Esa media hora

En esta casa, existe una media hora peligrosa: la que va de las ocho y cuarto a las nueve menos cuarto. Es una media hora a la que le tengo especial pánico, la paso con el corazón en un puño cada noche desde que Laniña ha decidido empezar a vivir como si tuviera cinco años, en lugar del uno y medio que tiene.

Esa media hora tiene una consigna que nos sabemos muy bien los dos adultos de la familia. Nos la recordamos uno a otro cada vez que hay ocasión, nos escribimos whatsups cuando alguno esta fuera y, aún así, hay días en los que la liamos parda.

Hoy ha sido uno de esos días: hemos permitido, cual novatos en estas lides, que la niña se nos durmiera exactamente a las ocho y dieciocho.

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Aquí, dormida a un hora que nos venía bien a toda la familia 😀

¿Y qué pasa?, os preguntaréis. ¿Genial, no? ¡Qué prontito!

No la conocéis.

Esa es la media hora en la que su sistema operativo resetea. Hace un reset milagroso, de unos diez minutos de duración, y de pronto abre los ojos, unos ojos tan grandes como una moneda de dos euros. Y nos mira. Nos mira encantada de vernos, nos mira de una manera que hace que se nos olvide que la hemos liado pero bien.

Al recordar esto, al recordar que serán las once y media y la tendremos arrasando el salón a su paso, gritando sin parar y saltando encima de nuestros agotados cuerpos, se nos borra la sonrisa de la cara, la miramos con los ojos entornados (con muchísimo rencor) y nos echamos las culpas uno a otro: que si “mira que no mirar el reloj”, que si “te dije que era muy pronto”, que si “esto que no vuelva a pasar por dios”, que si “ahora la duermes tú que yo paso”.

Yo, interiormente, juro ponerme una alarma en el móvil para que suene todos los días a y cuarto y a menos cuarto, en plan inicio y final del partido. También me maldigo por haber caído en su trampa otra noche más, y pienso en aquellos días felices de mi no-maternidad cuando a las diez, todavía tenías toda la noche por delante…

Mientras todo eso pasa por mi cabeza, ella se balancea feliz entre los dos intentando robarnos un besillo de esos que se nos escapan porque al final, joe, el enfado es un poco de mentira.

 

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