La reserva

 

El tema de hoy es un topicazo, lo sé, pero no por ello podemos dejar de prestarle la atención que se merece. De hecho, me atrevería a afirmar que, dentro de los temas maternopaternales por excelencia, éste está en el top five junto a la comida, el colegio, las rabietas y los parecidos razonables de los descendientes a los miembros de las respectivas familias.

El tema que nos ocupa hoy es el sueño. La falta de sueño, por ser más exactos.

Hay una realidad: yo soy una zombie. He desarrollado la capacidad de sobrevivir con tres o cuatro horas de sueño al día, y llegar de un modo bastante aceptable (no nos vamos a poner tiquismiquis) a cumplir con todos los cometidos diarios de cualquier persona de bien.

Durante meses, qué digo meses, ¡años!, he pensado que esta realidad se sustentaba fundamentalmente en dos pilares:

  1. La capacidad de adaptación al medio del ser humano, que a casi todo se adapta el pobre.
  2. El hecho de que muchos momentos del día los paso en el limbo entre el mundo de los dormidos y el de los despiertos, limbo en el que me pasan cosas tales como llegar a la puerta del cole y no recordar el camino recorrido, o mirar el ticket de la compra y haber comprado 12 yogures de soja sin saber por qué ( aquí no tomamos soja, de ahí la inquietud). Vale también para cuando miro el folio en blanco ante el que me he sentado una hora antes y no sé dónde está ni mi hora, ni lo que debería haber escrito durante la misma.
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Ellos sí, ellos duermen como benditos.

El caso es que ahora, a día de hoy, conozco la razón por la cual las madres y padres que nos tiramos años sin dormir somos capaces de continuar viviendo con un mínimo de eficacia: tenemos la reserva. 

Esta reserva la empezamos a generar, así de media, al principio de la adolescencia. Ese día fatídico en el que dejó de molar saltar de la cama a las siete y media de la mañana los sábados y domingos, para pasar a vender tu alma a quien corresponda por quedarte acurrucada hasta las once. Tras este primer paso, el humano va perfeccionando la técnica y robando horas de sueño en cualquier momento y lugar, por ejemplo de buena mañana en el autobús. Yo me acomodaba con mi capucha puesta y mi mochila abrazada a prueba de ladrones y me dormía hasta llegar al intercambiador, donde despertaba amodorrada y con la duda de si se me habría oído roncar o de si el hilo de babilla me había corrido el maquillaje.

Todas esas horitas de sueño arrancadas a la vida en autobuses, en cabezadas furtivas en el sofá antes de ir a dormir, en sábados y domingos jugándote el tipo con tu familia que te esperaba con los brazos abiertos para contribuir a la limpieza del hogar… todas esas horas, ya digo, son las que nos dan fuerzas para tirar estos primeros años de crianza en los cuales unir dos horas de sueño es tan utópico como que te toque el euromillón.

Y en uno de esos momentos de limbo, ayer, pensé que no estaría de más comentar esta realidad para que todos aquellos jóvenes de hoy en día que se queden dormidos, con esa cara de pánfilos que se nos ponía a todos al apoyar el moflete contra la ventanilla del autobús, sepan que se trata de un mecanismo de adaptación al medio perfeccionado durante miles de años de crianza: jóvenes de hoy, dormid; esos minutos de sueño arrancados a la vida en lugares inhóspitos, a horas insalubres y en condiciones más que cuestionables, son la reserva del mañana.

A más horas dormidas pre-hijos, más calidad de vida post-hijos.

Avisados quedáis. Y yo, cumplido mi deber informativo, me voy a dormitar, que mi reserva ya debe estar en números rojos 😀

Esa media hora

En esta casa, existe una media hora peligrosa: la que va de las ocho y cuarto a las nueve menos cuarto. Es una media hora a la que le tengo especial pánico, la paso con el corazón en un puño cada noche desde que Laniña ha decidido empezar a vivir como si tuviera cinco años, en lugar del uno y medio que tiene.

Esa media hora tiene una consigna que nos sabemos muy bien los dos adultos de la familia. Nos la recordamos uno a otro cada vez que hay ocasión, nos escribimos whatsups cuando alguno esta fuera y, aún así, hay días en los que la liamos parda.

Hoy ha sido uno de esos días: hemos permitido, cual novatos en estas lides, que la niña se nos durmiera exactamente a las ocho y dieciocho.

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Aquí, dormida a un hora que nos venía bien a toda la familia 😀

¿Y qué pasa?, os preguntaréis. ¿Genial, no? ¡Qué prontito!

No la conocéis.

Esa es la media hora en la que su sistema operativo resetea. Hace un reset milagroso, de unos diez minutos de duración, y de pronto abre los ojos, unos ojos tan grandes como una moneda de dos euros. Y nos mira. Nos mira encantada de vernos, nos mira de una manera que hace que se nos olvide que la hemos liado pero bien.

Al recordar esto, al recordar que serán las once y media y la tendremos arrasando el salón a su paso, gritando sin parar y saltando encima de nuestros agotados cuerpos, se nos borra la sonrisa de la cara, la miramos con los ojos entornados (con muchísimo rencor) y nos echamos las culpas uno a otro: que si «mira que no mirar el reloj», que si «te dije que era muy pronto», que si «esto que no vuelva a pasar por dios», que si «ahora la duermes tú que yo paso».

Yo, interiormente, juro ponerme una alarma en el móvil para que suene todos los días a y cuarto y a menos cuarto, en plan inicio y final del partido. También me maldigo por haber caído en su trampa otra noche más, y pienso en aquellos días felices de mi no-maternidad cuando a las diez, todavía tenías toda la noche por delante…

Mientras todo eso pasa por mi cabeza, ella se balancea feliz entre los dos intentando robarnos un besillo de esos que se nos escapan porque al final, joe, el enfado es un poco de mentira.