Primero leer, y luego limpiar

Nosotros, a qué mentir, no es que tengamos el coche muy limpio. En nuestro coche siempre hay latas vacías, sudaderas, libros, trozos de pan, bufandas, tickets, cochecitos, pañales, paquetes de toallitas, piedras, piñas, monedas, bolígrafos, clínex, flores secas y muchos panfletos de publicidad. Todo este tipo de materiales se van acumulando ahí a lo largo de, digamos, no sé, unos diez o doce meses. Mi madre, cada vez que sale a la puerta a despedirnos cuando nos vamos de su casa, recoge lo que puede a la velocidad del rayo y así, más o menos, vamos capeando el temporal. Yo no soy muy consciente del nivel de desastre que se va gestando, pero se ve que mi subconsciente sí que lo es, y sucede que de pronto amanezco un día, indeterminado y por sorpresa, y digo que se acabó, que de hoy no pasa que ese coche quede como recién entregado.

Total, que hoy ha sido EL día, y M. y yo hemos preparado todo para realizar una limpieza de las que hacen época. En este tipo de empresa, lo fundamental es empezar por el principio, lo que viene siendo coger la bolsa más grande que encontremos por casa y salir con ella dispuestos a meter en ella toCaptura de pantalla 2016-04-17 a las 23.11.29do lo que sirve: libros, ropa, juguetes, papeles importantes… ese tipo de cosas (el siguiente paso es coger otra bolsa y meter la basurilla). El caso es que he abierto el maletero para que mi pequeño limpiacoches empezara a sacar trastos y a meterlos en casa. Nos hemos dedicado con alegría a este trajín durante unos minutos, pero de pronto, en el tercer o cuarto viaje, ha sacado con grata sorpresa uno de sus libros: un TEO. Yo ya sé que es pasión lo que tiene por éste muchacho pelirrojo y sus correrías vitales, pero juraría que estábamos tan motivados por dejar el coche níquel que, en esos momentos, no había nada más importante para los dos que sacar toda la mierda, clasificarla y ponernos a aspirar hasta no dejar ni una mísera miga de pan entre los pelos de las alfombrillas.

Pero no. Iba yo cargada con un viaje para dentro, cuando de pronto me he girado extrañada al no escuchar el acompañamiento feliz de su parloteo incesante, y le encuentro tan tranquilo, sentándose solemne en medio de la calle Teo en mano, acomodándose a lo ancho mientras abría el libro con parsimonia. He frenado en seco, agarrando bien la montaña de ropa que llevaba entre manos y le he dicho:

-M., hijo, ¿qué haces? Si acabamos de empezar.

-¡Pues voy a leer este TEO, hombre! Primero lo leo, y luego sigo limpiando, ¿trato hecho? ¡ Es que lo tengo que leer!

Ante semejante propuesta, lo único sensato que puede hacer cualquier madre de bien es asentir y sonreír y flipar, primero, e inmortalizar el momento después.

Me he ido para casa a soltar la ropa pensando que nadie como los niños para reconocer y ordenar las prioridades en el orden correcto 🙂

Visualizaciones

Con el segundo hijo, te dicen, todo es diferente. Que si se crían solos, que si crecen sin que te des cuenta, que si son a prueba de golpes, que si les salen los dientes y ni te enteras…que si pitos que si flautas. Mentira todo.

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Sanita y fresca como una lechuga 😀

Con el segundo hijo, lo que pasa, es que eres ligeramente menos alarmista. O igual lo eres en la misma medida, que también puede ser, pero con una pequeña diferencia: con el segundo hijo, visualizas. Es todo un arte este de la visualización, un arte maternal que lo mismo te sirve para evaluar de antemano el grado de gravedad de la caída que estás viendo venir desde lo alto del columpio, como para dar un diagnóstico médico bastante acertado sin salir del calorcito del hogar.

Un ejemplo práctico: un miércoles a las nueve de la noche te das cuenta de que los mofletes de Laniña están bastante -ligeramente- colorados y dices «bueno, no sé, igual se ha irritado con el roce del pañuelo que he llevado esta tarde al cuello«. Pero el rato pasa y ese colorcillo rojo sigue ahí, persistente, igual un poco más marcado, igual un poco menos pero vamos, que no se va. Pruebas con karité y nada, pero sigue ella tan feliz gateando por la casa con la cara roja como un tomate. Es entonces, a eso de las diez, cuando empiezas a plantearte la conveniencia o no de un paseo nocturno hasta el ambulatorio; en ese momento, automáticamente, comenzará también el proceso de visualización: tu te ves con un hermano mayor ya dormido como un angelito, con tu pijama de los mininos tan ricamente, con una niña pequeña tan tranquila y tan como si no pasara nada, un poco colorada, sí, pero a la que seguro que le intentas poner el buzo para ir a urgencias y monta un pollo; y te visualizas con la niña en brazos, flipándolo, llegando a ese coche aparcado desde hace horas, tan en la penumbra de la noche, tan frío, tan llenito de gotas de lluvia, tan desangelado… y te ves entrando en el centro de salud, y seguro que solo hay un médico de guardia y en la sala de espera hay cinco personas con sus cinco males, pobres personas, y tú allí con Laniña en pijama (que luego habría que cambiar porque claro, a ver si va a salir con algo con lo que no entró)… y el médico mirando esos mofletes rojos con la luz supersónica esa que tienen en las consultas y diciendo algo que fijo que incluye las palabras «piel atópica»… y ahí ya termina la visualización.

Coges a Laniña, la acercas a la primera luz potente que te encuentras por casa, analizas esos mofletes, ves que no hay nada hinchado, no hay fiebre, no hay chichones, no has introducido hoy ningún alimento nuevo, ella está tan feliz y cabreada porque se quiere volver a bajar al suelo… que la sueltas en el suelo. Y piensas que durante la noche te pones la alarma cada media hora para ver cómo evoluciona, y ya mañana vamos al pediatra.

Sobre las once y con ella ya dormida tan plácidamente, miras al pobre hermano mayor que babea sobadísimo y te acuerdas de todas las consultas nocturnas que lleva a cuestas.  Ahí es donde te das cuenta de que no es que el segundo se críe solo, es simplemente que te pilla con un poco más de experiencia… y con muchas consultas médicas nocturnas de ventaja 🙂