Námaste

Mi madre, que es una abuela muy del siglo XXI, hace años que practica yoga. Este verano, un día de esos de piscina y sol pegándote en la cara de manera muy zen, decidí que me iba a apuntar yo también, a ver qué tal. No sé en qué momento, mi hermana pequeña decidió que el yoga era también para ella y se unió a la comitiva. De modo que, desde hace un mes y a razón de una vez por semana, nos reunimos las féminas de la familia en una sala súper guay con incienso, velas y luces hipnóticas para realizar (algunas con más pena que gloria, la verdad) una sucesión de posturas yóguicas que en teoría despejan el cuerpo, la mente y el espíritu al más pintao.

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Luego, cuando quieres su atención desesperadamente, pasan de ti y ni miran para la foto.

Pongo lo de «en teoría» porque creo que todo es cuestión de ir perfeccionado la técnica. A mí de momento se me pasa la hora y media intentando no perder el equilibrio y mirando de reojo a mi hermana, por comprobar si está en la misma situación. El resto de la clase son  veteranos y se les ve a la legua que consiguen el equilibrio perfecto entre postura límite y paz mental. Nosotras llegaremos, María, no preocuparse.

Lo que sí tenemos es una profe muy top, una profe que impide que se nos vaya la mente por los cerros de Úbeda y que cuando yo estoy, por poner un ejemplo, haciendo la postura del gato-vaca y a la vez pensando un poco, así como quien no quiere la cosa, en la ropa de los niños para mañana, ella me reconduce el pensamiento con un giro inesperado, una frase hipermotivadora que me devuelve a la postura y me hace centrarme en el momento presente, que el yoga va muy de eso. Poco a poco, cada clase un poco más, voy consiguiendo dejar los problemas a un lado y centrarme en el asunto que nos ocupa, intentando hacer las posturas sin trampas y sintiéndome muy bien, la verdad.

La cosa, a dónde quería yo llegar, es que he descubierto que el yoga tiene aplicaciones más allá de la clase, más allá de mi propia persona. El yoga es ese lugar al que acudir cuando en tu rutina diaria, en esa jungla que es una casa con niños a la hora de cenar, ves que la situación se te va por completo de las manos. Un momento cogido así, al azar, podría ser un día de esos en los que el padre de las criaturas a esas horas no está porque tiene clase de música, y entonces me veo con una niña agarrada la teta como un koala, un niño que no calla esa boca subido a una silla a mi lado en la cocina, y una pechuga de pollo a punto de convertirse en carbón. Yo compruebo a menudo que, por mucho que digan, el nivel de concentración materno tiene un límite y cuando ese límite aparece, pues una no da más de sí y se chamusca la cena.

Se siente.

Pero a lo que iba: en ese momento de máximo estrés, seguramente en mi vida a. y. (antes de Yoga) hubiera tenido que soltar al koala un momento en el suelo y pedirle por favor al infante parlanchín que se callara dos minutos, por dios, por mi salud mental. Pero, ahora que el yoga ha entrado en mi vida, tengo otro tipo de herramientas. Seguramente lo suyo sería liarme a hacer la postura de la montaña en medio de la cocina, en un intento por recuperar el equilibrio mental y esas cosas… pero no hace falta llegar a ese punto. Hay una técnica sencilla que voy a revelar: basta con mirar al niño fijamente y juntar las manos delante del pecho (igual conviene antes, por aquello de salvaguardar la integridad física del hogar y no salir ardiendo, apagar el fuego del pollo) y, a continuación, con un ejercicio bestial de equilibrio y concentración para que el koala ni se caiga ni se ahogue bajo la presión del brazo que lo sustenta, hay que decir muy seriamente, con mucha convicción y sin levantar el tono ni nada:

-Námaste.

Y luego te inclinas hacia el niño con los ojos cerrados y las manos unidas mientras el koala patalea porque ya no aguanta ni un momento más en su postura imposible.

Esto, ya digo, es mano de santo.

Les dejas tan aluciflipados que se callan de golpe.

Luego, mientras el niño procesa el palabro que le acabas de soltar en riguroso silencio, tú terminas de hacer la cena, te guardas la teta y sueltas al koala que muy probablemente haya entrado en sintonía con la frecuencia del hermano enmudecido y tampoco diga ni mú.

Si  ya me habían dicho a mí que con el yoga todo eran ventajas… 😀

 

Angustia por separación

Eso tengo yo.

Que ya sé que es un trastornillo que se les supone a los bebés que lloran cuando se separan de sus madres, que parece que es soltarse de su abrazo y rompérseles el corazón… Pero no, que yo también lo sufro. A mí me cuesta mucho separarme de M. por las mañanas en el colegio. También hay que decir que él no se lo curra mucho y llora y entonces ya para qué queremos más. Desde que ha empezado el cole hemos representado de manera más que digna, para qué vamos a quitarnos méritos, un sainete al día. Un sainete al que no tengo yo mucha simpatía, maldita la gracia que tiene, la verdad.

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Hay abrazos que no caducan, y el de abrazar la pierna de mami ante lo desconocido es uno de esos 🙂

La cosa empieza en la acera que nos lleva a la zona O: el aula de 4 años de Infantil. Mucho coche, mucho niño con cara de sobao, muchas madres perfectamente vestidas, padres en trajes, padres en pijama, padres en chandal, madres desayunando. En este escenario, un grupo de tres personas avanza con paso firme hacia la verja verde: una madre despeinada, un hijo amarrado a su mano con bastante fuerza y aparentemente muy tranquilo, y una niña en brazos a punto de arrancar un pendiente a esa madre que hace como que la cosa no va con ella, ella sigue pa´lante con todo el buen rollete, todo son sonrisas, alegría, alegría.

Una vez en el pasillo, la presión sobre la mano derecha de la madre por parte del hijo precioso se va incrementando, rítmica, un poquito más con cada paso que les acerca a la puerta del aula. La madre respira, calmada, se suelta poco a poco de esa mano para acariciar el pelo del niño y enviarle señales de paz y calma mientras reza a quien sea que por favor hoy no se quede llorando.

Cuando llegan, ella se agacha sin soltar a la niña pequeña porque si la suelta ella va a salir corriendo al aula a hacerse dueña y señora de la situación y como que no, y el niño se le agarra al cuello con ambos brazos, ejerciendo una fuerza que casi llega al punto de asfixia. Una vez deshecho ese abrazo mortal, comienza la titánica tarea de convencer al niño de que por favor no llore que en un ratito viene, en cuclillas y con la otra mano reteniendo a esa niña que lucha sin pausa por pirarse a recorrer mundo.

Hay días que esa madre suelta a esa hija por pura cuestión de equilibrio, porque ya le pasó un día que se cayó de culo al lado de la estantería de los puzzles por intentar retener a la niña terremoto mientras intentaba liberarse del abrazo mortal del niño que no quería ir al cole. Hay un refrán para esto: quien mucho abarca, poco aprieta.

El sainete suele terminar con la madre abandonando el lugar de los hechos llorando, mientras el niño llora también aunque la madre tampoco lo ve pero lo oye (ya he dicho desde el principio que yo también sufro de angustia, coño, que oírlo te deja el corazón como un trozo de plastilina olvidado al sol).

Esa madre pasa la mañana como puede, trabajando a medio gas, cocinando a medio gas, barriendo el jardín a medio gas… haciendo tiempo tristemente hasta que llega la hora de recogerlo.

Y allí que se planta, con una cara que es que para verla, esperando recoger al trapito que dejó hace cuatro horas… para encontrarse con un niño muy feliz, pintarrajeado, hambriento y parlanchín que le dice: «hoy ha sido un gran día, mami».

Pues cojonudo, oyes.

Ya solo nos falta que no te quedes con ese sofocón, cariño mío 🙂