vida como la obligación de lavarse los dientes o hablar sin gritar a quien te habla bien aunque la furia se apodere de ti.

Con casi cinco años, para mí todavía es un chiquitín, pero él debe tener otra percepción porque ya no quiere que le ayude con la camiseta, con el yogur, con la puerta o con la manguera; tampoco quiere, pobre de mí, ni que le achuche de improviso.

Hace bromas, hace el gamberro, se ríe de todo con toda su cara iluminada y sabe muchas cosas de bichos, mamíferos y animales en general. Las enumera con orgullo todas las veces que hagan falta, y en cualquier lugar donde haga falta. Y a quien haga falta.

Y, también, este hijo de casi cinco años, tiene además otra gran peculiaridad: la capacidad de sacar lo mejor de mí aunque muchos días no me de cuenta.